Fundado en 1910
Bocados de realidadCésar Wonenburger

La culpa no es de Miguel Ríos

El público desinformado quería solo música, sin advertir que asistiría a un mitin de Ríos, mientras distintos tipos de perturbados avivan los fuegos de hoy y la IA se quedará con nuestras carteras

Miguel Ríos durante el incidente con la palestina

Por una vez tiene razón Miguel Ríos. Para ello se ha permitido servirse de Aristóteles, mejor compañía que la de Luis García Montero, al que también citó durante su último concierto.

En una Marbella consagrada al postureo estival, donde, como se sabe, actúan por estas fechas los artistas para el pueblo llano y otros menesterosos, al intérprete de Santa Lucía se le ocurrió, en un momento de su recital, presentarse ante el público con un pañuelo palestino atado al cuello.

Ya metido en faena propagandística, se puso a contar que venía el lobo de la «derechona», los malos y esas cosas terribles con las que ya solo engañan a un par de incautos adolescentes contaminados por el odio que hoy se imparte en algunas aulas, incluso universitarias, a falta de un dominio más adecuado de la historia que permitiera hablarles sin prejuicios de Felipe II para sustituirlo por unas dosis torpemente administradas de revanchismo guerracivilista.

A varios entre los asistentes al recinto andaluz de moda, el gesto y el discurso de Ríos le sonaron a cuerno quemado y, como el que paga manda, se lo afearon de viva voz. «No venimos a escuchar un discurso», lo increparon. Pero el cantante, lejos de achicarse, se revolvió en el escenario. Primero acudió al filósofo griego, para definirse como «zoon politikon», en palabras más llanas, y luego vino a reclamarles a los discrepantes, ya de un modo más chabacano y perentorio, que a qué demonios venían.

Y ahí es precisamente donde Miguel Ríos no se equivoca. Cierto, tiene todo el derecho del mundo a expresar sus opiniones, faltaría más, mientras encuentre patrocinadores. El error es de la gente que no se informó antes acerca del producto.

Llegados de la playa, después de dar cuenta de una buena cena regada con los correspondientes espirituosos, seguramente deseaban estas personas concluir otra encantadora velada en uno de los recintos más exclusivos de la zona, con algo de música antes de retirarse a descansar.

Pero allí, a falta de mejores medios (Ríos ya no está en edad de enganchar un tema tras otro con la soltura de antaño), el protagonista de la velada decidió cambiar los chistes con los que en otra época llenaban las pausas los miembros del Rat-Pack con una retahíla de sus conocidas consignas ideológicas.

María Jesús Montero (PSOE) y De Ríos Ren un mitin socialista. El cantante es un simpatizante abierto del PSOEEFE/Miguel Ángel Molina

Aún si eso lo hubiera propiciado Leonard Cohen, que últimamente ya solo predicaba el amor, el bien y la paz universales, sin mayores matices ni complicaciones, se habría soportado: el repertorio, incluso susurrado, hubiese justificado la filípica. Pero tener que escuchar el enésimo asalto a Beethoven y su llamado «himno a la alegría» de un cantante en sus estertores artísticos, para aguantar al mismo tiempo una prédica progresista mal digerida, solo puede ser culpa de los incautos que se dejaron embaucar con el abono.

Comprando entradas para varias actuaciones seguidas, pensaban que todas las noches se irían a la cama contentos tras disfrutar de un preámbulo ameno, lejos de los exabruptos de los telediarios de la agit-prop oficialista.

Ay, no supieron reconocer que entre las propuestas elegidas les tocaría, además, camuflado junto al espectro de Tom Jones y otras reliquias nostálgicas, el mitin de un trasnochado admirador de Rosa Luxemburgo.

Atajar a los pirómanos de toda clase

Con la oportunidad habitual, el reciente editorial de este medio ha vuelto a fijar la atención en lo pertinente sobre lo accesorio. Los políticos llevan desde que empezó el verano interpretando malamente el rol de Casandra. Miran al cielo y pretenden descifrar en los astros el advenimiento de terribles desgracias, sobre las que advierten al manso pueblo. Pero nadie se fija en las causas verdaderas de la tragedia que estos días parece caernos en forma de fuego, porque entonces estos mismos líderes ensimismados tendrían que dar cuenta de su propia negligencia.

España es un país de perturbados, en buena medida como señalaba Pla. Con respecto a los incendios, prosperan tres tipos esenciales. Los pirómanos patológicos, aquellos que, como decía el mayordomo de Batman, en El caballero oscuro del hoy consagrado Nolan, «solo desean ver el mundo ardiendo». Otro director, Óliver Laxe, ya retrató con pericia a esta suerte de enajenado, que no puede contener sus ansias de deleitarse con la contemplación del mal que él mismo provoca, en «Lo que arde».

Los incendios de este año han quemado 152.000 hectáreas, seis veces más que el año pasadoEFE

Seres averiados casi desde la cuna, víctimas de su propio fracaso personal, nerones de bolsillo que persiguen en la medida de sus siniestras posibilidades la destrucción de la sociedad que los ha marginado. Su venganza son las brasas de un amargo descontento, larvado en su interior. Como en «El ocaso de los dioses», querrían que el mundo desapareciera devorado por una inmensa pira, no tanto por ver si de sus rescoldos surgiese otro distinto como el de la eterna canción, «más amable, menos raro», sino para castigar a sus congéneres por las humillaciones infligidas.

El otro pirado es aquel que desearía asegurarse la continuidad del trabajo o convertirse en protagonista de su propia película: el hombre siempre ha sido un actor consumado, acostumbra a interpretar a cada instante, pero las facilidades que ahora le proporciona la tecnología, desde un móvil convertido en cámara hasta las multipantallas que ofrecen las redes, permiten a cualquier mindundi emular a Bruce Willis en La jungla de cristal, e inmediatamente postearlo.

