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U2 en 1988: The Edge, Bono, Larry Mullen Jr. y Adam Clayton

U2 en 1988: The Edge, Bono, Larry Mullen Jr. y Adam ClaytonGTRES

Cincuenta años de U2: medio siglo de ascenso imparable y decadencia artística enmascarada

Sus últimos trabajos, salvo el esperanzador EP Easter Lily, han sido una progresiva decadencia musical desde su cumbre a principios de los 90 con Achtung Baby y su inolvidable gira ZOO TV

Uno llegó a U2 en 1987. Eran los tiempos de la explosión mundial de los irlandeses, portada de Time, a los que la legendaria revista proclamó como «El mayor espectáculo sobre la Tierra». Varios años después de aquel The Joshua Tree que los encumbró y les agotó física y artísticamente después de una intensa gira de tres años, en España los jóvenes seguían llevando la melena característica de Bono y el chaleco de traje sobre la camiseta.

Los fanzines, aquellos clubes de los tiempos del papel, se multiplicaron. U2 dominaban el mundo y también España. Su concierto en el Santiago Bernabéu, donde se les entregó la Medalla de la ciudad fue uno de esos acontecimientos imborrables, de histeria colectiva y una música y una estela de difícil comparación. Eran los herederos de The Beatles en tamaño en los 80.

Una carrera construida poco a poco desde el 25 de septiembre de 1976 cuando Larry Mullen Jr., el batería, puso un anuncio en la escuela común, la Mount Temple de Dublín, cuando empezó todo. Su álbum de debut, Boy, de 1980, era distinto, como October, un año después, y War, el tercero, de 1982. De allí salió Sunday Bloody Sunday, casi el primero de sus himnos y tema imprescindible por las décadas de las décadas.

El mito se fue asentando con el concierto en las Red Rocks de Denver en 1983 bajo la lluvia y un Bono pletórico, con la voz sin pulir, pero radiante, empuñando una bandera blanca como un soldado enardeciendo a su creciente ejército por la paz. The Unforgettable Fire, disco de 1984, supuso el cambio que prefiguró el estallido de The Joshua Tree en 1987. Mayor introspección, la grabación en un castillo, la sensación de que aquellos cuatro jóvenes iban a conquistar el mundo con sus melodías y letras personales, épicas y religiosas.

Todo el mundo lo sabía. Pero no el gran público que, aún así, escuchaba el runrún. Bruce Springsteen, ya una estrella, les adoraba. En el concierto Live Aid de 1985, su actuación de unos 20 minutos, de los cuales más de la mitad los consumió una interpretación alargada de una histórica Bad con cameos del Wild Side Lou Reed (un clásico las versiones intercaladas de sus ídolos), los situó en el mapa mundial, a la espera del paso definitivo inminente.

Este llegó con el citado The Joshua Tree en 1987. Where the Streets Have No Name y su vídeo en directo sobre una azotea, I Still Haven't Found What I'm Looking For de paseo por Las Vegas o With or Without You, la balada tremenda de bajo dominante les convirtieron en estrellas absolutas. El gran público se sumó al publicó de base: los enormes pilares que han sustentado al gigante durante 50 años a pesar de su decadencia visible.

Su carisma era inmenso. Sus temas secundarios, no sencillos oficiales, eran tan o más famosos como los éxitos radiofónicos. Su victoria era integral. Desde sus inicios, habían cubierto todas las capas del éxito, empapándolas, marcándolas para siempre. Su peso era gigantesco, casi imposible de mantener para seguir ganando el título sine die de los pesados, sobre todo porque al final de la citada gira interminable hasta 1990, con otro disco de por medio, Rattle & Hum, de clara inspiración estadounidense, también lleno de clásicos de la banda, se puedo observar claramente el agotamiento del modelo mesiánico y lirico y rockero que parecía invencible.

Entre rumores de separación, los dublineses reaparecieron no mucho después, en 1991, con un disco y una imagen completamente diferentes en Achtung Baby. Apenas tenían 30 años, pero los estragos de diez años de carrera a toda velocidad se empezaron a ver, sobre todo en la voz y el aspecto físico de Bono. Pero no importó, porque aquel álbum y su posterior gira, también interminable y en varias fases, significaron un antes y un después en la música y en la idea de los conciertos de rock.

Un montaje conceptual que no rompía con la épica del pasado. Una imagen psicodélica que se amoldaba a los sombreros de vaquero de antes. La histeria regresó y se multiplicó. Era lo nunca visto desde que apareció el incomprensible vídeo de The Fly, las gafas de mosca, el cuero negro brillante, la oscuridad luminosa, las canciones nuevas que atesoraban toda la esencia, la locura del mensaje inconexo, la crítica a la cultura de la televisión, la política...

Y entonces todo cambió demasiado. U2 siguió siendo U2 después de aquello con giras espectaculares y discos notables, pero cada vez menos. Subidas y bajadas, mayormente en cuesta decreciente, pero sin pendiente pronunciada hasta 2009, cuando apareció No Line in The Horizon, casi anunciando de forma expresa e inesperada que, efectivamente, ya no había ninguna línea en el horizonte.

A partir de entonces y hasta ahora, solo una sucesión de trabajos fallidos, salvo el último y esperanzador Ep Easter Lily, han completado su discografía, sustentados en las giras multitudinarias justificadas en su pasado glorioso. U2 sigue siendo una enorme banda, pero ya un producto eternamente vendible como la Coca-Cola, muy lejos de cuando eran una emocionante ambrosía de vanguardia minoritaria que consiguió ser mayoritaria sin renuncias durante unos años.

El 25 de septiembre se cumplen cincuenta años de su formación y se esperan fastos mastodónticos. De momento el Banco de Irlanda lanzará ese mismo día una moneda de dos euros dedicada al grupo y de curso legal. Y habrá más, homenajes y reconocimientos, aún desconocidos, empezando por el anuncio más que probable de un nuevo álbum y de una nueva gira a la espera, quién sabe, ojalá, de una nueva línea en el horizonte.

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