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Libro de Miguel d'Ors

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El Debate de las Ideas

Entrevista a Miguel d’Ors sobre sus últimas 'Virutas de taller'

Miguel d’Ors ha publicado la última entrega de su dietario, Últimas virutas de taller. Le entrevistamos a propósito de algunas de las cuestiones que aborda en este libro, sugerente y provocador.

–Virutas de taller, Más virutas de taller, Todavía más virutas de taller, Penúltimas virutas de taller y ahora Últimas virutas de taller. ¿Realmente piensa privarnos de sus virutas? ¿Es esto una amenaza para sus fieles lectores?

–Aunque me cuesta creerlo, este diciembre, si Dios quiere, cumpliré ochenta años. Mis tomos de «virutas» van saliendo cada cinco, o sea que al siguiente en la serie le correspondería recoger apuntes del quinquenio 2024-2029. Ahora mismo la cabeza todavía me funciona, o eso creo, pero dentro de dos o tres años no sé cómo andará -la senilidad avanza con pasos rapidísimos-, así que prefiero no comprometerme con mis lectores. Hay que saber retirarse a tiempo, como Toni Kroos, para no dar los espectáculos penosos que han dado algunos futbolistas y algunos poetas empeñados en continuar con lo suyo cuando ya no debieran. De todas formas, de momento sigo escribiendo cosas. Si cuando pase a mejor vida mis herederos ven que vale la pena publicarlas, tienen el encargo de hacerlo con el título Virutas de taller póstumas.

–Las virutas son los residuos que quedan tras el labrado de una obra de madera o metal. ¿A qué obra pertenecen las virutas del taller de Miguel d’Ors?

–Mis trabajos han sido de profesor de Literatura Española y de poeta; las «virutas» son digresiones que al paso de esos trabajos van como cayendo en las orillas del camino.

–En el libro arremete en diversas ocasiones contra las ideologías. De cara a detectarlas y evitarlas, ¿puede delimitar el concepto?

–En cierta ocasión dije que ideología es lo que se piensa antes de haber pensado. En otros tiempos y lugares no sé cómo serían las cosas, pero hoy y aquí una ideología, más que un verdadero sistema de ideas, suele ser un repertorio de tópicos emotivos y metafóricos elaborados por unos pocos poderosos con el fin de mover sentimentalmente a la gente común, que los asume y los repite convencidísima de que se le han ocurrido a ella. Eso cuando no es la simple cobertura de unos bajos intereses personales.

–Tampoco parece muy partidario de la igualdad. ¿Hay manera de escapar de sus peligros?

–No es que yo no sea partidario de la igualdad. Es que la naturaleza le es contraria. Declararse en contra o a favor de la igualdad es como declararse a favor o en contra de la gravitación universal: una forma de perder el tiempo. Otra cosa es que todos los seres humanos tenemos, como criaturas hechas por Dios a Su imagen y semejanza, la misma dignidad. No los mismos derechos, ojo, que en esto hay ahora mucha confusión; yo, por ejemplo, no tengo derecho a amamantar a un hijo, ni mi señora a lucir un espléndido bigote, porque la madre naturaleza, ancilla Dei, no nos lo ha concedido. La misma dignidad. A partir de ahí, unos son varones y otros mujeres; unos blancos, otros negros, otros amarillos; unos flacos, otros gordos, otros intermedios; unos altos, otros medios y otros bajos; unos guapos, otros feos y otros ni fu ni fa; unos listos y otros menos listos o tontos del todo; y dentro de cada grupo hay mil diferentes modelos… La madre naturaleza, si se la deja libre, tiende a la desigualdad; cuando se ve mucha igualdad es porque ha sido impuesta contra naturam con medios más o menos violentos. Podría decirse que donde todos parecen de igual altura es que alguien ha aplastado algunas cabezas.

–Los políticos suelen ser diana de sus invectivas. ¿No estará generalizando demasiado? ¿No se salva ni uno?