Nerón contemplando el incendio de Roma. Karl von Piloty. 1861.Wikipedia

Claro que, para salvar a sus conciudadanos o simples vecinos de escalera, primero tiene que provocar el mal que él mismo se dispone luego a reparar mediante su heroicidad «instagramable». Es el que prende la cerilla o arroja la colilla, para luego proponerse acto seguido como salvador: alerta en primer lugar del avance de las llamas e inmediatamente se sitúa al frente para intentar sofocarlas.

Por supuesto, en esta galería de pirados no puede faltar el codicioso, aquel que desea contar con un terreno liberado de obstáculos para sus fines comerciales. De eso saben mucho por el Amazonas, pero también en Galicia, donde los eucaliptos sucumben tantas veces, como por ensalmo, ante la ambición de quienes aspiran a una impostergable recalificación.

Todos ellos deberían estar en la cárcel. Habría que aplicarles penas mucho más severas, proporcionales al tremendo daño que provocan. Tienen que permanecer apartados de la sociedad, que precisa defenderse de esta suerte de malhechores mediante condenas ejemplares. Quizá bastaría con que llegaran a cumplirse en su totalidad las ya existentes, para que pudieran actuar como freno para el resto de un modo algo más eficaz.

Y así llegamos ya al último tramo de los perturbados, los mayores responsables de estas catástrofes. Legisladores, que deberían ocuparse por configurar el marco jurídico adecuado que permitiese encerrar a estos indeseables capaces de poner en riesgo el bien común mientras asesinan a inocentes, cuando no les provocan la ruina, y miembros de los distintos poderes ejecutivos: desde el presidente del Gobierno hasta el último alcalde.

En lugar de perseverar en la absolutoria cantilena del falso credo ecologista, estos últimos tienen el deber de poner los remedios, quizá no tan complejos como intentar colocar un precario parche en la emisión de residuos de carburantes fósiles por ver si la diosa naturaleza se apiada de nosotros (mientras, por cierto, chinos e indios inundan sus cielos con humos que dejan los nuestros en meros simulacros), pero seguramente más eficientes.

Lo más responsable sería destinar parte de esos presupuestos que se pierden en el regadío de miles de pequeños huertos de utilidad incierta, como no sea la de pagar favores, a la prevención y el combate.

Desbrozar caminos y parajes, aunque a veces se ponga en riesgo la existencia de alguna valiosa especie de lombriz amenazada de extinción; comprar aviones para que no haya que mendigárselos a la UE cuando ya es tarde, o reforzar la vigilancia y la seguridad, en lugar de solicitar la clemencia de las nuevas deidades del medioambiente, resultaría mucho más seguro para contener a los perturbados.

La IA que todo lo devora

En la conversación que el otro día mantuve con el magnífico escritor Marcos Giralt Torrente para mi nuevo videopodcast («El diván de Wonenburger», en youtube), el autor de Los ilusionistas me llamó ingenuo. Defendía yo que como la IA ganaría mucho dinero con los libros, películas, cuadros y músicas más populares (los best-sellers concebidos en serie y con una inversión mínima), se podrían reservar algunos recursos sobrantes para destinarlos a impulsar nuevas creaciones aun propiamente humanas, realizadas con cierta ambición artística, estética, incluso experimental.

Quizá yo sea un optimista irredento, capaz de creer aún en la necesidad de una revolución de la auténtica inteligencia, que seguramente nunca se dará. Pero ciertamente aparecen ciertos signos que no hacen más que fomentar el alarmismo de los autores que, como Giralt Torrente, no constatan ningún detalle positivo en la nueva tecnología que permita albergar una cierta esperanza, incluso, sobre la inmediata pervivencia de algunos de los valores que han sostenido la civilización, tal como la hemos conocido hasta ahora.

Algunas personas advierten de que las inimaginables inversiones de cuantiosas cantidades de dinero indispensable para alimentar a la bestia provocarán que la humanidad tenga que trabajar ya solo para hacerlas rentables. Es decir, que en breve pagaremos por todo, incluso más que ahora, casi hasta por el aire que respiramos, para que los dueños de las empresas propietarias de los principales modelos de IA sean capaces de rentabilizar su apuesta.

Y no ocurrirá, por ejemplo, como con compañías del tipo de Spotify, que aún aguardan poder hacer algún día rentables sus deficitarios negocios o, si no, lograr vendérselos por sumas fabulosas a otros inversores capaces de reinventarlos o con mayor capacidad de resistencia. Los dueños del nuevo tinglado quieren ver beneficios cuanto antes, por ellos y sus accionistas.

Un ejemplo es lo que se ha anunciado estos días sobre los videojuegos, que van a dejar de producirse físicamente. A partir de ahora, solo se servirán online, mediante el pago de un alquiler por un tiempo definido.

La posesión del objeto que se puede ver, tocar, almacenar y disponer del mismo cuando se quiera ya no será una opción. La IA, que prescinde a marchas forzadas de los programadores, tan codiciados hasta ayer mismo, servirá desde ahora los nuevos productos, como en buena medida ya sucede con las películas. Si usted los quiere, ya solo podrá acceder a este entretenimiento con el pago de una cuota.

De modo que, si mañana ya no dispusiera de más recursos, se le agotaría también el crédito. «Game Over», y sin tener el consuelo de al menos haber sido propietario de algo fungible que, por un contratiempo, pudiera incluso revenderse para lograr al menos una pequeña compensación. Preparémonos para pagar por las sombras, y nada más (como la otra canción).