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Slater, Koestler y Orwell: el anticomunismo que nació en Málaga

Slater, Koestler y Orwell: el anticomunismo que nació en MálagaHecho con IA

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Slater, Koestler y Orwell: el anticomunismo que nació en Málaga

En una Málaga revolucionaria, sacudida por madrugadas de incendios y asesinatos, un inglés culto, elegante y bien parecido, aparece entre los milicianos como un extraterrestre recién aterrizado. Corre el verano sangriento de 1936 y aquel hombre, llamado Humphrey Richard Slater, llega a la ciudad en un Rolls-Royce con chófer. Dice ser comunista y periodista.

Coincide en esos momentos con uno de los escasos ingleses que no habían abandonado la ciudad tras el estallido de la guerra: Gerald Brenan, que vive junto a su esposa, Gamel Woolsey, en Churriana, a las afueras de la capital andaluza.

A Brenan aquel visitante le resultaba familiar. Al parecer, ambos habían coincidido años antes en alguna de las tertulias londinenses promovidas por Virginia Woolf. Lo invita a alojarse en su casa y, al día siguiente, emprenden juntos un viaje para contemplar el frente, situado en las proximidades de Antequera.

Brenan lo describe más tarde en sus memorias como un joven que había renegado de la frivolidad de su vida anterior para entregarse, con fervor casi religioso, a la causa comunista. Estaba, escribió, «empapado de una beatería reminiscente del joven clérigo que acaba de encontrar a Dios». También resulta revelador otro comentario que Slater le hizo tras relatarle cómo había presenciado ejecuciones durante su viaje por la costa hasta Málaga: «Descubro que los cadáveres llegan a importar menos de lo que pensaba... se llega a verlos dentro de un contexto».

Antiguo estudiante de Oxford y pintor vanguardista de relativo éxito, abandonó su vida burguesa para convertirse en revolucionario profesional. Aprendió idiomas, recorrió Europa pronunciando mítines y escribió manuales sobre táctica revolucionaria y guerrilla urbana. En 1933 protagonizó un sonado acto de protesta al destruir la estatua de cera de Adolf Hitler en el museo Madame Tussauds, episodio a partir del cual los servicios de inteligencia británicos comenzaron a seguir sus pasos.

Slater había llegado a España en 1936 como propagandista del Komintern y, poco después, se incorporó al batallón británico de las Brigadas Internacionales. Sus crónicas desde Madrid, Valencia, Alicante o Málaga presentaban el conflicto como una lucha absoluta entre el bien y el mal. Participó posteriormente en algunas de las grandes batallas de la guerra, como las del Jarama, Brunete o el Ebro, y llegó a ser comisario político del batallón británico.

Málaga, febrero de 1937

No hay avances en la batalla de Madrid. La guerra parece estancada, así que los nacionales deciden abrir un nuevo frente en Málaga. Será la primera acción de guerra de las tropas enviadas por Mussolini, desembarcadas meses antes en Cádiz. Las fuerzas italianas, apoyadas por columnas nacionales, fueron cerrando en pocos días el cerco sobre la ciudad.

«Ni un fusil más para Málaga», sentenció Largo Caballero. La República ni siquiera intenta organizar la defensa y los responsables políticos y militares huyen. El pánico se apodera de la población y decenas de miles de personas huyen por la carretera de la costa en dirección a Almería.

Entre aquellos que no huyen se encuentra Arthur Koestler, corresponsal húngaro de origen judío que había pasado del sionismo al comunismo militante. Propagandista y espía, trabaja, al igual que Slater, para la Internacional. Su misión consiste en documentar la intervención de las fuerzas fascistas en apoyo de Franco. Por eso no huye. Lo detienen en la residencia de Sir Peter Chalmers Mitchell, prestigioso zoólogo británico retirado en el barrio de El Limonar que intenta sin éxito protegerle.

Por entonces, Koestler ya era un periodista conocido. Al comienzo de la guerra había logrado entrevistar al general Queipo de Llano en Sevilla. Para conseguirlo se había presentado como corresponsal de un periódico conservador húngaro, engañando a Luis Bolín, responsable de prensa del bando nacional. Cuando la entrevista se publicó, Koestler retrataba a Queipo como un personaje brutal y sanguinario. Bolín juró que lo mataría como a un perro.

El destino quiso que la casa de Chalmers estuviera situada junto a la del tío de Bolín y que el propio Bolín entrara en Málaga junto a las tropas nacionales en febrero de 1937. Así volvieron a encontrarse.

