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Milicianos en un comité revolucionario en Vallecas al inicio de la Guerra Civil

Milicianos en un comité revolucionario en Vallecas al inicio de la Guerra Civil

El 'terror rojo' durante la Guerra Civil

Atrapados y asediados en el Madrid republicano: los escritores a los que la izquierda puso en una diana

La Guerra Civil desató una feroz persecución de disidentes ideológicos en el bando republicano entre intelectuales y escritores

El estallido de la Guerra Civil española, el 18 de julio de 1936, desató una verdadera cacería de disidentes ideológicos en el bando republicano.

Tachados todos de fascistas –con independencia de que lo fueran o no–, los milicianos de izquierdas, con el apoyo o la indiferencia de las autoridades republicanas, se justificaron en la revolución del proletariado para llevar a cabo toda clase de crímenes en la retaguardia. Es lo que se llamó el «terror rojo».

El terror rojo se cebó con intelectuales y escritores sospechosos de ser derechistas, burgueses, liberales, monárquicos, católicos o falangistas. Cualquiera de esas adscripciones era razón suficiente para ser detenido, trasladado a una checa, torturado y fusilado.

Ese fue el trágico final de grandes intelectuales españoles, como Ramiro de Maeztu o Pedro Muñoz Seca.

Ramiro de Maeztu (cuya obra Defensa de la Hispanidad es uno de los mayores tratados jamás escritos sobre la fraternidad entre los pueblos hispanos) sabía que lo iban a matar. Trató de buscar refugio en casa de un familiar, pero fue detenido por elementos revolucionarios de la República el 31 de julio de 1936 y trasladado a la cárcel de Ventas.

Los milicianos lo sacaron de la cárcel el 28 de octubre con la excusa de un traslado. Fue fusilado junto al cementerio de Aravaca y su cuerpo abandonado.

El caso de Pedro Muñoz Seca (autor de la genial La venganza de don Mendo) es similar. A Muñoz Seca le sorprende en Barcelona el estallido de la Guerra Civil. Detenido por milicianos anarquistas es trasladado a Madrid por monárquico y católico e ingresado en la cárcel de San Antón. Fue fusilado en Paracuellos el 28 de noviembre.

Fueron muchos los escritores perseguidos y acosados por las milicias republicanas que, como si de un juego del gato y el ratón se tratara, vivieron los primeros meses de la Guerra Civil huyendo de una muerte segura si caían en manos de los chequistas trasladándose de refugio en refugio para evitar ser localizados y detenidos.

Esos meses de angustia y terror aparecen fielmente retratados en la novela Madrid de corte a checa, de Agustín de Foxá, o en el libro de memorias El terror rojo, de Wenceslao Fernández Flórez.

Agustín de Foxá logró escapar de Madrid y exiliarse en Bucarest después de estar a punto de ser fusilado. Algo similar le pasó a Wenceslao Fernández Flórez, quien encontró refugio primero en la embajada de Argentina y luego en la de Holanda.

A quien a los intelectuales de izquierda les habría gustado echar el guante en aquellas fechas es a Miguel de Unamuno. A salvo del odio de la izquierda, Unamuno fue señalado por un grupo de intelectuales de izquierdas, entre los que estaba Rafael Alberti, organizados en torno a la Alianza de Intelectuales Antifascistas, desde las páginas de su órgano de propaganda, la revista El Mono Azul.

Sin embargo, Unamuno –a quien llaman mezquino, fascista, traidor, reaccionario y enemigo– estaba lejos de sus garras. No estaba a salvo, sin embargo, del odio de falangistas que lo mantenían vigilado en Salamanca. En su casa permaneció durante los primeros meses de la guerra hasta que en diciembre de 1936 moriría desencantado y decepcionado con una España que parecía que solo sabía odiarse.

El odio de los izquierdistas alcanzó también a intelectuales republicanos, a quienes anarquistas, socialistas y comunistas acusaban de liberales y burgueses.

Al poeta Vicente Aleixandre lo detuvieron los milicianos y estuvieron a punto de fusilarlo. Liberado, fue obligado a escribir en panfletos izquierdistas.

El periodista Manuel Chaves Nogales, convencido republicano y firme defensor de la democracia, dirigió durante la guerra el diario Ahora a punta de fusil de los milicianos. En cuanto pudo se marchó al exilio a París convencido de que los milicianos terminarían por fusilarlo por burgués.

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