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Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset y Fernando SavaterGTRES

De Unamuno a Savater: los intelectuales que han puesto pegas al catalán o el euskera como lenguas cooficiales

En ningún caso se trató de una crítica a las lenguas, sino mayormente a su utilización política como instrumento nacionalista

Miguel de Unamuno fue un gran contradictorio en el sentido del avance, del inconformismo ideológico, de la ebullición del pensamiento del que había que estar pendiente para que no sorprendiera el rebosamiento del vaso. Era auténticamente la opinión como definición del poeta John Milton: «Conocimiento en formación».

Se llamó a sí mismo el «jabalí independiente». Un animal imposible de ubicar que en las Cortes de la II República se opuso a que el catalán, el euskera y el gallego fueran equiparables oficialmente al español. Esto fue hace casi un siglo y si esta postura ya produjo en su tiempo incomodidad, hoy, cien años después, hubiese producido quemaduras de tercer grado en nuestros más democráticos políticos.

Unamuno era un vidente de la realidad española próxima y lejana y, con esta posición, previó lo que hoy acontece: la utilización de la lengua como instrumento de división entre los españoles, en contraste con la defensa del español como única lengua oficial por la unión de España, en aquellos momentos una República.

También defendió que nadie pudiera ser obligado a hablar en una lengua regional, incluida el gallego, como ocurre hoy en España, donde no hay «conocimiento en formación», sino «ignorancia en construcción». Ortega y Gasset, a quien, Unamuno, en el ínterin de su crecimiento, llegó a llamar «papanatas» antes de encontrarse al fin, dirigió la cuestión al nacionalismo y la llamada «normalización lingüística» que siempre fue imposición.

Una imposición que es el objeto de crítica de la intelectualidad española a lo largo de las décadas en el tema de la lengua. Unamuno plantó unas semillas y los que vinieron después, no todos, las regaron de una u otra forma. Un autoritarismo disfrazado de democracia, pues el objetivo de la cooficialidad de las lenguas regionales del nacionalismo no es otro que el mismo nacionalismo. Estos lo llaman diversidad y aquellos separatismo.

El lingüista y académico Gregorio Salvador, allá por los ochenta y noventa y dos mil y más, era tan seguro defensor del español que no quería llamarlo castellano para no equipararlo con las lenguas regionales que usaban los políticos autonómicos como palos. Fue un insistente fustigador de las políticas educativas y lingüísticas de los sucesivos Gobiernos desde la llegada de la democracia.

Defendió que la lengua, al contrario de lo que se intenta imponer ahora (y siempre), no existe para crear identidad, sino para comunicarse y, aunque había criticado la imposición del español en la época de Franco, consideraba que la imposición de las lenguas regionales era peor al tratarse de lenguas minoritarias. Una intelectualidad que no es tanto de Academia sino de sentido común: la objetividad frente al fanatismo.

Un fanatismo que, aunque sigue su camino en la actualidad, también sigue siendo señalado en ella por los intelectuales del presente como Fernando Savater o Félix de Azúa en la misma línea contraria a la imposición de una o unas lenguas y no en contra de estas. Sí en oposición a los políticos que las manejan como arma separatista, para excluir y obligar, pervirtiendo el significado de vínculo de la misma lengua.