¡Que vuelve la censura!
Los medios de la izquierda salen en tromba a avisar del aquelarre cultural que viene, mientras el invento chino de Tiktok perturba las mentes juveniles y una diputada abandona el spa para trabajar en serio
Imagen referencial de diferentes redes sociales, entre ellas, TikTok y Facebook
Vaya, vaya, vaya… Resulta que el mundo de la cultura anda alborotado por la posibilidad de que, llegado el caso, Vox pusiera a funcionar la motosierra en su sector. Del PP no se habla, porque en este aspecto crucial de la convivencia no presenta discurso: o no comparece o directamente le alquila el suyo a la izquierda para no procurarse más hostilidades de las necesarias (que esas gentes malvadas poseen a veces reconocido ingenio y un hábil sentido del espectáculo cuando se trata de menoscabar al rival, o así solía ocurrir hasta que la IA se encarga ya de los memes).
En lo que llega el torrente de manifiestos, que arreciarán conforme se acerque el día de las elecciones (aunque algunos ya andan medio escondidos por lo que pueda pasar, si toca cambiar la chaqueta al día siguiente como sugería Groucho Marx), las terminales mediáticas de la izquierda, siempre prestas al combate, ya han comenzado a calentar la pista. Ocurre igual que estos días con las calles y sus ejércitos tiktokeros, que han reclutado para la nueva borroka a una parte de los emigrantes que venían persiguiendo un sueño: sí, quizá el de poder saquear impunemente los comercios sin temor a llevarse un balazo, como les ocurriría en su país si hicieran lo mismo.
Por eso se suceden los artículos y reportajes que echan mano incluso de catedráticos, otrora investidos de autoridad, hoy meros comparsas de guardia, para apuntalar estrafalarias tesis, como la que proclama uno de la Universidad de Valencia. Dice el hombre que la actual «presión» de Vox contra los creadores (al redactor se le olvidó añadir lo de asfixiante), en aquellos lugares donde le han tocado responsabilidades de gobierno, es de tal naturaleza que algunos ya se aplican la autocensura, hasta tener que borrar de sus propuestas términos como «género» o «Palestina». Vaya por Dios.
La libertad de expresión solo puede permitírsela quien sea capaz de asumir las consecuencias. En una sociedad capitalista, debería ser cada cual quien decidiera qué tipo de música, cine o literatura desea consumir, de acuerdo con su educación, sensibilidad e intereses personales, y según la oferta, idealmente lo más variada posible, a su disposición. Pero en la práctica, incluso los estados europeos que aún aplican un cierto capitalismo, más formal que otra cosa, vulneran ese principio. Intervienen el mercado por su propio interés, constriñendo las propuestas, dirigiéndolas, sometiéndolas mediante su actuación directa: el reparto de subvenciones, becas, ayudas, premios, …
Al consagrar en sus constituciones que el Estado debe velar por el acceso de sus ciudadanos a la cultura, los gobernantes de turno se sirven de esa prerrogativa, esbozada casi como un noble deseo, para convertirla en otra forma de tutelaje, domesticación o servidumbre programada del individuo.
Con su formidable capacidad transformadora, la cultura se convierte en uno de los tentáculos más golosos de la propaganda. Bien empleada para sus fines, y si se conecta además con los planes educativos, puede lograr que en un par de generaciones las personas, o una parte fundamental de estas, piensen y actúen a imagen y semejanza de los modelos sugeridos por sus gobernantes.
Pocas veces este principio se ha aplicado mejor que a partir de la primera victoria de Felipe González, donde la estrecha, sólida y perdurable alianza entre el PSOE y un grupo de comunicación determinó desde el nombramiento del responsable de la filmoteca de la aldea más remota hasta los gustos literarios de unos estudiantes condenados a enfrentarse a los pomposos, casi siempre insoportables, practicantes de un hueco existencialismo, a veces con guiños a Corín Tellado, que convertía a Galdós, Baroja, Cela o Torrente en colosos aún más inalcanzables.
Por eso, que ahora nos vengan a decir que se aproxima un aquelarre cultural, cuando llevan más de cuarenta años de una dictadura incluso tan dañina como la otra a la que todos los días invocan entre lamentaciones y llamadas a rebato para detener a los «hijos del fascismo», al menos en lo concerniente a la imposición inapelable de su modelo cultural, su visión única, parcial y maniquea del mundo, solo mueve al sarcasmo.
