Más allá del jardín encantado
El Debate de las Ideas
Más allá del jardín encantado
Hay un instante en la vida a partir del cual la mirada que los padres proyectan sobre sus hijos experimenta un desplazamiento hacia lo inquietante. Surgen, aquí y allá, señales que avisan de la entrada en una edad distinta. A la celeridad con que se suceden las transformaciones físicas, se suma el despuntar de un gusto por las actitudes apartadizas, la búsqueda frecuente del repliegue, la recurrencia a las poses furtivas.
El metal de las voces es otro, el cariz de sus manifestaciones también. Allí donde hasta hace poco predominaba la ingenuidad, ahora late un fondo de suspicacia. Los ojos del adolescente parecen empañados por una bruma intermitente: ha dejado de brillar en ellos aquella lente diáfana a través de la cual el muchacho solía mirar el mundo. Ahora ese mundo es un mar agitado, una turbulenta inmensidad donde los días en que se escucha el aleteo cercano de los monstruos se alternan con esos otros que amanecen atravesados por los cautivadores acordes de las sirenas.
«Cierra uno tras de sí la puertecita de la infancia y penetra en un jardín encantado. Hasta sus mismas sombras tienen un resplandor de promesa. Cada recodo del sendero posee su seducción», escribe Joseph Conrad al comienzo de uno de sus soberbios relatos. Pero ese jardín alberga también su sinuoso laberinto de embrujos en el que resulta muy fácil perderse. El muchacho se aleja, y sus padres lo observan caminar cada vez más lejos de su sombra protectora. ¿Hacia dónde se dirige? Hacia algún lugar parecido al que ellos se encaminaron unos cuantos años atrás. Va al encuentro de sí mismo, emplazado a una cita con un yo en el que todavía no se reconoce.
Pero el mundo de hoy está lleno de peligros imposibles de afrontar para un temperamento inmaduro, piensan los padres. ¿Y acaso no fue así siempre? La Celestina, escrita hace más de quinientos años, nos avisa de que, en todo lo que atañe a la problemática condición humana, el tiempo constituye un factor irrelevante. Los males de ayer son, en esencia, idénticos a los de hoy. La vulnerabilidad de nuestro carácter resulta ser la misma. Cuando Celestina llega a casa de la joven Melibea para proponerle un encuentro con Calisto a espaldas de los padres de la muchacha, sabe que únicamente necesita quedarse a solas unos instantes con ella para doblegar su resistencia. Y así sucede. Esos breves minutos en que consigue desembarazarse de la sirvienta que vela por el mantenimiento de la honesta condición de Melibea, le bastan a la taimada alcahueta para sembrar en la imaginación de la muchacha la urgencia de un deseo que será también la causa final de su perdición.
¿De qué nos habla esta turbia peripecia? Entre otras cosas, de que salir al encuentro del mundo es una aventura cargada de imponderables. Queremos que nuestros hijos se hallen pertrechados del bagaje ético necesario para evitar que sucumban en el torbellino de amenazas al que muy pronto se verán expuestos. Hasta ese momento, hasta el instante previo a trasponer la puerta que da entrada al «jardín encantado» del que nos habla Conrad, los hijos han recorrido su camino bajo la supervisión diaria de sus padres. Pero ahora es distinto. La adolescencia —fenómeno privativo de nuestra especie— equivale a un segundo nacimiento, y como tal comporta una catarata de transformaciones que, en el curso de unos pocos años, habrá de condicionar el destino de la persona.
Fuera del arco de influencia que proyectan sus progenitores, el muchacho se enfrenta a sus propios dilemas. Invadido por la curiosidad, sus pasos se aventuran en una región desconocida. Siente la necesidad de rebelarse contra el cuerpo de normas que constriñe su vida y, a la vez, se sabe incapaz de cortar los lazos que le subordinan a la autoridad de sus padres. Esta confluencia de sentimientos ambivalentes revela otra marca típica de la edad: la aspiración a ser completamente autónomo y, al mismo tiempo, el ansia soterrada de recibir muestras de reconocimiento y afecto; el anhelo de experimentación y, simultáneamente, la necesidad de saberse arrullado por la tranquilizadora certeza de que se sigue pisando un suelo firme.
El modo en que se busca resolver estas contradicciones hace de la adolescencia un tiempo propenso a lo gregario. El adolescente dirige la vista más allá de su círculo inmediato y, guiado por el calor que emana del grupo, descubre entre sus iguales un prometedor enclave de acogida. El grupo es ahora la piedra de toque donde su individualidad se aquilata. El reflejo mimético se intensifica. Querer parecerse a los demás no significa, sin embargo, renunciar a diferenciarse de ellos. He ahí otra contradicción en la que todos nos hemos debatido alguna vez. El adolescente busca nuevos paradigmas a partir de los cuales guiar su conducta porque, en el efervescente universo de mutaciones que es su vida de ahora, los referentes que han modelado su personalidad han dejado de tener vigencia. Puede que en el futuro vuelva a recurrir a ellos, pero ahora necesita explorar otras coordenadas.
Es ahí donde la amistad desempeña un papel crucial. Tras el influjo que proyectan los amigos, se insinúa la expectativa de una identidad nueva. Por eso, los padres que comprenden la inestabilidad esencial de este tiempo de transición contienen el aliento ante la posibilidad de que sus hijos se sientan atraídos por un modelo de comportamiento que suponga la negación de los principios que, desde su niñez más temprana, han tratado de inculcar en ellos. Es, en definitiva, el temor a que haya una Celestina agazapada tras la puerta misma de su casa, dispuesta a susurrar al oído del incauto muchacho un rosario de palabras hechizantes, aromatizadas con el tentador aliento de la corrupción.
Es curioso: nos pasamos una buena parte de nuestra vida pendientes de nuestros enemigos (si se me permite el término), obsesionados hasta la neurosis con esas personas cuya influencia sobre nosotros percibimos como sustancialmente negativa, cuando en realidad es a nuestros amigos a quienes deberíamos dedicar toda nuestra atención. Una atención colmada de agradecimiento. Porque de lo bueno que pueda haber en nosotros, una porción enorme se la debemos a ellos. Y ahora deseamos lo mismo para nuestros hijos. Y si bien es cierto que en su adolescencia no escogen a la totalidad de los amigos que les acompañarán durante el resto de sus vidas, lo que sin duda hacen durante ese período crucial de sus biografías es decantarse por un tipo concreto de persona que habrá de servirles de ejemplo a la hora de entablar futuras amistades.
Esta es la clave del asunto, la razón por la que los padres vigilan la adolescencia de sus hijos con una atención distante y una aprensión diferida, valga la paradoja. Ellos saben que, con amigos íntegros a su lado, los enemigos con los que puedan tropezarse sus hijos a lo largo del camino de sus vidas no deberían preocuparles demasiado. A fin de cuentas, junto con la familia, los amigos son nuestro punto de anclaje al mundo, nuestro asidero más duradero y fiable. Cuando la realidad nos asedia, ellos nos recuerdan quiénes somos y cuál es el sentido de lo que hacemos.