El sueño cumplido de Hitler
Contra la voluntad expresa del propio Wagner, Bayreuth propone estos días una producción de «Rienzi», mientras el nuevo «Anillo» se le confía a la Inteligencia Artificial
Richard Wagner
«Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. No hay nada nuevo bajo el sol» proclama el Eclesiastés. Pero en la familia de Richard Wagner siempre han creído que, cada cierto tiempo, resulta indispensable volver a presentar al compositor bajo el ropaje restaurado de una pretendida novedad. Y de ese modo, demostrar que el mensaje de «tal vez el mayor genio que haya existido nunca», según W. H. Auden, continúa suscitando un renovado interés incluso para las recientes generaciones.
En realidad, bastaría dejar su obra como está, o él mismo dispuso, porque su fuerza y belleza resultan más que suficientes para seguir aun alimentando el mito wagneriano, una devoción que, como sostiene Bryan Magee, «es como estar enamorado: una especie de locura, de culto, un compromiso irracional, un abandono que, entre otras cosas, elimina la facultad crítica».
Pero en el feudo sagrado de Bayreuth, los descendientes, ahora con la bisnieta Katharina a la cabeza, siempre han creído que, con cada nuevo aniversario del recinto ideado por el propio Wagner para la interpretación del catálogo más relevante, según su criterio, de las obras que él concibió durante su agitada existencia, conviene transmitirles algo distinto a los asiduos feligreses y más allá. Una idea que logre vincularlas con algún rasgo inédito de la sensibilidad contemporánea. Esta vez le ha tocado la china a la tan cacareada Inteligencia Artificial.
Una transgresión del canon wagneriano
Aunque no solo. Puestos a innovar, los herederos no han dudado en transgredir los propios designios de su benefactor. Wagner dejó bien claro cuáles eran los límites, con las obras que deberían interpretarse cada año en el festival erigido a su mayor gloria.
En Bayreuth solo debían programarse sus óperas escritas a partir de «El holandés errante», las que integran el canon de sus grandes creaciones románticas, y los dramas musicales con los que haría realidad su concepción de la «obra de arte total».
Las tres iniciales de su peregrinaje lírico permanecerían sepultadas, vistas en buena medida por su autor como trabajos circunstanciales o meramente alimenticios, esbozos incompletos de su genialidad planteados para satisfacción de ávidos empresarios y sus criterios comerciales además de un público «aún por educar». Meros «work in progress».
De ese modo, «Rienzi o el triunfo de los tribunos», de 1842, basada en el best-seller del diplomático británico Edward Bulwer-Lytton, nunca se había representado en el Festival de Bayreuth. Hasta ahora. La pretensión de ofrecer alguna dádiva imprevista ha propiciado que la familia vulnere el testamento y, contra la voluntad de Wagner, su tercer trabajo lírico ha inaugurado la presente edición, y continúa reponiéndose por estos días (los usuarios de la plataforma Stage pueden ver la magnífica grabación realizada durante la premiere, sin necesidad de viajar).
La idea de este «sacrilegio» seguramente le hubiese encantado a uno de los asiduos del evento en su época, Adolf Hitler, porque según algunos de sus biógrafos, el sátrapa tenía a «Rienzi» por su ópera favorita. De hecho, la partitura original se perdió por su culpa. A algún funcionario pelota se le ocurrió regalársela a su caudillo, que debió inmolarse junto a ella en su hora fatídica del búnker. Quizá prefirió morir abrazado a sus acogedores pentagramas en vez de recibir en ellos a Eva Braun.
La ópera que enamoró a Hitler
Parece lógico que «Rienzi» encandilara al «führer». La ópera refleja las circunstancias de Cola Rienzi, un notario papal que se erige en tribuno para devolverle a Roma su pretérito esplendor, en combate contra los corruptos nobles al servicio de sus propios intereses personales.
Cabalgando a lomos del enardecido pueblo, que en un primer momento se deja seducir por sus promesas de libertad y restauración de un orden superior basado en antiguas grandezas imperiales, el aliado de la Iglesia se muestra como un líder fuerte, decidido e idealista. Pero poco después, los vientos traicioneros de la intriga cambiarán de nuevo para propiciar otras alianzas de poder que convertirán las antiguas aclamaciones populares en rumor de dagas. El otrora amado benefactor resulta ahora un aventurero corrupto y enajenado, al que la turba no dudará en condenar.
Toda la obra se encuentra traspasada por el aliento fétido del fascismo, lo que les ha servido a las directoras de escena, Alexandra Szemerédy y Magdolna Parditka, para ofrecer una propuesta que, pese a la actualización del libreto, no entra en grandes contradicciones con su espíritu original: las contiendas políticas se mantienen, puestas al día con referencias a los procesos electorales del presente, sin pronunciamientos demagógicos.
Hay todo un trabajo teatral interesante, y en algún momento se percibe hasta algún detalle humorístico de innegable ingenio, como el reflejo del propio público de Bayreuth durante la pugna del intermedio por alcanzar los baños, tras horas de prolongada resistencia.
Tienen el detalle de situar este guiño en el tiempo del interminable ballet, concesión de Wagner a los requerimientos de la llamada «Gran Ópera» francesa, bajo cuyo nada austero molde se presenta una obra demasiado larga, con mucha música efectista, pero en la que ya se aprecian detalles de calidad propios del futuro genio, que aquí tenía 27 años.
El triunfo de este monumental «Rienzi», muy bien acogido, se fraguó también gracias al enorme trabajo en el foso de la directora Nathalie Stutzmann, que confiere fluidez al prolijo discurso musical, y al buen hacer de los protagonistas, sobre todo el tenor, Andreas Schager, comprometido en la absoluta traslación del aspecto heroico del protagonista: el lirismo de su faceta más íntima se le escapa. Wagner lo quería todo.
Contrasta la buena acogida de esta inesperada «primicia» wagneriana con la otra apuesta novedosa: la inclusión de la Inteligencia Artificial para sustituir cualquier atisbo de dramaturgia que sostenga el magno edificio del «Anillo del nibelungo».
La dirección musical de Christian Thielemann (como todos los años se pueden seguir las jornadas por RNE Clásica) resulta una gozada para los oídos. Pero en las voces no se ha acertado, esta vez: ¿alguien en sus cabales puede creerse al anémico Klaus Florian Vogt como Siegfried? De modo parecido Camilla Nylund resulta una Brünnhilde de bolsillo, y Wotan (el veterano Michael Volle) naufraga en su despedida.
Pero lo más negativo, a juzgar por los sonoros abucheos y los comentarios en las redes de los propios espectadores, potenciales destinatarios de este «invento», ha sido la intervención de la mentada IA.
A la Thermomix del ingenio moderno le han metido cuantas referencias han encontrado de la Tetralogía desde su estreno hasta hoy. Y con todo eso, el artilugio ha vomitado una sucesión de imágenes (entre las que desfilan desde Hitler hasta el tiranuelo nicaragüense Daniel Ortega) que algunos han identificado con los efectos de un mal viaje de LSD.
Dado que el «Anillo» lisérgico no parece funcionar, ya hay quienes sostienen que sería mejor regresar cuanto antes a la humana apariencia de estos dioses, aunque vayan vestidos con gabardinas, y la majestuosa corporeidad del Walhalla se transforme en un cutre casino de Las Vegas. Para lo otro ya está el peyote.