Comenzó entonces el cautiverio de Koestler. Tras su arresto fue trasladado a Sevilla, donde permaneció encarcelado durante noventa y cinco días y llegó a ser condenado a muerte por espionaje. Finalmente, una intensa campaña internacional y diversas negociaciones diplomáticas consiguen su liberación mediante un intercambio de prisioneros. Aquellas vivencias quedaron reflejadas en Diálogo con la muerte, una de las obras testimoniales más importantes surgidas de la Guerra Civil.

Inglaterra, 1938

De regreso en Inglaterra, tanto Slater como Koestler arrastran las huellas de su paso por la guerra española. Ninguno de los dos ha abandonado todavía por completo la fe comunista, pero la Guerra Civil ha sembrado las primeras grietas en sus convicciones.

La evolución fue gradual. Las noticias que llegan de la Unión Soviética, las purgas ordenadas por Stalin y, sobre todo, la firma del pacto germano-soviético de agosto de 1939 terminan por hundir muchas de las certezas de una generación de militantes que había contemplado el comunismo como una alternativa moral al fascismo.

En el caso de Slater, el distanciamiento acaba provocando su expulsión del Partido Comunista Británico. Durante los años siguientes evoluciona hacia posiciones cada vez más críticas con el estalinismo y con cualquier forma de fanatismo político.

Entre finales de 1945 y principios de 1947 edita junto a George Orwell la revista Polemics, de la que únicamente llegan a publicarse siete números. La publicación se definía a sí misma como «favorable a la ciencia, hostil a las manifestaciones intelectuales del romanticismo y marcadamente anticomunista». En sus páginas colaboraron algunas de las figuras más destacadas de la cultura británica de posguerra, entre ellas Bertrand Russell, Stephen Spender, Henry Miller y Dylan Thomas.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Slater publica su primera novela, Los herejes, ambientada en los primeros meses del conflicto en la ciudad de Málaga. La obra constituye una denuncia de los fanatismos políticos y de las derivas totalitarias nacidas de las utopías revolucionarias.

Su segunda novela, El conspirador, fue llevada al cine en 1949 con Elizabeth Taylor, en su primer gran papel adulto, y Robert Taylor como protagonistas. La historia gira en torno a un militante comunista obligado a elegir entre la lealtad a la organización y el amor a su esposa. Leída hoy, parece casi una confesión disfrazada de ficción: la de un hombre que había dedicado buena parte de su vida a una fe política de la que ya comenzaba a renegar.

Koestler había iniciado esa ruptura incluso antes. En 1938 abandona definitivamente el Partido Comunista, indignado por la ejecución de antiguos camaradas durante los procesos de Moscú. Instalado entre Francia e Inglaterra, donde coincide con Slater, publica en 1940 El cero y el infinito, una novela inspirada en las purgas estalinistas. La obra tuvo un impacto inmenso. Traducida a decenas de idiomas, se convierte en una de las denuncias más influyentes jamás escritas contra el totalitarismo comunista y transforma a Koestler en una de las grandes referencias intelectuales de su tiempo.

Su novela fue exaltada por George Orwell, amigo y colaborador de Slater. Los tres comparten una misma preocupación: desentrañar los mecanismos políticos y psicológicos de los sistemas totalitarios. Tanto Orwell como Koestler acabarán convirtiéndose en dos de las voces más influyentes de la Europa de posguerra en defensa de la libertad.

El caso de Orwell presenta notables paralelismos con los de Slater y Koestler. Tras su participación en la Guerra Civil, integrado en las milicias del POUM en el frente de Aragón, descubre que dentro del propio bando republicano operan mecanismos de persecución política, propaganda y manipulación dirigidos contra quienes eran considerados adversarios por el estalinismo. Aquella experiencia marcará profundamente su pensamiento y dará origen a una de sus obras fundamentales: Homenaje a Cataluña.

¿En qué momento dejaron de ser comunistas convencidos para convertirse en algunos de los críticos más lúcidos del totalitarismo soviético?

Probablemente no hubo un instante preciso. Fue un proceso lento, lleno de contradicciones, desengaños y dudas. Sin embargo, Málaga tuvo un gran protagonismo incluso para Orwell, que nunca pisó la ciudad andaluza:

Las noticias nos dejaron helados a todos porque, fuese cual fuese la verdad, todos los hombres de la milicia pensaron que la caída de Málaga era producto de una traición. Era la primera vez que yo oía hablar de traición, o de objetivos divididos. Aquello sembró en mi mente las primeras y difusas dudas sobre esta guerra, en la que, hasta entonces, distinguir entre lo bueno y lo malo había sido tan maravillosamente simple.

(Homenaje a Cataluña, p.86).

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