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Un océano de silencio

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El Debate de las Ideas

Un océano de silencio

Este verano he notado algunas cosas intensamente: por ejemplo el calor. Mucho, el de verdad, ese que obliga a cerrar las persianas, buscar una sombra y aceptar que agosto quizá no es el mejor momento para emprender grandes gestas; el hambre, el sueño, el cansancio después de caminar; una piedra donde sentarse, un campo en el que durante bastante rato no ocurre absolutamente nada, la tarde que cae sin que nadie pueda detenerla. He esperado, me he aburrido y me he dormido leyendo poesía.

No parece gran cosa y, sin embargo, ha habido en todo ello algo profundamente humano: volver a encontrarse con un mundo que no se adapta inmediatamente a nosotros, que tiene sus propios ritmos y sus propias leyes, que estaba ahí antes de que llegáramos y seguirá estando cuando dejemos de mirarlo.

Y eso, en nuestro tiempo, empieza a resultar casi escandaloso. Cada vez tenemos menos contacto con cosas que no podemos modificar inmediatamente: si estamos aburridos, cogemos el móvil; si no sabemos algo, lo buscamos en diez segundos; si una película nos parece lenta, la aceleramos. Poco a poco hemos empezado a experimentar la realidad como algo disponible y, sin embargo, buena parte de lo real se resiste a esa disponibilidad.

El problema no es la técnica, sino el hábito que puede generar en nosotros: esperar que todo responda inmediatamente a nuestra voluntad. Byung-Chul Han lleva años advirtiendo de la progresiva desaparición de las cosas; vivimos rodeados de información, imágenes y estímulos, pero cada vez tocamos menos realidad. Una cosa pesa, ocupa espacio, envejece, se rompe y ofrece resistencia.

Por eso un jardín o un huerto constituyen una pequeña cura de humanidad y de humildad. No es casual que ambas palabras nos remitan al humus, a la tierra: volver a tocarla nos recuerda que no lo hacemos todo, que no lo controlamos todo y que dependemos de una realidad que nos precede. Uno puede regar una tomatera, abonarla y hacer casi todo bien; lo que no puede hacer es ordenarle que dé un tomate mañana. Puede favorecer aquello que está llamada a ser, pero no sustituir su naturaleza por la propia voluntad. El agricultor sabe algo que el hombre tecnológico corre el riesgo de olvidar: que no manda.

Lo mismo sucede con el cuerpo, probablemente la primera realidad con la que chocamos y una de las primeras que hemos intentado convertir en material disponible. Tiene hambre cuando no conviene, enferma, envejece, necesita dormir; el cuerpo femenino, además, es cíclico: puede gestar, parir y alimentar, y se resiste obstinadamente a nuestra fantasía de disponibilidad permanente.

Pero no tenemos un cuerpo como tenemos un teléfono: somos corporales. Incluso el pensamiento más abstracto nace en alguien que antes ha mirado, escuchado y tocado. La tradición aristotélica entendió que nuestro conocimiento comienza precisamente ahí, en los sentidos: la inteligencia no fabrica la realidad, sino que parte de ella y llega a lo universal desde lo concreto.

Quizá una de las tentaciones características de nuestro tiempo consista precisamente en invertir ese movimiento: ya no recibir primero lo real para comprenderlo, sino elaborar un proyecto y exigir después que la realidad se someta a él. Si el cuerpo contradice el proyecto, peor para el cuerpo; si la naturaleza introduce un límite, el límite se interpreta como opresión.

Fabrice Hadjadj ha insistido de distintos modos en la radicalidad cristiana de esta cuestión: la salvación no consiste en escapar de la carne. El cristianismo es una religión escandalosamente material. Dios no nos salva mediante una idea abstracta: el Logos eterno, la Palabra, se hace carne, nace de mujer, tiene hambre, duerme, camina, come con sus amigos, llora, toca enfermos y muere con un cuerpo clavado sobre un madero. Después nos deja agua, aceite, pan y vino.

Después de dos mil años quizá hemos domesticado demasiado el escándalo: Dios ha querido llegar hasta nosotros mediante las cosas. La materia no nos aparta necesariamente de lo trascendente; puede revelarlo.

Pero si la realidad nos precede y tiene una consistencia propia, nuestra primera actitud ante ella no puede ser siempre intervenir. A veces hay que mirar, escuchar, esperar. Y ahí aparece el silencio.

Estas semanas he escuchado mucho a Franco Battiato y he vuelto una y mil veces a L’Oceano di silenzio. Me conmueve esa imagen de un océano de silencio, de un tiempo que parece correr según otras leyes, más lento, lejos del ritmo acelerado con el que pretendemos gobernarlo todo. Hay algo profundamente bello en pensar el silencio no como un vacío, sino como una profundidad en la que uno puede entrar.

También el silencio puede convertirse hoy en otro producto de consumo, otra técnica de desconexión. Pero el silencio verdadero es algo más: una disposición a recibir una realidad distinta de nosotros.

Los pájaros estaban cantando antes de que los oyéramos; las estrellas no aparecen cuando levantamos los ojos. El rostro de la persona que tenemos delante contiene una profundidad que muchas veces no vemos porque estamos demasiado ocupados preparando nuestra respuesta. Contemplar consiste quizá en permitir que algo exista delante de nosotros sin convertirlo inmediatamente en contenido, fotografía, utilidad o proyecto.

Y esto tiene también una dimensión moral, porque aprender a recibir la realidad es inseparable de aprender a recibir al otro. El amor no funciona de manera eficiente: un marido, una mujer, un hijo, un amigo llegan siempre con una realidad propia que no hemos diseñado. Amar consiste también en abrir espacio para aquello que no controlamos y reconocer en el otro un bien que no depende de que encaje perfectamente en nuestros planes.

Hay algo profundamente pacificador en que el mundo vuelva a existir sin pedirnos permiso. Quizá la libertad no consista en conseguir que la realidad obedezca nuestros deseos, sino en aprender a reconocer lo que tenemos delante, comprender qué nos pide y responder libremente.

Volver al cuerpo, a las cosas, al silencio.

Y descubrir que aquello que habíamos aprendido a considerar un límite era, quizá, el lugar donde la realidad llevaba todo el tiempo esperándonos.

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