Que les den a probar un poco de su propia medicina censora no les vendrá mal para enterarse de los que es prosperar sin privilegios. Seguramente no sirva de nada, porque al otro lado tampoco hay mucho donde rascar, en buena medida porque los más interesantes han arrojado ya la toalla (véase, por ejemplo, Garci, retirado antes de tiempo cuando alguna cosa seguramente le quedaría por contar frente a esta nueva generación de cineastas tantas veces ocupados en mirarse el ombligo de sus paranoias adolescentes). Y no por propio deseo, sino porque, salvo contadas excepciones, los comandos bolcheviques, instalados en ministerios, direcciones generales, diputaciones, medios y empresas afines a la renovada corrección política han aplicado su propia limpieza étnica con la diligencia, constancia y ferocidad propia de un Beria, aquel borracho asesino que Stalin empleaba para librarse de sus enemigos.
Descubren que Tiktok perturba las mentes juveniles
En Francia, durante veinticinco años, a quien se le ocurriera acudir a algún programa de televisión, de esos amañados de pseudo debate, para condenar la sanguinaria satrapía de Mao casi era conducido inmediatamente al cadalso. Ni se le permitía llegar a hablar. China comenzaba ya a ser el modelo, también para agudos cineastas como el gran vividor Godard, que junto a algunos hallazgos sublimes (como en El desprecio) solía endilgar unos truños de mucho calibre, sazonados de «provocativos» ramalazos ideológicos con los que camelarse a un par de incautas aspirantes a actriz, que estaban allí más por intentar convertirse en estrellas que por el infumable discurso.
Las supuestas bondades de la revolución cultural maoísta, que tanto ponderaban unos intelectuales galos en el fondo decididos a no cambiar su champán por el licor de arroz, trajeron esa suerte de fascinación por la «transformación» del país asiático de férrea dictadura aldeana en implacable dictadura urbanita, que aún perdura hasta hoy. No hay más que ver el interés con el que se acogió TikTok, un invento suyo, en el fondo otra manera de derrotar al capitalismo de Facebook con parejas armas y menos rigor (los controles que se le exigen a la hoy Meta no existían en China).
Pero de aquellos inocentes bailes, en los que algunos sociólogos han creído ver la mano negra del Partido Comunista chino en su afán por triturar los frágiles cerebros de las juventudes occidentales como otro paso útil hacia la lucha final, se ha pasado a la constatación de que «potencias extranjeras» (sin determinar) estarían empleando la fuerza, y opacidad, de la red social para organizar a las guerrillas urbanas (no son otra cosa) que hoy siembran el pánico entre los turistas y ancianos que pasean o viven en el centro de las ciudades europeas.
Lo que se vendía como un ágora virtual para el libre intercambio de las ideas, e inmediatamente pasó a ser un foro para el entretenimiento de los chavales que prefieren los retos consistentes en comprobar quién hace mejor el idiota a la dialéctica, se ha terminado convirtiendo, además, en otro espacio bien diferente. Aquel donde los futuros terroristas reciben cursillos acelerados para propiciar la caída de la civilización occidental, esa que aun molesta tanto por su vocación liberal, si acaso aún existiera.
La política, ese entretenido «spa»
En el fragor de las pequeñas batallas diarias a veces se hacen a un lado determinadas declaraciones, hechos, pensamientos que, situados ante la lupa del entendimiento, contribuirían a arrojar un poco de luz sobre algunos de los males más enquistados del presente.
El otro día, un medio dio la noticia según la cual Beatriz Fanjul, diputada por Vizcaya del PP, de la que no se conocía ninguna acción memorable, ni todo lo contrario, ha decidido abandonar la política. Al parecer, se pasa al sector privado, donde en ciertos casos aun pagan mejor.
Lo curioso del asunto se encuentra en la justificación que habrían aportado fuentes del partido para justificar la decisión de la que, en el pasado, había sido responsable de las Nuevas Generaciones del PP: «Ha tenido la valentía de renunciar a encabezar la candidatura y salir de su zona de confort parta desarrollar su carrera en la empresa privada».
¿Quién escribirá estas cosas? ¿O es que acaso la constatación de que la política actual representa algo así como un spa, un refugio dorado como el de Hans Castorp en La montaña mágica, donde curarse la tos y recobrar nuevos bríos para hacerle frente a los asuntos auténticamente relevantes de la vida, se considera ya una costumbre plenamente aceptada?