Adiós influencers, vuelven los viejos hábitos
La decadencia de los «influencers» pronostica un retorno a viejos hábitos, mientras en China algunos lloran con sentido simbólico al político que impulsó importantes cambios, y otros exmandatarios se exhiben con cantantes
El tiktoker Pedro Sánchez en una captura de imagen de su canal
En su delicioso Metafísica del aperitivo, Stéphan Lévy-Kuentz ofrece quizá la mejor definición de los «influencers»: «Evacúan su vientre en público para vender su contenido».
Aunque los periódicos progresistas insisten estos días en que eso ya se acabó. Hasta ayer mismo, cualquier chaval podía ganarse bien la vida en las redes exhibiendo su caca a precio de oro. Pero como el público suele mostrarse caprichoso, esquivo y voluble (solo es cuestión de tiempo), varios redactores intentan convencernos de que el personal definitivamente se ha hartado de tanta vacuidad para buscar renovado solaz en otros contenidos más enjundiosos.
En lugar de gags bailables, resulta que ahora se llevarían propuestas elevadas, como recomendaciones de libros interesantes, no exactamente los que propone Pedro Sánchez.
Mientras este renovado consumidor se deleita en explicaciones, e incluso textos, largas los infatigables rastreadores de tendencias apuntan también hacia otros detalles esenciales para reforzar la tesis de este súbito descalabro de los creadores de entretenimiento insustancial.
(En nada se volverán a poner de moda las novelas de Thomas Mann, la filosofía kantiana y las sinfonías de Bruckner o de Mahler, del que, en Madrid, al menos, asistimos en estos últimos tiempos a un intenso revival: sin ir más lejos, dos interpretaciones distintas de la monumental «Resurrección», del marido de Alma se propondrán en las próximas semanas).
Dicen estos sabios elucubradores del «zeigeist», el termómetro de los días, que los chavales vuelven con fuerza a Snaptchat, ese anticipo de Instagram, pero sin «likes», donde las fotos que se le enviaban al colega o la chorba (ciertas palabras también regresarán) se autodestruían sin dejar rastro, como en una peli de James Bond. Con ello, se interpreta inequívocamente que esta gente se ha hartado ya de la exposición constante y de tener que gustarle a todo el mundo para no ser considerado un perdedor.
La cosa no termina ahí. Junto con los abucheos que algunos universitarios norteamericanos han destinado últimamente a los discursos que en sus ceremonias de graduación celebraban los nuevos prodigios de la Inteligencia Artificial (de la que tanto se valieron estos alumnos a la hora de elaborar sus trabajos en clase, pero de la que desconfían como virtual ladrona de sus ya inexistentes empleos), ahora se protesta contra otro nuevo aguafiestas empresarial que viene a borrar la huella de lo tangible para favorecer lo meramente virtual.
Los aficionados a los videojuegos están que trinan. Las compañías, comenzando por Sony, les han privado del soporte físico de sus afectos. No podrán seguir apilando sus ejemplares, ni revenderlos algún día en el hasta hoy dinámico mercado de segunda mano. Lo único que tendrán en el inmediato futuro será un archivo digital, que la compañía vendedora podrá destruir incluso más adelante, alegando por ejemplo la caducidad de la licencia de uso.
Es curioso cómo alguna gente se organiza cuando le tocan de verdad las meninges. Varios de estos chicos, con adelantados conocimientos de informática, han “hackeado· el lanzamiento de uno de los próximos, esperados videojuegos de una de estas empresas, destripándolo a disposición de la gente, en una reivindicativa acción a lo Robin Hood que tendría por objeto esencial denunciar la voracidad de los colosos del entretenimiento al cambiarles las reglas del juego, despojándolos de lo material.
De ese modo, muestran su enfado justo como hicieron aquellos indígenas del Amazonas cuando el político de turno se presentó ante ellos con un cheque, en lugar de dinero contante y sonante, para el pago de sus tierras expropiadas.
En realidad, les hacen un favor: para vivir realquilado en una habitación junto a otros cinco inquilinos se necesita un espacio imposible de obstaculizar con libros, cedés, videojuegos y otros cachivaches enemigos del minimalismo.
Pero hasta yo que soy un escéptico he tenido que claudicar ante la evidencia de que últimamente algo está cambiando en la mentalidad de las nuevas generaciones.
Como se proclama, también, que otro signo evidente de esta mudanza a los caducos hábitos de antaño se hallaría en el renovado interés de la chavalería por las viejas cámaras analógicas, el otro día puse toda mi atención durante un viaje.
