Es un plácido sábado occidental en Londres de 2003. Todo está bien, o todo parece estar bien. Pero no es precisamente del todo así. Esa mañana de descanso, un privilegiado y feliz neurocirujano ve a través de la ventana un avión en llamas. Cree que se trata de un ataque terrorista, aunque en realidad es un accidente aéreo que, sin embargo, ha despertado a los fantasmas vivos del 11-S.