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Trotsky durante la Guerra Civil rusa

Trotsky durante la Guerra Civil rusaWikipedia

Trotsky: ¿el comunista bueno asesinado por Stalin o el sanguinario ideólogo del Terror Rojo?

El asesinato de Trotsky ha favorecido que se construyera en torno a él una «leyenda rosa» que lo situaba como el buen comunista asesinado por el criminal Stalin

El 21 de agosto de 1940 León Trotsky moría en Ciudad de México a manos del comunista español, en las filas de la NKVD (servicios secretos soviéticos) Ramón Mercader.

Trotsky había pasado de héroe de la Revolución a enemigo del pueblo soviético, y Stalin ordenó su asesinato. Tras ser purgado y expulsado de la Unión Soviética en 1929, pasó por Turquía, Francia, Noruega hasta su lugar de exilio definitivo en 1937.

Su rivalidad con Stalin y su asesinato han favorecido que se construyera una imagen edulcorada, una leyenda rosa en torno a Trotski, considerado el «comunista bueno», depositario de las bondades de la revolución bolchevique, frente al sanguinario y genocida Stalin.

Stalin siempre había desconfiado de un hombre que, en su opinión, había acumulado demasiado poder a la sombra de Lenin, pese a haberse mostrad en un inicio partidario de los mencheviques. Ese pecado original, a pesar de que luego comulgó con pasión con el ideario bolchevique, sería una mancha que nunca lograría limpiar.

Sin embargo, esta imagen es totalmente falsa, y se aleja de la figura real de Trotsky: un hombre con las manos manchadas de sangre principal ideólogo del llamado Terror Rojo.

Trotsky jugó uno de los papeles más infames durante la Guerra Civil Rusa, desatada tras la Revolución, entre 1918 y 1922.

En esos años Trotsky encarnaba la línea dura del Partido Comunista: un individuo sin escrúpulos convencido de que la dictadura del proletariado debía construirse sobre los cadáveres de los miembros de la vieja aristocracia zarista y la burguesía liberal.

En ese sentido, fue el principal impulsor de la estrategia de represión dentro y fuera del Partido, con encarcelamientos arbitrarios en las famosas checas, torturas, ejecuciones masivas e incruenta persecución, para lo cual construyó una red de chivatos dedicados a delatar a supuestos enemigos del pueblo. El Terror Rojo en toda su crudeza: un modelo que, más tarde, se extendería a la España republicana durante la Guerra Civil.

De esa manera, Trotsky construyó una estructura de represión que funcionaba como una maquinaria industrializada cuya finalizad era la aniquilación del enemigo. Una maquinaria que, paradójicamente, acabaría en manos de Stalin, quien la llevaría a su máxima expresión y que emplearía para eliminar al propio Trotsky. Un Robespierre ejecutado por su propia guillotina.

Los métodos de Trotsky no conocían fronteras morales. Ordenó detener a familias enteras de aristócratas y de oficiales destacados del Ejército zarista para emplearlos como rehenes y moneda de cambio, a los que luego ordenaba ejecutar una vez habían servido para su propósito.

Fusiló sin piedad a miembros del propio Partido Comunista por errores o fracasos en el campo de batalla, acusándolos arbitrariamente de traición o deserción, tildándolos de contrarrevolucionarios.

Fue firme partidario del uso del terrorismo para alcanzar los fines de la dictadura del proletariado, aunque ello implicara la muerte de civiles inocentes. También puso en marcha un modelo de trabajos forzados claramente esclavista, provocando miles de muertes entre prisioneros de guerra, burgueses y huelguistas.

En definitiva, el hecho de que Trotsky fuera asesinado por orden de Stalin no lo convierte en encarnación de una versión blanda del comunismo frente a la versión dura de Stalin. Trotsky fue un cruento criminal que se sirvió del aparato del Estado comunista para ejecutar un milimétrico plan de terror cuyo objetivo era imponer la dictadura del proletariado.

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