Franz Kafka, Oscar Wilde y Anton Chéjov
De Chéjov a Kafka: cinco genios de la literatura que se negaron a meter la ideología en sus obras
Son solo cinco los que aquí se traen, pero hay más: Proust, Allan Poe, Conan Doyle o Lewis Carroll son solo algunos ejemplos
Parece imposible, pero en realidad no lo es. No se habla de que una obra no contenga ni un ápice de ideología, puesto que el mismo contexto puede serlo (ideológico) en sí mismo, o incluso una simple descripción o el mismísimo argumento, por fidedigno que sea, todo, puede ser entendido como ideología o sectarismo.
En la actualidad, casi todo el arte lleva consigo una carga ideológica fundamental para existir: un requisito para la vida. El sectarismo es hoy como el oxígeno para el arte y, aunque también hoy existen bienvenidas excepciones, en el pasado algunos maestros universales (también maestros por esta razón concreta: la separación de la política y la creación literaria, en este caso) demostraron cómo hacerlo, demostrando también su talento artístico y narrativo para siempre.
Franz Kafka
El gran autor checo quizá sea uno de los ejemplos más discutibles y más espectaculares porque su obra es una crítica social constante, afilada y única, por brillante, premonitoria y acertada. En Kafka la ideología parece un elemento fundamental, pero la sutileza de su talento maravilloso consigue que no lo sea de ningún modo.
No es posible advertir a quién van dirigidos sus metafóricos disparos, pese a saberse (más o menos, aunque no haga falta: otra de sus virtudes). No hay un contexto identificado, como si no hubiera dirección, ni nombre. Es un ataque ideológico perfectamente anónimo y genial donde nadie puede señalarle. El jurado más sectario no podría condenarle o la crítica más fanática se perdería buscando un resquicio de la ideología omnipresente, pero al final imposible de encontrar.
Anton Chéjov
El gran cuentista y dramaturgo ruso. El médico que escribía en las revistas y los periódicos con gran éxito de lectores y fama en la época de los zares fue un genio, además de por su talento, por lograr publicar sus historias sin manifestarse políticamente en ningún caso en una época difícil para este propósito. Sus relatos son universales precisamente por esta razón, porque se limitaron a describir la vida tal y como era sin apreciaciones personales, solo como un espejo extraordinario, sinónimo de inmortalidad.
Oscar Wilde
Lo del genio irlandés siempre fue el arte por el arte y el ingenio. De hecho, sucumbió a la ideología que lo juzgó y lo destruyó, tratando de defenderse con el talento que, aunque hizo las delicias de tantos, incluido en los juicios de su fin, no le fue suficiente contra la furia del sectarismo salvaje. En el prefacio de El retrato de Dorian Gray escribió sus principios al respecto y empezaba: «El artista es el creador de cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte».
Entre sus otras frases destaca: «Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo». O «Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista constituye un amaneramiento imperdonable de estilo».
P.G. Wodehouse
El caso del británico es claro. Comedia y humor desternillantes en una sociedad de ficción cerrada a cualquier influencia externa. Un blindaje perfecto para desarrollar el estilo y el genio. Las obras del gran escritor de Guildford resisten al paso del tiempo en su burbuja inexpugnable contra cualquier sectarismo del presente y del futuro.
Robert Louis Stevenson
Aventuras, imaginación, misterio, el alma humana expresada con sencillez y bondad. Stevenson no utilizó una burbuja invencible para librarse de lo partidista y lo dogmático, sino que se escabulló de ellos como sus propios personajes a la carrera y como sus pensamientos siempre positivos. Al gran Robert Louis Stevenson la ideología nunca pudo alcanzarle porque su talento fue infinitamente más rápido e infinitamente más limpio.