–Sobre la mayoría de ellos, ciertamente, tengo muy mala opinión. Pienso, como San Juan Crisóstomo y el Padre Feijoo, que es imposible que alguno de los que gobiernan se salve: el poder propicia y facilita mucho el desenfreno de las pasiones; que los particulares también podemos tener, claro, pero con muchísimos medios menos para darles rienda suelta. Y luego hay unos pocos, muy pocos, dentro y fuera de España, sobre los cuales la mejor opinión que tengo es un veremos.

–¿Qué es lo que más le molesta de los nacionalismos?

–He dicho ya varias veces que en la raíz de todos los nacionalismos hay unos ingredientes fijos, a saber: mitología, victimismo, ignorancia e insaciabilidad. En otros términos, invención de un pasado (que no resiste la confrontación con la verdadera Historia), invención de unas opresiones y unas ofensas (que tampoco), desconocimiento de la realidad (condición sine qua non para todo lo anterior; nada es más antinacionalista que la Ciencia) y Sehnsucht, es decir anhelo, afán, ansia de algo, no se sabe exactamente qué, que no se tiene, se desea ardientemente y se presiente que nunca se tendrá; y precisamente esa desesperanza es lo que mantiene a todos los nacionalistas en sus nacionalismos. Un nacionalista satisfecho es un imposible, un oxímoron. A esas gentes no hay que concederles ni una uña, porque si se la das enseguida te pedirán la mano entera; y como les des la mano te exigirán el brazo, y así ad infinitum. Se ve muy clara la raíz romántica del fenómeno.

–¿Es realmente el romanticismo tan venenoso como lo pinta?

–El romanticismo es irracional; o, mejor dicho, antirracional. Yo no voy a negar que en la naturaleza del ser humano están, además de la razón, también las emociones, las fantasías, los sueños y los instintos; pero, si es un error recortar la humanidad del hombre reduciéndola a puro pensamiento conceptual, peor error es amputarle la racionalidad, que es lo que más nos eleva sobre el resto de los animales.

–¿El rechazo del nacionalismo nos empuja inexorablemente al cosmopolitismo?

–No lo creo. Entre lo uno y lo otro está, pienso yo, el patriotismo. Una virtud que hoy no se lleva mucho. La patria es una Historia compartida, unos antepasados, unos paisajes, unas costumbres, unas canciones, unas comidas y bebidas…, cosas a las que estamos inexorablemente vinculados y a las que hemos de ser fieles. Por lo demás, como ya dije en otra ocasión, la única globalización para mí aceptable es la Comunión de los Santos.

–¿Por qué no le convence el liberalismo?

–Primero tendríamos que precisar de qué hablamos al decir «liberalismo».

Hay un liberalismo teórico, filosófico, aunque no nace con ese nombre, que arranca de las ideas de John Locke sobre la existencia de unos derechos innatos, naturales, de todo ser humano: a la vida, la libertad, la propiedad, etc., y sobre la conveniencia de dividir el poder para evitar posibles abusos contra esos derechos sagrados e imprescriptibles. Ese liberalismo, muy difundido después por Montesquieu y la Ilustración francesa, como cristiano que soy me parece estupendo.

Existe también el liberalismo económico, al que inicialmente tampoco se le llamaba así, derivado de Adam Smith, que sostenía que el motor de la economía es el principio del beneficio individual, la importancia del trabajo como fuente principal de la riqueza, la libertad de mercado y, consecuentemente, la competencia y la publicidad. A mí este liberalismo, siempre que no lleve a excesos insolidarios de individualismo, también me parece bien.

