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Pedro Sánchez en TikTok y el busto del emperador Calígula

Pedro Sánchez en TikTok y el busto del emperador Calígula

¿Se está transformando Sánchez en un Calígula del XXI?

Sus últimas apariciones en redes sociales recomendando canciones y libros en medio de graves emergencias nacionales evocan más de una actitud del célebre emperador romano y también la de otro: Nerón

Más de uno ya ha hecho la comparación, en realidad terrible. Puede ser con Calígula o con Nerón. A Sánchez se le vio sonriendo en su visita a los lugares afectados por los recientes incendios en Ávila y Madrid. De Nerón dicen que incendió Roma mientras tocaba la lira, aunque no fue exactamente así. Lo que sí hizo fue culpar a los cristianos y castigarles por ello.

En el caso del presidente, mientras buena parte de España ardía, él recomendaba canciones y libros en sus redes sociales con una sonrisa tan afable (e impostada) como inquietante era todo el conjunto. No han cesado estas apariciones en las últimas semanas (ni en los últimos meses), después de los incendios, durante la invasión desde Marruecos.

Esta actitud insólita (el arma política que alegremente desvía el foco de la cruda actualidad) recuerda inevitablemente a las extravagancias conocidas de Calígula, un individuo sumido en la megalomanía o en los gastos excesivos en su persona, circunstancias en las que Sánchez también ha incurrido, como el uso desproporcionado y caprichoso del Falcon o sus lujosas vacaciones en la Mareta (ahora en plena crisis), entre otros.

Y a todo esto recomendando libros y canciones como si viviese en un mundo paralelo. Un delirio claramente «caligulesco» o «neroniano» y además falso. Se sabe que Nerón era un gran amante de las artes y que fue instruido por el mismísimo Séneca, a quien después mandó ejecutar. Se creía un gran artista, hecho que se asemeja al personaje cultivado que Sánchez intenta aparentar.

En su último vídeo recomendaba tres libros cuyos títulos tuvo que leer en el móvil, señal inequívoca de que no los había leído o incluso de que no los conocía, aunque nada de esto se asegura. Cuando uno ha leído, y más recientemente, unos libros, no es de gran dificultad recordarlos, y más cuando se trata de aparecer recomendándolos en público.

Sánchez no logra convencer, más bien todo lo contrario, en el intento de presentarse como un hombre culto y moderno cuando tiene que leer sus sugerencias en el móvil. Una interpretación que suma, además en el atrezo de impresentable jovialidad, en la semejanza lejana, pero real de su comportamiento con algunos de los más conocidos de los dos tiránicos emperadores.

Novela, cómic y ensayo es lo último. Y el ensayo en inglés. Mucho tiempo debe de tener Sánchez, en semejantes trances nacionales, para leer. Lo que inevitablemente da la sensación de que vive en una irrealidad manifiesta que le impide incluso la pública empatía con el sufrimiento de tantos españoles ante los que se presenta ajeno a sus problemas, con una imagen de frivolidad absoluta e inaudita, tan similar a las conductas más populares de tan excéntricos, entre otros aspectos, personajes de la historia.

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