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Sobre el origen de los fenómenos que asolan a Francia e Italia

El Debate de las Ideas

Sobre el origen de los fenómenos que asolan a Francia e Italia… de momento

La compasión y la tolerancia no son el cristianismo, sino su versión mimético-laica pervertida. Ya Karl Popper hablaba de la paradoja de la tolerancia: si una sociedad es tolerante de forma ilimitada, su capacidad de ser tolerante será eventualmente destruida por los intolerantes.

Decía Carlos Marx: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo». Marx fue un organizador e instigador directo de movimientos revolucionarios: en la Revolución de 1848 participó activamente en las insurrecciones políticas que sacudieron a Europa. En Alemania, organizó el primer Congreso Democrático de Renania y financió con su propio dinero la compra de armas para los trabajadores y activistas radicales, lo que provocó que fuera arrestado y expulsado del país. Fue el líder de la Primera Internacional: en 1864, fundó y lideró en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores (conocida como la Primera Internacional). Desde este puesto, coordinaba huelgas obreras, manifestaciones y redes de apoyo sindical en toda Europa. Las consecuencias de estas indudablemente buenas intenciones de justicia seguidas de métodos violentos nos las ha mostrado la historia. No solo no mejoraron la vida de nadie sino que supusieron una sangría (literalmente) interminable. ¿Cuál es la mano invisible que gobierna en la sombra los acontecimientos que asolan París o Milán?

Lo que está pasando en Francia se inspira en la misma idea extraída de El Capital (Tomo I. Capítulo XXIV, dedicado a la «Acumulación originaria»). La frase exacta de Marx es: «La violencia es la partera de toda sociedad vieja preñada de una nueva». Marx compara el nacimiento de un nuevo sistema económico (como el capitalismo) con un parto biológico. La sociedad anterior lleva dentro a la nueva y la violencia actúa como la comadrona que ayuda a que ese nuevo orden nazca. Marx acierta en explicar que el origen del capitalismo no surgió de forma pacífica o voluntaria, sino a través de la violencia histórica (como el colonialismo, la expropiación de tierras a los campesinos y el uso del poder del Estado). Ciertamente el ser humano no conoce otra fórmula para canalizar la envidia mimética que siente por su vecino.

Pero tenemos que añadir a esta lógica dialéctica que recorre la historia dos elementos nuevos para comprenderlo: la mímesis y el mecanismo del chivo expiatorio de René Girard y la Empatía suicida de Gad Saad.

Girard conoció la Segunda Guerra Mundial y tras ella emigró a los Estados Unidos, allí escribió El Chivo expiatorio para explicar sus tesis. Saad, huyó a Canadá de la guerra civil libanesa de niño, pero pudo seguir los acontecimientos posteriores que le permitieron escribir: Suicidal Empathy: Dying to Be Kind, continuación de su anterior libro The Parasitic Mind.

La mímesis es lo que nos hace capaces de mejorar evolutivamente, así como la empatía, dos caras de la misma moneda en el plano positivo. Con la mímesis aprendemos del otro, le imitamos, queremos ser como él… eso es el fundamento de la inmigración. La empatía nos permitía sentir la necesidad de vivir en comunidad, cuidar a los nuestros, luchar por alimentar al clan. Pero tienen efectos perversos, como dice el girardiano Jean–Pierre Dupuy. Su efecto perverso es lo que Girard llama el chivo expiatorio: alguien paga el pato por otro. Y Saad, la empatía suicida: acoger al otro sin condiciones inaugura un proceso parasitario que tiene un final fatal. Esos son los efectos que se producen cuando ese mecanismo de diseño divino para la supervivencia falla. Acontece cuando, como dice Girard, las víctimas (que sin duda lo fueron en algún momento) despiertan nuestra conmiseración, y al darles la mano ellas se toman el codo.

La empatía nos permite sentir compasión, focaliza nuestra mirada sobre el dolor del otro y nos vuelve sensibles a él. Rostro a rostro, diría Levinas, ponemos en marcha la empatía. Si se difumina el rostro en la masa, nos volvemos ciegos, pensamos que volverán a la calma por sensatez o porque confiamos en que la racionalidad dormida despertará o el agradecimiento prevalecerán sobre la envidia mimética. Elías Canetti, en Masa y poder, decía que cuando las masas salen a la calle, salen a matar. Gobernar apelando a esa sensibilidad sobre el dolor ajeno de las personas concretas que emigran porque ya no pueden más, que nos muestran las redes, las televisiones, etc., es humano, pero no deja de ser peligroso para miles de dolores anónimos que sufren las consecuencias de esas oleadas, profetizadas décadas atrás por Alvin Toffler. Acoger es la vía secular, laica, que imita al cristianismo ridículamente aunque lo odia, porque este denuncia que el problema está antes de la emigración: es el fruto de un pecado más antiguo, original, que tiene que ver con el egoísmo y la envidia, el desmesurado enriquecimiento ambicioso e impío que falta a la caridad debida al pobre, al huérfano, a la viuda y al emigrante.