Y hay además un liberalismo propiamente político (que lleva a la práctica los dos anteriores). Hasta el siglo XVIII la palabra española liberal significaba en unos casos ‘generoso, magnánimo’ -una de las Novelas ejemplares de Cervantes es El amante liberal- y en otros casos ‘intelectual’ o ’espiritual’: las artes liberales enfrentadas a las mecánicas. Pasa a tener su sentido moderno, como tecnicismo político, hacia 1810: en octubre de este año se inician en las Cortes de Cádiz los debates sobre la libertad de imprenta. A sus partidarios, y de otras reformas, se les llama desde 1811 liberales, en oposición a los serviles o absolutistas; y del español el vocablo pasará al inglés y a otros idiomas. Es una de las aportaciones lingüísticas que el mundo nos debe, como guerrilla, siesta o mosquito. En cuanto a liberalismo, se documenta desde 1814. Este liberalismo decimonónico, antropocéntrico, extremoso, anticlerical y ateo, que entonces era la izquierda, muy a menudo entreverado con la masonería, fue condenado por varios papas desde 1832, por lo cual yo lo rechazo, como lo rechazaron los carlistas, ellos incluso con las armas, ya desde 1833.

–Aunque el liberalismo actual no es exactamente igual que ése que describe…

Efectivamente, hoy el liberalismo político es mucho menos radical y beligerante, y de hecho -y esto es una buena prueba del funcionamiento de «la ventana de Overton»- se le considera la derecha. Lo representan partidos conservadores, como en España el PP; partidos que siempre optan por dejar las cosas como las han encontrado, lo cual es una forma de colaborar con el enemigo. Yo, como no soy conservador sino reaccionario, los detesto.

Y no deja de ser curioso que, en otra acepción actual del término, algunas «señoritas liberales» ofrezcan sus servicios sexuales remunerados en anuncios que se publican en el ABC y otros periódicos. Este tipo de liberalismo tampoco me gusta, claro.

–¿Tendremos que irnos al desierto para vivir libres de las intromisiones del Estado?

No lo creo. Bastaría con que el Estado no fuese tan entrometido. Principio de subsidiariedad, etcétera… Pero hay algo que me gustaría decir: el Estado es una abstracción, una idea, pero una idea siempre encarnada en algo concreto: un conjunto de individuos o un solo individuo que, a través del procedimiento que sea, han alcanzado el poder; es decir, es el gobierno. El Estado, en teoría, te cobra X impuestos; pero porque en la vida real el ministro de Hacienda lo ha establecido así. Por eso creo que, más que contra el concepto Estado, la animadversión popular debiera dirigirse contra las personas o la persona, con nombre y apellidos, que constituyen el gobierno.

–¿En qué se reconoce a alguien que ha formado su imaginación moral viendo Westerns?

Pues no sé qué decir. Para empezar, no sé qué es la imaginación moral. Lo que ahora se me ocurre es que, por una parte, no cabe duda de que el Western promueve virtudes como el valor, el compañerismo, la lealtad, la unidad de la familia, el respeto a la ley, etc., y, hasta mediados de la década de 1960, una distinción clara entre el Bien y el Mal; pero también es cierto que suele tener un trasfondo espiritual que, aunque es evidentemente cristiano, no es católico, como no lo son, hablando en términos generales, los Estados Unidos de América: en el cine del Oeste aparecen muchas iglesias, pero casi ninguna con imágenes de santos; aparecen muchas bodas, pero habitualmente oficiadas por un juez o un alcalde; aparecen muchas personas arrepentidas de su vida pasada, pero no he visto ninguna arrodillada en un confesonario; aparecen muchos agonizantes, pero a ninguno se la da la Extremaunción… Incluso un director católico como John Ford suele asumir esos enfoques, supongo que para reflejar fielmente la realidad.

–¿Cómo puede haber llegado la modernidad a pensar que ser católico está reñido con pensar racionalmente?

