Cómo se enamoraron «Encarnowa et Ignaciusque»
Al morir Ignacio Sánchez Mejías, Encarnación López Júlvez (La Argentinita) canceló su Compañía de Bailes Españoles, el gran proyecto que los dos habían creado juntos
La Argentinita en una imagen promocional de su labor como bailarina y actriz
En la exposición titulada Querida Comadre. Lorca y Argentinita en la danza española, coordinada por Jesús Ortega, que tuvo lugar en 2016, en el Centro Cultural Federico García de Lorca de Granada, se exhibía una curiosa fotografía.
Sobre la arena de una playa mejicana, una pareja se toma de la mano, para iniciar un baile. Ella lleva un elegante vestido y una pamela; él, un traje de chaqueta. Debajo, está escrita una fecha: «23-I-1922». En un lateral, con letra picuda, se lee este rótulo humorístico: «La notable pareja de baile de salón y playa, Encarnowa et Ignaciusque, en el vals de las olas».
Evidentemente, ese título juega con la situación de la pareja (una playa) y con una conocidísima melodía: uno de los más populares valses románticos mejicanos, Sobre las olas (1888), de Juventino Rosas.
Forma parte este tema de la cultura popular hispanoamericana, en la versión –entre otros muchos– de Pedro Infante. Hoy en día, lo sigo escuchando con frecuencia porque continúa formando parte del repertorio de los acordeonistas que tocan, en las calles de Madrid. Así comienza la letra:
de las olas, flotando te vi
y, al irte a salvar,
por tu vida la vida perdí».
La que escribió en la fotografía esta frase fue la gran bailarina Encarnación López Júlvez, La Argentinita, nacida quizá en 1898: debía de tener, en esta fecha, unos veinticuatro años. Su pareja de baile, en la foto, es el torero Ignacio Sánchez Mejías, siete años mayor que ella. Desde el año anterior, competía en Méjico con el ídolo local, Rodolfo Gaona.
La fecha, 1922, es curiosa porque anticipa un par de años la que suele darse del comienzo de su relación sentimental, 1924. (Así figura, por ejemplo, en el Diccionario biográfico español de la Real Academia de la Historia).
Más allá de ese detalle, quiero subrayar el apodo humorístico con el que se nombra a los dos protagonistas. Ella añade a su nombre de pila, Encarna, una terminación rusa, como si fuera una de las estrellas de los Ballets de Diaghilev, que habían triunfado en Europa entera, incluida España. En cierto modo, lo que lograron La Argentina y La Argentinita, junto a otros grandes artistas, es que el baile español se consagrara, en el mundo entero, como sucesor de los ballets rusos.
Es curioso que a su pareja de baile, en la foto, lo llame, en latín, «Ignaciusque» (es decir, ‘y Ignacio’). Parece estar anticipándose al elogio de García Lorca, en el Llanto: «Aire de Roma andaluza / le doraba la cabeza…».
La broma encaja perfectamente con el carácter que todos los biógrafos atribuyen a estos dos personajes. De Encarnación, todos subrayan su chispa, su gracia madrileña; de Ignacio, su guasa andaluza: algo que no afectaba, por supuesto, a su profunda seriedad.
Recuérdese la anécdota que cuenta de él su gran amigo Rafael Alberti – y que no es lógico pensar que se inventara– referida a una etapa en la que Ignacio era ya un reconocido matador de toros, un personaje importante:
Rafael Alberti
«En lo físico y en todo, no era un andaluz de gitanería, sino ese otro, grave, perfilado y severo de la Sevilla de Trajano. Mas, a pesar de su aire pensativo, solía ser divertido, gracioso, burlón y hasta algo pesado en sus frecuentes bromas, un tanto infantiles. Yo lo he visto, en la calle, disparando garbanzos contra las piernas de las muchachas, soplados por un canutillo de caña que se sacaba del bolsillo, escondiéndolo, rápido».
Retrocedamos en el tiempo. Hay una historia curiosísima, con una serie de coincidencias, que podrían inspirar a cualquier amigo del psicoanálisis barato. Tenemos que partir de algo que ya he comentado: Sánchez Mejías sentía auténtica veneración por Joselito, su absoluto modelo taurino.
Desde 1911 a 1918, Ignacio alternó sus actuaciones como novillero y como banderillero, acompañando a varios matadores. Ese aprendizaje le sirvió de sólido fundamento para toda su carrera taurina.