Mientras navegaba plácidamente por las mares de Odiseo, observé que, al fondear frente a una playa paradisiaca, llena de cabras, los jóvenes que mayoritariamente constituían el pasaje se desplazaban en manada hasta la proa de la embarcación para procurarse las mejores imágenes del idílico paisaje.
Sí, todos iban con el móvil en ristre. Hasta que, de pronto, por un flanco se coló una chiquita rubia muy parecida a la joven Elisabeth Shue de Cocktail. En su mano izquierda, alzada para protegerla de los zarandeos, portaba una ¡Kodak Pocket Instamatic!
Confieso que me hizo casi más ilusión que si se hubiera puesto a cantar Casta diva o Contigo en la distancia. Aunque a este paso, el próximo fin de semana seguro que en algún suplemento dominical se hablará del inequívoco auge del bolero o la canción ligera entre la Generación Z (y, sí, me consta que alguno está descubriendo a Nino Bravo, como además se pudo apreciar durante las recientes celebraciones del Mundial; pero vamos…). ¿Estaremos acaso salvados?
Un símbolo para los disidentes chinos
En estos días se murieron Zhu Rongji e Ileana Cotrubas. A la gran soprano rumana la recordaron un par de nostálgicos del buen cantar, y mejor decir, en las redes, donde también lloraron al ex primer ministro chino aquellos que percibían en su apuesta por las reformas económicas el germen, luego frustrado, de otro tipo de deseadas aperturas.
Al menos este diario, siempre a la última, le reservó al discípulo de Jiang Zemin un obituario saldado con un par de comentarios de amables lectores, de esos que reflejan lo que ocurre casi siempre que hoy se habla de China en público. Uno ponderaba su sabiduría para modernizar la economía de una nación que en estos instantes se exhibe ante el mundo como modelo de prosperidad.
El otro, en cambio, se mostraba muy crítico con el antiguo gobernante ahora fallecido, atribuyéndole los típicos, horrendos crímenes que suelen cometerse en las dictaturas, donde la vida de los individuos vale tan poco como sus pensamientos, cuando pretenden mostrarse libres de poder si quiera criticar a los gobernantes.
Convendría recordar que, en cualquier caso, eso en un periódico chino no hubieran podido hacerlo, porque la discrepancia allí no existe: la libertad de expresión solo se tolera si es para difundir las bondades del régimen.
Con todas sus ambigüedades, parece que en el imaginario de quienes hoy anhelan en China otras reformas, más allá de nuevas rutas de la seda, el recuerdo de Zhu Rongii se erige como símbolo de otra posible visión moderna de ese país, más centrada en las paralelas reformas políticas que pudieran dar a luz algo parecido a la democracia de las sociedades libres.
Por eso no resulta tan extraño que, mientras en los esporádicos comentarios aparecidos estos días en algunas redes, como la minoritaria WeChat, algunos disidentes asiáticos destacaran el supuesto carácter humano, abierto y sofisticado de Zhu, los canales oficiales apostaran por un homenaje rápido y descafeinado, un visto y no visto, como si el peso de su alargada sombra molestara a los actuales jerarcas comunistas, más taciturnos e implicados en mantener la férrea doctrina del partido único, sin mayores matices ni disensos. El totalitarismo no aprecia la ambigüedad.
Al nuevo Trudeau también le va el pop
Otro ex premier, este canadiense, Justin Trudeau, también ha sido noticia durante el verano, por causas más placenteras. En algunos días de la canícula, se ha exhibido por los arenales de Saint-Tropez con su reciente conquista, la millonaria cantante de éxitos olvidables Katie Perry, de la que se muestra muy enamorado a juzgar por el embeleso (a veces tan efímero como la popularidad del repertorio de la flamante novia) de la mirada.
Pero hasta en eso los recientes políticos de nuevo cuño, tan pronto jubilados para disfrutar con tiempo de todo lo bueno (como nuestro Rivera, que también se dejó querer por la intérprete Malú mientras le duró el hechizo de la celebridad artística) han descendido unos cuantos peldaños.
A dónde va a parar este Trudeau (o el propio artífice de Ciudadanos) en comparación con la figura de su padre, también primer ministro del mismo país que, en su día, y tras el sonado divorcio de la madre de Justin (amante de un par de miembros de los legendarios Rolling Stones), se emparejó durante unos meses con Barbra Streisand, una artista de verdad. Como afirmaba sir Jon Falstaff: «Todo declina».