No estoy muy seguro, y a lo mejor lo que voy a decir es un desvarío, pero tengo la impresión de que todo viene de que en el mundo contemporáneo por «pensar racionalmente» no se entiende en realidad pensar sirviéndose de la mera razón, con «ideas claras y distintas», sino hacerlo partiendo del axioma de que solo es real lo material. Porque si se asume que existen Dios, el alma, la trascendencia y la vida ultraterrena, reflexionando sobre todo eso con los recursos de la mera razón, lo que nos resulta es Santo Tomás de Aquino. De hecho he tratado con algunas personas que se proclaman racionalistas porque, dicen, sólo creen en lo que pueden ver y tocar. Eso, pienso yo, es más bien empirismo o materialismo. El padre del pensamiento racionalista, que es Descartes, propuso varias pruebas racionales de la existencia de Dios, mira por dónde. Pero ya digo que no estoy muy seguro. Nunca me he manejado bien con la Filosofía.

–En diversas ocasiones expresa críticas a documentos del Papa Francisco I, ¿por qué cree que tantos católicos, coincidentes con su mirada, han optado por guardar silencio?

En algunos casos, por un mal entendido respeto al vicario de Cristo, alter Christus. No comprenden que al papa hay que seguirle cuando habla ex cathedra -cosa, por cierto, muy poco frecuente en las últimas décadas- o cuando, sin llegar a tanto, imparte Magisterio junto con el episcopado; pero no cuando apoya al San Lorenzo de Almagro, da un manotazo a una señora o dice, no sé, que le gustan las berenjenas o cualquier otra cosa así. En otros casos es porque el fiel discrepante pertenece a alguna institución a la que no quiere comprometer.

Pero los católicos coincidentes con mi mirada son proporcionalmente muy pocos. La mayoría de los sedicentes católicos actuales padecen una verdadera indigencia doctrinal -culpa de la jerarquía posconciliar, que ha reducido la catequesis a murales, guitarritas y buenismo sentimental- y les da lo mismo ocho que ochenta.

–¿Qué hay en Chesterton que pasan los años y parece que está escribiendo para el día de hoy?

Lo que hay es que exponía verdades universales de la condición humana, y eso no tiene fecha de caducidad.

Cita el interés que le ha suscitado La Sociedad Multiétnica de Giovanni Sartori. ¿No le parece que, precisamente al contrario de Chesterton, el politólogo italiano está hablando de una sociedad que está a años luz de la actual?

No lo creo. En mi opinión, habla de algo que estaba pasando hace unos pocos años y que ahora a mi entender es mucho peor. Pero, bueno, yo también soy muy ignorante en asuntos de teoría política; no me haga mucho caso.

–¿Le parece que Unamuno está sobrevalorado?

Como poeta, sin duda: duro de oído -y no por ser vasco, como alguien ha dicho alguna vez, que vaya canciones tienen y cómo cantan los vascos-, insensible al ripio -no tiene empacho, por poner un ejemplo, en calificar a Salamanca de académica palanca para cumplir con la rima-, excesivamente conceptuoso y con una tendencia, en su tiempo ya anacrónica, a «decirlo todo» en los poemas, debilitándolos de tanto inflarlos y, encima, cansando al lector. Hablo en general, porque de vez en cuando le suena la flauta, principalmente en Teresa (gracias sean dadas a Bécquer). Pero, eso sí, todo lo suyo da mucho juego a filósofos, teólogos, profesores y salmantinos.

–¿A qué atribuye que ni Manuel Machado ni Aquilino Duque hayan recibido la consideración que merecen?

Manuel Machado pasó su purgatorio por su adhesión a Franco (que por otra parte no fue tan incondicional como se la pinta), pero desde los últimos años de la década de 1970 se le viene valorando otra vez con justicia, porque es un gran poeta. Aquilino Duque, hoy por hoy, aunque es autor de culto para un pequeño círculo de devotos, por razones ideológicas obvias no ha tenido el reconocimiento mediático que otros escritores de menor categoría. Pero tiempo al tiempo, que es el mejor crítico.

–¿Por qué cree que, como sostiene usted, fracasan muchos de los poetas jóvenes a la hora de escribir algo con valor?