Dentro de eso, su etapa fundamental fue la de los años 1916-1918, en los que formó parte de la cuadrilla de Gallito, después de haber recibido Ignacio una grave cornada, como novillero. Parece ser que él había conocido a José de chiquillo, jugando al toro, en la sevillana Alameda de Hércules.
Un año antes, en 1915, cuando Ignacio tenía veinticinco años, se convirtió también en cuñado de Joselito, al contraer matrimonio con Lola Gómez Ortega, su hermana. No conozco ningún testimonio sobre cómo fue ese noviazgo.
Para Ignacio, así pues, José era su maestro, su ídolo, el jefe de la cuadrilla de la que él formaba parte y, además de todo eso, su cuñado. Cuando Ignacio comience en serio su carrera como torero, sus enemigos le acusarán de ser un protegido de José… En las fotos de la época, vemos a los dos cuñados, sonrientes, jugando al fútbol, comiendo, en el campo, en alguna fiesta…
Ignacio debió de ser testigo del amor imposible de José por Guadalupe Pablo Romero: la familia de ella se negó a aceptar al torero, por prejuicios sociales… Probablemente, también conoció Ignacio el comienzo de un nuevo amor de José.
Los hilos de la madeja se enredan porque parece ser que Joselito inició una cierta relación sentimental con La Argentinita. No lo sabemos con certeza, sólo conocemos algunos testimonios, como el de García-Ramos y Narbona, en su biografía de Ignacio:
Cartel promocional de La Argentinita
«Encarnación pensó –y así nos lo ha referido su hermana Pilar– que José iba a formalizar de algún modo sus relaciones. Pero la tragedia de Talavera, el 16 de marzo de 1920, acabó con la historia. La Argentinita se derrumbó, abatida por el dolor ».
Cuenta Maximiliano García Venero que Rafael el Gallo, el hermano de Joselito, le habló de unas cartas de amor de José a Encarna. (Rafael no es precisamente una fuente muy fiable).
Más detalles –con alguna contradicción– le dio Pilar López a Miguel Mora , que los recoge en su libro La voz de los flamencos:
«Creo que tuvieron una buena amistad, pero amores, no. Él estaba loco por ella pero no se declaró jamás. Durante un viaje a México, se dio cuenta de que tener un amor con Encarna, y con mi padre al lado, no podía ser. Vio que había que ir a por uvas, pedir la mano. Y, desde América, escribió una carta a don Félix, pidiendo la mano: ‘Don Félix, tenemos que hablar. Tengo gran simpatía por Encarna, bla, bla’. Y el pobre vuelve a España, va a Talavera y lo mata un toro. Adiós, ilusión».
En la famosa fotografía de Baldomero, vemos a Ignacio velando el cadáver de su cuñado, en la enfermería de la Plaza de Talavera: abrumado por el dolor, contempla al ídolo caído , apoyando la sien en la palma de la mano. Parece el símbolo del desconsuelo. Algunos han comparado esa imagen con la del Pensieroso, de Miguel Ángel, en las tumbas de los Médicis…
La Argentinita y Sánchez Mejías debieron de conocerse cuando ella mantenía cierta relación sentimental con Joselito. Parece claro que Encarna e Ignacio volvieron a encontrarse en Méjico. ¿Cómo nació su amor? He localizado un testimonio muy poco conocido, el de Rafael Martínez Nadal, que lo aclara:
Rafael fue el gran amigo de García Lorca; el que lo acompañó a la Estación de tren madrileña cuando se fue a Granada, a celebrar su Santo (el 18 de julio es el día de San Federico). Al despedirse, el poeta le entregó una serie de manuscritos, por si le pasaba algo: entre ellos estaba la obra inédita El público, que Rafael no pudo publicar hasta que la familia Lorca lo autorizó.
Martínez Nadal había trabajado ya en el King’s College de Londres. Cuando estalló nuestra guerra , decidió volver allí: trabajó en la BBC; fue muy amigo de Luis Cernuda y de Gregorio Prieto; publicó varios manuscritos de Lorca.
En los años setenta, Rafael volvió a Madrid con su mujer, Jacinta, la hija de don José Castillejo, un personaje muy vinculado a la Institución Libre de Enseñanza y a la Residencia de Estudiantes. Entonces lo conocí yo y nos hicimos buenos amigos. Lo invité a la Fundación Juan March, a dar un ciclo de conferencias sobre Federico, que luego publicamos como libro.
