El gran tenor que quiso ser rockero
Hace justamente medio siglo triunfaba en Bayreuth Peter Hofmann, uno de los últimos célebres tenores wagnerianos, que en realidad soñaba con ser cantante de rock
Peter Hofmann durante la representación de una ópera de Wagner
No sé si ustedes también lo habrán notado. En cada serie o película reciente, no importa si la acción se sitúa en 1955 o en 2022, cada vez que el protagonista decide poner algo de música se sirve siempre de un tocadiscos, un plato como los recurrentes Technics o Thorens (para los más sofisticados).
Al contacto penetrante de la aguja con los surcos de reluciente oscuridad, la música surge por mágico ensalmo de un lp, a veces envilecida por un leve «scratch» que hace el invento más humano.
Mientras las empresas surtidoras de contenidos se empeñan ahora en borrar del todo nuestra memoria eliminando formatos (como acaba de suceder con los videojuegos), para que ya solo les paguemos una renta vitalicia previa suscripción por prestarnos la voz de Sinatra, de vez en cuando en nuestros móviles, la ficción parece empeñada en evocar tiempos de lejanas fatigas, cuando al aproximarse la media hora había que levantarse del sillón para darle la vuelta al disco.
Será la nostalgia o lo que fuere, pero en estos tiempos líquidos, frenéticos y huidizos la solidez del vinilo, con sus coloridas portadas, conceptuales o figurativas, parece llevarse de nuevo. Incluso los jóvenes, que ni siquiera conocieron el teléfono de cable, se muestran en buena medida cautivados por aquel prodigio con forma de ensaimada, algo más fino, u oblea extendida que seguramente les sirviera a los abuelos como preludio, o banda sonora, de agradables labores hasta propiciar la descendencia.
Los vinilos están experimentando un renacer
O sea, que debiéndole sus orígenes al sonido del saxo de Stan Getz, enredado entre las embriagadoras volutas de vaga melancolía que transmitía la sensual voz de Astrud Gilberto, resultaría hasta lógico que estos chicos de hoy prefieran escuchar a Katie Perry, tras desvirgar el envoltorio plástico de su long play, en vez de hacerlo en otros soportes más ecológicos y austeros, seguramente sostenibles.
Un vinilo escondido de Hofmann
El otro día, buceando entre la pila de vinilos que se ofrecen al buscador de perlas en una de esas recónditas tiendas, con el encanto de lo clandestino, del centro madrileño (ahora amenazada de cierre por la municipalidad a cuenta de una concesión), me encontré con uno de un tenor que tuvo una carrera curiosa, el alemán Peter Hofmann.
Nada resulta fruto absoluto del azar. Precisamente ahora se cumplen 50 años del ascenso a la celebridad internacional (en el ámbito siempre limitado de la música clásica) de aquel recordado cantante teutón.
Bayreuth celebraba en 1976 el centenario de su estreno con una nueva reposición del fundacional Anillo del nibelungo. Aquello ya fue un escándalo, con mucha mayor repercusión que los de ahora. Los inquietos herederos de Wagner le habían confiado la dirección escénica al por entonces joven francés Patrice Chéreau, sin experiencia en la música, que tuvo la primera osadía de convertir al dios Wotan en una suerte de codicioso capitalista durante la primera gran revolución industrial.
La imagen y su desarrollo podían aportar sentido en manos de un inteligente, detallista e inspirado director, por la propia implicación de Wagner en los sucesos de la revolución de Dresde, y porque con su mensaje redentorista algunos creyeron apreciar (aún hoy), en la Tetrología, la lógica influencia de los postulados próximos al comunismo que afloran en los entretenidos, aunque algo dispersos, escritos de Richard Wagner.
Desde luego, en su propia vida el compositor actuaba como un socialista de manual: por encima de todo perseguía su propio bienestar personal, adoraba el lujo, las comodidades y la pompa.
En aquel primer Anillo de la polémica, que para muchos supuso la primera piedra en el escandaloso edificio de las posteriores modernas puestas en escena operísticas (al menos Chéreau era un auténtico hombre de teatro, con ideas y talento, no como bastantes entre sus oportunistas imitadores), llamó la atención el Sigmund de Peter Hofmann.
