Por qué la España de Sánchez es como una novela negra, pero sin el detective que la salve
Hay un villano y muchos secuaces, pero no hay un héroe tan claro como el villano, por ejemplo, el fundamental Philip Marlowe de Raymond Chandler
Humphrey Bogart como Philip Marlowe y Pedro Sánchez
Raymond Chandler, genio de la novela negra, definió así al detective, al héroe que resuelve los casos en medio de la oscuridad: «Por estas calles desiertas debe caminar un hombre que no sea él mismo desierto, que no esté corrupto, que no tenga miedo. El detective en este tipo de relato debe ser un hombre así. Es el héroe; lo es todo».
Así dijo que debía ser y así era su propio héroe, Philip Marlowe. Uno no puede dejar de pensar en las características de la novela negra, en buena medida redefinida por Chandler en ese ambiente de calles desiertas, de corrupción, de miedo... lo opuesto a las características del héroe que vence título tras título, el antídoto.
Los prostíbulos del suegro
España es una novela negra sin héroe claro (algunos se niegan o no pueden, de momento, dar el paso necesario), con un villano y muchos secuaces. España es una novela negra a la que le falta el detective que la salve y que se mueve entre sus callejones oscuros, sus gasolineras zapateriles, los prostíbulos del suegro y los de Koldo y Ábalos, los policías y las comisarías dudosas...
Es la estética «noir», donde siempre es de noche y los delitos no se ven por la oscuridad, se tapan, se ocultan. Todo está lleno de sombras, de sospechas, de secretos a voces sin desentrañar porque Philip Marlowe no existe, no ha venido. No está. Aún no ha llegado. De tal forma que el crimen o los hechos delictivos siguen produciéndose.
Otra característica que une la situación de la España de Sánchez con la novela negra o novela criminal es la sensación de desilusión o de frustración porque nada cambia. El ambiente es opresivo, pero no hay nada que hacer para cambiarlo. No hay buenos sentimientos verdaderos. Todo es venganza, maldad, dinero, poder...
No hay una línea que distinga a los buenos de los malos. Los malos son los buenos y los buenos son los malos. Los malos persisten, se enrocan y triunfan
No hay una línea que distinga a los buenos de los malos. Los malos son los buenos y los buenos son los malos. Los malos persisten, se enrocan y triunfan, se salvan sin el detective, el héroe que les descubra delante de todos, sobre todo delante de los suyos. La justicia no actúa sin trabas, controlada por los villanos o por el villano.
La jerga del parlamento es callejera como en las novelas. Parlamentarios sin fuste (no todos, pero muchos más de los que fueron en los esperanzadores principios de la democracia) que podrían ser (que son) «parlamentarios» de la calle no solamente inútiles, sino favorecedores de la corrupción que denuncian de boquilla, con su lenguaje cortante y soez, y cínico.
La España de Sánchez es una novela negra sin detective, un horror sin esperanza. El realismo social del género mostrado perfectamente: cómo el crimen organizado se adentra en el Gobierno, los negocios ilegales, clandestinos, las tramas delictivas, el retruécano de un expresidente, lo sórdido, la corrupción moral y del sistema político, la sociedad paralizada que debe encontrar a Marlowe en las urnas.