En 1999, un par de años antes de morir, Martínez Nadal me deseaba un feliz final de milenio al enviarme la separata de un artículo suyo sobre La Argentinita, que había publicado en una revista mexicana. Cuenta en él que, en otoño de 1945, de sobremesa, en el Café Royal de Londres («versión inglesa del Café Gijón de Madrid»), Rafael, le preguntó a la bailarina:
–Pues esta noche te las voy a contar».
Así lo transmite Rafael Martínez Nadal:
«Ignacio visita a los padres. ‘Como la semana que viene voy a torear por México, me pregunto si quieren ustedes algo para su hija’. ‘Ay, sí’, dice la madre, y le prepara un paquetito.
«Nada más llegar, Ignacio lo envía, con tres entradas para un mano a mano con el famoso torero mejicano Rodolfo Gaona. El último toro, al que cortó las dos orejas, Ignacio se lo había brindado al señor de la casa donde residía Encarna. Al devolverle la montera, iba el recordatorio del almuerzo en casa, al día siguiente.
«Encarna se baña justo antes del almuerzo y se le atranca el desagüe. Llega Ignacio y, antes de pasar al comedor, pide permiso para lavarse las manos. La señora manda a Encarna que le indique el cuarto de baño. Ignacio, muy pausadamente, se enjabona y lava las manos. Encarna, a su lado, espera, toalla en mano. Ignacio mira dos veces el baño, lleno de agua.
«Encarna: –Usted perdone. Es que me acabo de bañar y el agua no corre.
«Ignacio (mirándola fijamente y muy bajito): –¿Y qué tiene esa agua? Yo me la bebería toda, vasito a vasito.
«Rafael, me lo susurró, mirándome de tal manera que, en el acto, me dije: ‘¡Encarna, ya has caído!’»
Pronto comenzaron a surgir rumores sobre la historia de amor de «Encarnowa et Ignaciusque». En un primer momento, los dos lo negaron; luego, fue imposible: en 1925, la relación entre el torero y la bailarina era ya de dominio público.
Ignacio repartía entonces su vida entre Madrid (el Hotel Palace) y Sevilla. Nunca llegó a separarse de Lola, su mujer. Ella vivía en la sombra, en su retiro de Pino Montano. Habían llegado los dos cónyuges a un singular acuerdo: seguían recibiendo allí a los amigos pero él ocupaba otro dormitorio, en la planta baja.
Mercedes Fórmica recordaba con gran simpatía a Lola:
«Era una gitana de buen ver (…) Bien educada, digna, serena, profundamente enamorada, simbolizó para mí una clase de señorío auténtico (…) El sufrimiento había producido en doña Lola un paño de hígado, una especie de sombra que le cubría la mitad de la cara (…) Ignacio y su mujer habían convenido guardar las apariencias, por el bien de los hijos».
Mi amigo Alfredito Corrochano, que pasaba temporadas en Pino Montano, me contó otra cosa: Lola llevaba su pena con admirable dignidad. A veces, durante la noche, el dolor por las cicatrices de sus cornadas le impedía dormir al torero; entonces, Lola bajaba de su habitación y le aplicaba pomadas calmantes…
De cara a los amigos de la Generación del 27, Ignacio y Encarna formaban una pareja estable: o un trío amistoso, si añadimos a Federico García Lorca. Otra enamorada de Ignacio, la escritora francesa Marcelle Auclair –Ignacio la llamaba «Marcelita»– lo confirma:
«Es gracias a ella que el poeta y el torero se han unido con una profunda amistad».
A veces, Federico ejerce de «carabina», para evitar algún coqueteo de Ignacio; o, por lo menos, para que, si ha existido, no llegue a oídos de Encarna.
Muchos años más tarde, Pilar López, la hermana de Encarna, resume así la historia:
«Fue la gran pasión de mi hermana. Pasión mutua. Pero como él estaba casado y entonces no había divorcio…»
Recuerda Rafael Martínez Nadal una noche de comienzos del verano, en Madrid, en la que vió a la pareja en la calle de Alcalá, cerca de la Plaza de la Independencia: Ignacio llevaba del brazo a Encarna, «con aquel gesto de posesión amorosa que a ella tanto le deleitaba».
No formaron solamente una pareja sentimental; también, artística. Encarna alentó la vocación literaria del muy inquieto Sánchez Mejías. Él, a su vez se implicó también a fondo en los proyectos artísticos de La Argentinita. Según el escenógrafo Santiago Ontañón, amigo de los dos, «Ignacio era quien urdía todos sus espectáculos y los sufragaba».