Aquel joven tenor desconocido para el gran público lucía como el auténtico welsungo: rubio, esbelto, con hechuras de héroe mitológico; pero además cantaba con cierto arrojo, aunque los más veteranos siguieran añorando a Max Lorenz.
Desde luego, salvo por el rubio de sus mechones no era Lauritz Melchior, aunque sus medios resultaban más apropiados para interpretar las grandes creaciones del autor de Parsifal que los que hoy exhibe sin recato, por ejemplo, el anémico jilguero Klaus Florian Vogt, que pronto comparecerá en España como uno de los protagonistas de la gira ibérica de la Orquesta del Festival de Bayreuth.
Pero como suele suceder en esta vida, a quienes les ha sido concedido un inmenso don, envidiado por muchos de sus semejantes, en realidad lo que desearían es aplicar sus reconocidas virtudes en otros ámbitos, brillar en cosa distinta. Somos así, qué le vamos a hacer, inconformistas e inadaptados por naturaleza.
Cualquier otro cantante mediocre se hubiera dejado cortar un dedo por tener la carrera de Hofmann, que pudo brillar en Bayreuth y llegó a grabar Tristán e Isolda con Leonard Bernstein. Pero este artista nacido en 1944, en Marienbad, la ciudad balnearia que Resnais inmortalizó en una célebre película, habría preferido destacar en el rock, donde ya había tenido una carrera juvenil, insignificante y efímera, como cantante líder de una banda a principios de los 60.
De Mozart a 'El fantasma de la ópera'
Más tarde, tras su paso por el conservatorio de Karlsruhe para perfeccionar sus innegables aptitudes vocales, le aconsejarían que probara fortuna en la ópera. Y en 1969 debutó como Tamino en una producción de La Flauta mágica. Desde entonces ya no se pudo bajar de los escenarios líricos, casi hasta el final de su carrera, cuando decidió probar fortuna en el musical. Como protagonista de El fantasma de la ópera causó sensación en Hamburgo, donde batió récords interpretando infinitas funciones de la exitosa obra de Lloyd-Webber.
Pero con todo y él éxito que cosechaba noche tras noche con The music of the night, algo más próximo a sus genuinos intereses que la exaltación de la Canción de la primavera en el acto primero de La Valquiria, Hofmann habría preferido triunfar como rockero.
No lo logró. Sin embargo, nos dejó un breve esbozo de sus primeras intenciones y eterna pasión registrados en ese vinilo que justamente acabo de recuperar de entre el olvido, agazapado en una de las cajas mágicas del angosto bazar subterráneo consagrado a los lp’s.
En Rock Classics, Hofmann se mueve con desenvoltura entre páginas tan célebres como The House of the Rising Sun, servida en un arreglo que vulnera su origen como blues vinculado con algún olvidado lupanar de Luisiana, de hondas y algo angustiosas reminiscencias folclóricas.
La versión del tenor comienza con una bombástica introducción orquestal que recuerda al inicio del Zaratustra de Strauss (preludio que Elvis Presley emplearía en algunos de sus conciertos), como anticipo de la entrada de la voz del intérprete. Aquí hace gala de su amplio registro, misteriosamente baritonal en el arranque y poderoso en el medio hasta encaramarse a las regiones más alta sin apenas compromiso. Por ahí arriba se prodiga en un falsete más reforzado que aquel, penetrante como un estilete, de los Bee Gees.
En definitiva, sirve una versión algo recargada y ampulosa pero resultona, más refulgente que trágica, basada en la contundencia de unos estupendos recursos técnicos que transmiten su propia concepción del espectáculo, directo pero elaborado. El día que los cultivadores de lo «queer», aficionados al exceso y la sobreexcitación, lo descubran lo convertirán sin duda en uno de sus himnos musicales.
Mientras, volvamos a disfrutar de su Sigmund de otra época con la Sieglinde de la bellísima Janinne Altmeyer. Viéndolos juntos al final de su incandescente dúo, como Chéreau trasladó en la puesta en escena, resulta fácil imaginarse lo que Wagner tenía en mente al expresar que no existe vínculo humano capaz de oponerse con su fuerza al torrente incontenible de una extraordinaria pasión.