El cristianismo es el que descubrió la inocencia de todas las víctimas. Pero Girard recordaba una y otra vez que esta revelación puso en marcha el mecanismo por el cual, por el mero hecho de ser víctima o de haberlo sido, se iniciaría un proceso de revancha de una violencia exponencial irreversible. Otro girardiano, Pankaj Mishra, nos lo hace explícito en La Edad de la Ira y en De las ruinas de los imperios. Ahora al cristianismo le toca incluir a los propios en su defensa de las víctimas. La Escuela de Salamanca hablaba de la guerra justa que consistía en defender a los nuestros de la ira avasalladora de los otros. El papa León XIV habla de revisar el concepto, pero no para abolirlo sino para incluir a todos los inocentes, de uno u otro lado, porque todos somos víctimas de todos.

La victimología es la ciencia de moda. Las víctimas se yerguen en verdugos legitimados por los sistemas de protección mal entendidos, manipulados por el capitalismo salvaje, el comunismo envidioso, no menos salvaje, el islamismo y otros ismos reivindicativos, o por los gobiernos que manejan solo sus intereses espurios sirviéndose cínicamente de la apelación a la tolerancia o al bien de los pobres. Estamos en manos de locos gemelares que solo defienden causas patéticas para sacar su rabia a la calle. Rabia contra ellos mismos que atribuyen a la culpa de otros. Pero al final todos son víctimas. Los ceutís que vivían en la burbuja de la supuesta protección de las fronteras, los franceses que vivían en la confianza en la ley, el respeto a la propiedad y a la vida…

Añadamos un elemento más al caos: Girard advertía que la mimesis es contagiosa como un virus. Como todo el mundo vive en el resentimiento, en el fracaso de sus expectativas profesionales, amorosas, familiares, políticas, etc. en algún momento se presenta el dies liminalis como un tiempo de descarga, de catarsis. En Roma, eran los días de transición entre los días sagrados y los profanos en los que se permitía la ausencia de normas. Al estar «en el umbral», las leyes sociales, religiosas y civiles habituales solían suspenderse o invertirse, generando el caos y la superstición: se consideraban días de mala suerte, peligrosos o sagrados, ya que la barrera entre el mundo cotidiano y el mundo espiritual o el caos se volvía muy fina.

La clase trabajadora que solo quiere subsistir, los barrios marginales, las mujeres que caminan solas de noche, los ancianos que solo quieren unos últimos días tranquilos, en los que preocuparse solo de su salud, los niños que deben ir al colegio tranquilos, se ven asaltados por una violencia que no saben de dónde viene. Los violentos, agresores, asociales, son presentados como víctimas de la sociedad en los periódicos y los medios con sentencias indulgentes si son apresados en los disturbios por una policía que no sabe cómo responder, atada de manos por los intereses oscuros de los políticos. Y los que se defienden, son acusados de fascistas. El mundo se ha vuelto loco. Nos gobiernan locos, inmorales, corruptos. Que nadie ponga el nombre de su enemigo político. Todos estamos implicados en el mal. No hay nadie libre de pecado, dice el evangelio, la única verdad sostenible en este mundo mentiroso. Hasta con buenas intenciones, nuestros análisis tratan de ser objetivos, de ponernos del lado de los débiles, pero ya estamos viendo que los débiles no son tan débiles cuando se juntan en masas victimistas.

Hay que estar prevenido porque, como dice el refrán castellano con su sabiduría ancestral: cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar… Traducido en términos científicos-girardianos: el hombre es un animal mimético y copia lo que ve por el mero hecho de que lo hace el modelo. Hoy Francia, Italia, luego Alemania, mañana Portugal y en breve España. Y cuando los cadáveres llenen las calles nos pondremos a pensar el porqué. Pura mímesis, empatía suicida, imitación ridícula. Buenas intenciones preñadas de efectos perversos. Leyes humanistas de doble intención que se tornan inhumanas para otros. No valen los análisis simplistas, acusatorios, necesitamos detener las respuestas fáciles ante la complejidad y llamarnos todos a la verdad. Hemos expulsado de la ecuación al cristianismo, o repudiándolo o ideologizando tomando partido por los hermanos en litigio que reclaman su herencia, convirtiéndonos en jueces de pretendida sabiduría. Pero si no paramos vamos a escuchar Su grito: «convertíos o todos pereceréis» (Lucas 13, 3).