En 1930, Encarna e Ignacio coinciden en Nueva York con García Lorca. (El poeta estaba allí desde hacía unos meses). Los tres conciben la idea de que ella grabe las canciones populares, que tanto le gustaban a Federico.
Sueñan también en un ambicioso proyecto: crear una Compañía de Bailes Españoles.
Recordemos que Ignacio se había retirado de los ruedos en 1927, el año del acto fundacional de la Generación. También, que era un apasionado del flamenco: un «aficionao güeno», según la expresión del cantaor gaditano Pericón de Cádiz (Juan Martínez Vilchez, 1901-1980). (En la magnífica Antología del Cante Flamenco de Hispavox (1958), que obtuvo el Gran Premio de la Académie Française du Disque, Pericón canta tangos flamencos, alegrías y malagueñas).
En la primavera de 1933, emprenden Encarna e Ignacio un viaje por Andalucía, para reclutar el elenco de la futura compañía. A él le corresponde un papel fundamental, en esta empresa. Como director artístico y empresario, se ocupa de casi todo: pone su gran talento al servicio del arte de su pareja. Según la estudiosa de la danza española Idoia Murga Castro, es «el nexo común» de todo este proyecto: desembocará en un histórico espectáculo, Las calles de Cádiz (1933), que requiere capítulo aparte.
En el terreno personal, Paulina Fariza recoge lo que le contó Antonina Rodrigo: Pilar López le confesó una vez que, en el trajín de los viajes por España con su compañía, Encarnación perdió un hijo. No he encontrado otro testimonio que lo confirme.
Llegamos al trágico final. En 1934, Ignacio decidió volver a los ruedos. Intentaron disuadirlo Encarna, Federico y varios amigos más pero el torero no les hizo caso.
El 11 de agosto, en Manzanares, sufrió una gravísima cornada. Por deseo suyo, no le operaron allí: probablemente, confiaba poco en el equipo médico y en la escasez de medios de aquella enfermería…
Exigió Ignacio que le trasladaran a Madrid, al sanatorio del doctor Crespo, en la calle Goya número 22. Desde allí, habló por teléfono con su hija María Teresa, a la que llamaban Piruja. También preguntó por su amigo Pepín Bello, que estaba fuera de Madrid: probablemente, deseaba enviar, por medio de él, un mensaje a La Argentinita. De madrugada, llegaron al sanatorio, desde Sevilla, la esposa y la hija de Ignacio.
Recojo de nuevo lo que cuenta Rafael Martínez Nadal, en su artículo:
«–¿Podrías acompañarme tú, de las diez a las dos de la madrugada, cuando vendrá Ontañón a acompañarme hasta las seis? Sé que te extrañará lo que te pido pero Ignacio me dijo en dos ocasiones: ‘Si algún día necesitas algo, de los amigos de Federico, acude a Martínez Nadal’. Un halago, cierto, pero también una sorpresa. Aunque Ignacio estuvo siempre muy cordial conmigo, yo jamás fui o me consideré del grupo de sus íntimos.
«Al día siguiente, con las cortinas corridas, seguíamos el cortejo fúnebre. De pronto, Encarna exclama: ‘¡No puedo más! ¡Vámonos a casa!’
«Trasladaron los restos de Ignacio, en tren, a Sevilla. Un gran cortejo fúnebre se dirigió al cementerio de San Fernando. Iba el féretro en un landó, tirado por seis caballos. Detrás, seis coches, con más de sesenta coronas de flores. Entre ellas, una, monumental, con esta única leyenda: “¡A Ignacio!».
Así concluye la historia de amor de «Encarnowa et Ignaciusque».
Al morir Ignacio, Encarna canceló su Compañía de Bailes Españoles, el gran proyecto que los dos habían creado juntos.
Cuando pudo superar su dolor, ella inició una gira por Hispanoamérica; estuvo fuera de España hasta 1936. Así lo recordaba Pilar López, años más tarde, hablando con Miguel Mora:
«Estaba destrozada. Así que llamó a su amiga la actriz Lola Membrives porque su marido era el empresario del Teatro Colón de Buenos Aires , y le pidió que la llevara a hacer unos recitales allí. Cuando decidió irse, me dijo que qué quería hacer yo (…) Yo la adoraba y la veía tan hecha polvo que le dije: ‘Me voy contigo donde tú vayas’».
En 1935, Federico García Lorca dedicó la edición de su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías «A mi querida amiga Encarnación López Júlvez». Sin más. No hacía falta.