Uf, podrían darse muchas respuestas. Una, que esos jóvenes aspiran a expresar en los versos sus emociones cuando lo correcto sería aspirar a despertar las del lector, lo cual requiere autoconciencia, autocrítica y dominio del instrumento. Otra, que a menudo pecan de adamismo y leen muy poco, pensando quizá que las lecturas pueden influir demasiado sobre su mundo personal, sin percatarse los pobres de que les están influyendo subrepticiamente la televisión, las canciones y el ambiente general, cosas todas de un nivel espiritual muy bajo. Otra, que dan más importancia a llamar la atención que a ejercer bien el oficio. Otra, que el sistema educativo actual parece diseñado para formar perfectos borricos fáciles de embaucar. Y podría seguir…

–¿Tan malos son los periodistas como los pinta?

Vamos a ver: ciñéndonos a la España de ahora mismo, hay un sector, y nada pequeño, de miserables pagados por el poder que me resultan totalmente repugnantes; otro de profesionales honrados y bienintencionados, pero enormemente ignorantes; otro de profesionales honrados y bienintencionados, y hasta muy inteligentes en algunos casos, que saben mucho de la superficie fáctica de la actualidad, pero casi nada más. Y, por último, cuatro gatos con una verdadera base cultural que constituyen una excepción. De los cuales una buena parte, desde un Jiménez Losantos a un García-Máiquez, aunque aparecen en los medios no son periodistas de profesión. Porque yo creo que una cultura sólida es esencialmente incompatible con la prisa y el sensacionalismo inherentes al trabajo periodístico. Me preocupa, de veras, la desproporción entre la cultura de la gran mayoría de los periodistas y la influencia que tienen sobre las masas.

–¿Por qué se avergüenza los hijos, y nietos, de los vencedores de 1939?

Porque el bando que perdió la guerra acabó ganando la posguerra y les ha inculcado una Historia falsificada hasta el punto de que son incapaces de imaginar lo que habría llegado a ser España si los derrotados en la guerra la hubiesen ganado. Por muchos inconvenientes que se le vean a Franco, no se puede negar que era mucho más tolerante y democrático que el Frente Popular. Los hechos hablan.

–¿Concibe aún esperanza para nuestra patria?

A corto plazo soy bastante pesimista, la verdad. El actual presidente del gobierno (que -no lo olvidemos- no convoca unas elecciones porque las ganaría otro), con muy diversas trapacerías, que van desde sus toma y daca con los enemigos de España -independentistas, un prófugo de la justicia, terroristas, etc.-, su compra de votantes nacionales y foráneos y su control del voto por correo y de los recuentos electorales hasta su colonización de las instituciones -el Tribunal Constitucional, la Fiscalía General del Estado, la Policía, la Guardia Civil, el Ejército, el CIS, gran parte de los medios de comunicación...-, tiene «atada y bien atada» su permanencia vitalicia en el poder. Claro que Dios Nuestro Señor administra sabiamente los ictus, los tumores, los accidentes aéreos y la caída de rayos, y esto permite un resquicio de esperanza.

–Para terminar, quizás, como gallego que es, podrá responderme a una pregunta que me intriga desde hace tiempo: ¿por qué abundan tanto las construcciones horribles en Galicia?

Buena pregunta. No puedo responder con seguridad, pero tengo la impresión de que los gallegos -hablando en general, claro- reservan el sentido estético para el ámbito de las artes; en lo tocante a la vida diaria -el vestuario, el mobiliario, la vivienda, las fincas…- se conforman con la mera funcionalidad. Es interesante, como síntoma de esto, el típico reciclaje de los somieres como cancelas o de las bañeras como abrevaderos. Mis paisanos son la antítesis de aquellos modernistas de finales del XIX que tanto se preocupaban de la belleza de las soperas, las lámparas, las sillas, los carteles publicitarios y las bocas del metro.

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