El problema de la ópera para todos
Madrid, Barcelona y Nueva York afinan sus temporadas para que las propuestas coincidan con los gustos mayoritarios del público, y poder cuadrar mejor sus balances
El Liceo inaugura temporada con 'Aida', de Verdi
Ya en 1936 el problema de la falta de público para la ópera empezaba a preocupar en Nueva York. Al menos, así se reflejaba hasta en el cine con El secreto de Vivir, uno de los primeros éxitos de Frank Capra. Recuérdese la escena en la que varios magnates discuten sobre el déficit del teatro lírico. Nadie sabe cómo resolverlo hasta que el sentido común, encarnado en el personaje principal, Longefellow Deeds, un tipo de lo más corriente, propone su vulgar receta salvadora: «Bajen ustedes los precios de las entradas y programen los títulos que todo el mundo quiere ver».
En Nueva York, como ahora en Madrid y Barcelona, el consejo de aquel poeta aficionado parece haber calado algo en estos últimos tiempos, y aunque sobre todo aquí los precios se mantienen altos (posiblemente las entradas más caras de Europa en algunos espectáculos y ocasiones), las casas de ópera han optado esta temporada por rescatar, sobre todo, los títulos más tradicionales.
Un español debuta en el Met
El Metropolitan acaba de inaugurar su temporada esta semana con Macbeth, quizá no las más conocida de Verdi, pero desde luego más atractiva para el aficionado medio que alguno de los experimentos con los que abrieron las últimas. Y hoy mismo debuta allí el director valenciano Ramón Tebar (curiosamente ignorado por los teatros españoles) con La Bohème de Puccini, el autor que antes compuso Manon Lescaut, la pieza con la que acaba de comenzar el curso lírico madrileño.
Si ponemos rumbo al teatro de la Rambla, el Liceo barcelonés propone ahora el regreso de la Aida verdiana, todo un clásico, con el caramelo que supone poder apreciar, en algunas de sus representaciones, a la soprano Anna Netrebko, la diva preferida de los aficionados en este tiempo para encarnar a la esclava etíope (aunque los actuales dirigentes del Met no quieran saber nada de ella por su supuesta afinidad con Putin).
Cuando arrecian las malas noticias culturales (los presupuestos, en los países europeos donde los tienen, apuntan hacia recortes en este sector para poder hacerle frente a los drones del mandatario ruso), los teatros se «museizan». Eso es lo que braman, al menos, esos críticos que jamás han pagado una entrada cuando, en vez de la encantadora Boulevard Solitude de Henze, basada en el mismo asunto del abate Pévost, se programa la más conocida Manon Lescaut.
El Prado es el mayor éxito de la cultura española, por número de visitantes, y nadie se opone a que allí puedan verse obras de Goya o Velázquez. Para las más recientes genialidades de la plástica existen otros espacios, como el Reina Sofía, hoy lugar habitual de «performances» para esnobs e influencers: en Instagram dan muy bien algunos disparates.
Y no es que la ópera deba detenerse en el mismo lugar donde la pluma de Puccini dejó de concebir su final para Turandot. Faltaría más. Claro que los teatros públicos tienen que mantener un compromiso firme con la creación contemporánea, y fomentar además la recuperación de títulos recientes que apenas han logrado difusión, para propiciar quizá una mejor valoración.
Pero en la balanza debe primar aquello que más seduce al público, entre otras cosas, porque esas óperas que constituyen el núcleo del repertorio (desde Monteverdi hasta Richard Strauss) suele coincidir que representan obras maestras, muestras genuinas del genio creador en su máximo esplendor. Insustituibles en el terreno inefable de los afectos y las ilusiones, pero con un pie anclado también en la razón.
Y mientras tanto, mucha educación para fomentar el advenimiento de ese nuevo público que no va a surgir de TikTok para exigir que le pongan Licht de Stockhausen.
Las entradas de «último minuto»
Tanto el Real como el Liceo apuestan esta temporada por propuestas más conservadoras, buscando además el concurso de algunos de los artistas más deseados por la afición (Barcelona va muy por delante en este aspecto), para intentar volver a conectar como el público.
No desean tener que recurrir, como el caso particular del teatro catalán, a los «descuentos» de última hora, indignantes a ojos de los abonados que compraron las suyas por el precio convenido en un principio, y luego se encuentran con que el fulano que se sienta a su lado ha pagado la mitad, solo por saber aguardar hasta la desesperación del comerciante. O con invitados de la propia casa. Lo contrario sería cegarse y endilgar la ruina de los teatros al erario público, que es lo que se dispone a hacer estos días el nuevo alcalde de Nueva York.
Mamdani, para ayudar al Met a solventar su grave problema financiero, acaba de comprar 70.000 entradas para su nueva temporada. Las sorteará entre quienes las deseen, como un modo de hacer la ópera asequible para todos mediante otra fortuna, la del azar.
La idea es fantástica. Pero ¿qué dirán los electores que mejor desearían que se les regalaran entradas para Bad Bunny, para ver jugar a los Knicks (que ahora mismo tienen un precio solo apto para millonarios) o que ese dinero se repartiera en vales para para poder comer salmón si quiera una vez al mes, esa hoy rara delicadeza con la que ya soñaba el poeta Colline de «La Bohème»?