El Carmín y la ceniza
Barbero del Rey de Suecia
Fuerte como la muerte es el amor (y la poesía)
El carmín y la ceniza (Pie de Página, Jerez de la Frontera, 2025) es el último libro del poeta Manuel J. Pacheco (Rota, Cádiz, 1993), aunque él dice que es el primero. Este gesto juanramoniano de repudiar sus dos títulos primerizos habla de su nivel de exigencia. Y eso que en aquellos libros de aprendizaje había aciertos claros, como esta soleá: «Yo quise poder quererte, / pero quien quiere querer / es porque en verdad no quiere».
Y aun así, leyendo El carmín y la ceniza, se entiende que el poeta se ponga el contador a cero con este libro. El salto en profundidad es muy evidente. Tan alto, tan alto que Pacheco ha alcanzado esa poesía que ya no está de moda, pero porque queda por encima. En líneas generales, los poetas empiezan escribiendo una poesía ajena a su tiempo porque todavía no han tenido tiempo de poner su reloj en hora. Luego escriben una poesía de su época, y eso ya es bastante. Sólo los mejores, sin dejar de ser de su tiempo, escriben una poesía de siempre que cumple con el adagio trimembre de —precisamente— JRJ: «Clásica, es decir, eterna, es decir, actual».
Manuel J. Pacheco ha reflexionado con seriedad sobre su poesía y sobre la poesía. Lo demuestra el repudio de los títulos iniciales, el salto actual, los ecos culturalistas que engasta con naturalidad y el primer poema de El carmín y la ceniza. Es un texto metapoético trimembre: «Así quiero cantar; / igual que la corriente de un arroyo, / queda, sonora y clara / a un mismo tiempo. // Así quiero cantar… // Brindarme a quien me quiera / para encontrar su imagen, // para calmar su sed». Bajo su aparente voluntarismo sencillo hay una poética completísima. Fíjense en la progresión. En los primeros versos se clama por la música imprescindible: es la canción. Después, el encuentro con el lector: es la literatura. El último verso revela su intención moral: saciar una sed. Difícil una metapoética más redonda. Lo apasionante es que luego va y la cumple.
El libro es también una lección de sobriedad sin perder potencia. La delicadeza, bien entendida, no es fragilidad. Hay un propósito firme de enfrentarse a las maldiciones, empezando —metalenguaje— por la de Babel: «Hay algo que Babel, / incluso con su altura ya quebrada, / no pudo sepultar bajo su caos: // el idioma sin verbo / que nos une esta noche». Y sigue, enfrentándose a la muerte del amor (el carmín), a la muerte del padre (la ceniza) y a la supervivencia de ambos y del poeta.
Pero no son tres libros, como podría pensar el lector desprevenido. La muerte de un amor que aún se recuerda, la muerte del padre que aún se siente cercano y la supervivencia después de esas muertes que no acaban nunca se funden en la madurez del poeta, en su elegía, que es celebración secreta, y viceversa. Pacheco descubre que la elegía amorosa y la filial son una misma experiencia de permanencia. Por eso el último poema de la sección a la muerte del padre se titula «Duelo» y remata: «La tregua es engañosa. // Cuidado con poner un pie donde no debes. / No están desactivadas / aún / todas las minas». Y a la vez hace una reinterpretación del tópico de cárcel de amor: «Lo que me unía a ti, nunca me ató. // Y en cambio ahora, en tu ausencia, / sí siento el cautiverio». El pinar de Rota, tras la muerte del padre, se transfigura en un bosque literario —el de los cuentos— y metafísico.
Y entonces llega el final: «He de buscar en mí / para encontrar un claro». El carmín y la ceniza es un libro que encuentra un claro. Y es allí donde cita a sus lectores. Selecciono algunos versos luminosos y tres poemas enteros, porque en ellos no he encontrado forma de meter mis tijeras sin cortar el hilo:
Los versos aceleran los minutos
*
… he soñado en las noches más insomnes // tu sangre con mi sangre / arraigando en tu vientre.
*
Si yo ya no te quiero / […] / ¿por qué veo tu cara en otros cuerpos?
*
[Tras la muerte de su padre] Ampararé tu muerte, sabiéndote en mi sangre.
*
Haciendo que el olvido no quepa entre estos muros.
*
Has tenido que hacer
de la tierra tu casa,
para que entienda bien
tu constante enseñanza.
*
UNA FOTOGRAFÍA
Es una foto de hace muchos años.
En ella, entre las cañas y un balón de colores,
soy una imagen frágil de mí mismo.
Tú me sostienes firme
y dulcemente.
Y qué poco ha cambiado.
*
Hay tantas tonterías que se han vuelto tesoros…
*
[Anillo de bodas] En él sigue grabado un vínculo / que rebasa a la muerte. / … /… se agranda la alianza / hasta volverse un puente.
*
No me canso de oír / los mitos de mis muertos.
*
BREVAS
En un poyete blanco,
un canasto de brevas
aromando el verano.
Al abrir una, encuentro
el sabor de otros años.
Su corazón me lleva
mi corazón al labio.
*
[A la orilla del Tíber] ¿Qué yo anterior perdido en la otra orilla?
*
Que esté como en barbecho / para hacerme fecundo.
*
Que se demore abril / en llegar / y en marcharse.
*
ARBORESCENCIA
Qué sorprendente árbol
es el hombre,
que puede albergar pájaros
dentro de su cabeza.
Si lo miras con calma,
su cuerpo acaba siendo como un tronco,
deforme y agrietado.
Pero sufre
la rara
maravilla
de tener sus raíces
dentro del corazón.