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Ed Sheeran está sufriendo una campaña de cancelación por la cuestión de GazaEuropa Press / El Debate (asistido por la IA)

Ed Sheeran, Ariana Harwicz o Allianz: vuelve con fuerza la cancelación por ideología en el ámbito cultural

En los últimos días se han vivido casos de cancelación por razones ideológicas que han incrementado los temores por el futuro de la libertad de expresión

Es indudable que el conflicto en la franja de Gaza ha servido de combustible para los grupos radicales que han hecho de la cancelación su herramienta para imponer sus ideas y su modo de ver el mundo.

La cultura de la cancelación ha arraigado con fuerza en las sociedades occidentales, cuyos regímenes de libertades sustentados en el Estado de derecho y el respeto a la Ley han servido de abono ideal para un comportamiento autoritario que, paradójicamente, trata de presentarse como muy democrático.

La cultura de la cancelación tomó velocidad de crucero con el movimiento Black Lives Matter en 2013 en Estados Unidos durante la primera Administración Trump. Quien no se arrodillara como símbolo de docilidad al movimiento, quedaba cancelado.

La ideología woke eclosionada durante la Administración Biden la asumió como práctica habitual y la esgrimió como arma de chantaje la cancelación a todo aquel que fuera en contra de sus políticas de género, o de inclusión, equidad y diversidad. Fue el caso de JK Rowling, autora de Harry Potter, que fue fulminantemente cancelada por defender que los hombres trans no son mujeres.

La política de la cancelación está conociendo un nuevo impulso en los otros días, y todos hemos podido ver tres ejemplos muy claros.

El cantante británico Ed Sheeran vivió recientemente un desagradable episodio de cancelación que amenaza con echar abajo toda su gira.

La polémica surgió después de que decidiera excluir de la gira a su telonero, el rapero Macklemore, por sus discursos contra Israel y a favor de Palestina durante sus conciertos.

Tras esa medida, algunos de los músicos que acompañan a Ed Sheeran en la gira anunciaron que la abandonaban en solidaridad con Macklemore.

Ante la difícil situación que atravesaba su gira, Ed Sheeran se vio obligado a hacer algo que, en el legítimo ejercicio de su libertad, había decidido no hacer: tomar partido sobre la polémica.

Primero fue por medio de un comunicado: «Estoy horrorizado por el conflicto entre Israel y Palestina. El sufrimiento y dolor causado a ambas partes es una tragedia humana». Pero no fue suficiente.

En el siguiente concierto tuvo que entonar un mea culpa pública buscando el perdón de aquellos que lo cancelaban: «Lo que sucedió en Israel y en el Festival Nova el 7 de octubre fue horrible y agravó siglos de sufrimiento judío. Lo que está sucediendo en Gaza es catastrófico, injustificable y desproporcionado. Nos duele profundamente la magnitud de la devastación y la pérdida de vidas civiles y de niños, y la injusticia sistémica que estamos presenciando en Cisjordania no puede pasarse por alto», fueron sus palabras pronunciadas en el Lincoln Financial Field de Filadelfia.

Pero tampoco fue suficiente. Las palabras de la agitadora radical otrora activista climática y hoy activista propalestina Greta Thunberg acusando a Ed Sheeran de «complicidad con el genocidio» no auguran un futuro tranquilo para el músico británico.

Y es que hoy el silencio es sinónimo de culpabilidad: si no se asumen como propios los preceptos esgrimidos por la izquierda respecto al conflicto en Gaza se es, automáticamente, «cómplice del genocidio».

En España se ha visto cómo el boicot masivo de la izquierda al Festival de las Ideas por la presencia de Allianz como patrocinador, llevó al Círculo de Bellas Artes, organizadora del evento, a prescindir de la compañía.

Los grupos de presión de la izquierda radical propalestina esgrimieron como justificante del boicot los supuestos vínculos de Allianz con Israel.

La medida no impidió que muchos de los participantes anunciaran su baja del Festival y, además, provocaron una condena por parte de la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid que genera incertidumbre sobre el futuro del Festival.

El tercer caso reciente de cancelación relacionado con Palestina tuvo lugar hace unos días en la Universidad de Granada, cuando los responsables del Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades Cultur Alh –que organiza la Universidad– vetó la participación de la escritora judía argentina Ariana Harwicz pocos días antes de inaugurarse.

El veto tenía que ver con la postura de la autora respecto al conflicto en Gaza. Sin embargo, Harwicz aseguró que la cancelación «es en contra de los judíos».

La Universidad trató de negar su responsabilidad en la cancelación, esgrimiendo la autonomía de los responsables de Cultur Alh respecto a la toma de decisiones. La decisión «fue adoptada por la dirección del festival en el ejercicio de las funciones de gestión de su programación. Esta decisión no fue adoptada, aprobada ni respaldada por el equipo de gobierno de la Universidad de Granada».

La explicación no solo no fue insuficiente, sino que reveló el miedo a tratar de imponerse a los que de una forma explícita o implícita ejercen la violencia para imponer sus posturas ideológicas.

Así lo vio el afamado escritor irlandés John Banville, invitado estrella del Cultur Alh, quien anunció que se retiraba del Festival tras conocer que Harwicz había sido cancelada como resultado de la presión de un grupo de militantes.