Pilar de Arístegui, autora de 'El mundo en mi maleta'
Pilar de Arístegui: «En vez de trabajar por los intereses de España, priman los intereses partidistas»
El Debate entrevista a Pilar de Arístegui, autora de ‘El mundo en mi maleta’ (Bookman)
Testigos de excepción del convulso siglo XX, la vida del embajador Juan Manuel de Arístegui y de su esposa Carmen Petit de Ory es un testimonio único que ayuda a comprender mejor las profundas transformaciones geopolíticas sufridas en un tiempo marcado por las guerras mundiales, la Guerra Fría y la descolonización.
Pilar de Arístegui aporta en El mundo en mi maleta (Bookman) un documento esencial para comprender la historia del siglo XX. Fruto de una cuidada documentación, El mundo en mi maleta recoge la biografía de sus padres y, siguiendo sus pasos, construye el relato de algunos de los momentos más decisivos de la historia.
En una entrevista con El Debate, Pilar de Arístegui cuenta las claves de la vida de Juan Manuel de Arístegui y Carmen Petit y por qué su ejemplo puede servir como guía para los retos del presente.
–Este libro recoge el legado de su padre, Juan Manuel de Aristegui. ¿Qué destacaría de él?
–Querría empezar con una frase que él repetía muchas veces: «A mayores privilegios, mayores deberes».
Eso ya te da idea un poco de su pensamiento y de cómo era como persona. ¿Qué destacaría de él?: reciedumbre y humanidad. Destacaría también la frase escrita en su lápida, en el panteón familiar, que resume su vida: «Aquí yace un hombre honrado». Creo que lo define bastante bien, junto con lo que te he dicho anteriormente.
Fue un leal servidor de los intereses de España y de los intereses de todos los españoles. Hay un capítulo en el libro que se llama El anarquista, en el que demuestra que su trato a todos los españoles era por igual, incluso a aquellos de ideologías opuestas a la suya.
–En el libro no solo habla de su padre, también de su madre. Carmen Petit asistió a una presentación de credenciales en Turquía, entonces bajo el sultanato, desde la celosía del harén. ¿Cómo vivió ella el servicio diplomático de su marido?
–Bueno, esa parte del libro es más lúdica, más alegre, porque ella era muy joven, tenía 21 años, cuando llega a Turquía. En Turquía regía el sultanato en su pleno apogeo, con Mehmed VI, y le dicen que va a ser la primera mujer europea en ver la presentación de credenciales, con motivo de la presentación de credenciales de su marido.
El embajador Juan Manuel de Arístegui
Entonces ella se prepara para ese acontecimiento: se arregla muy bien, se prepara para ir a la sublime puerta –como se llamaba al palacio del sultán–, y cuando llega al palacio, a mi padre se lo llevan de frente hacia a sala donde tendrá lugar la presentación de credenciales, y a ella la dirigen hacia unas escaleras, las sube, se abre una puerta, y aparece una señora llena de velos. Entonces se da cuenta de que está en el harén.
Mi madre vio la presentación de credenciales de su marido ante el sultán. Sí, fue la primera mujer europea en asistir a esa ceremonia, pero desde la celosía del harén. Luego vuelven cuando ya está Ataturk, en 1932, ya con el voto a las mujeres, la inclusión de las mujeres en el parlamento…, en fin, Kemal Ataturk había cambiado totalmente el país.
–A Juan Manuel de Aristegui le tocó ejercer la diplomacia en los oscuros años del siglo XX, época de guerras mundiales…
–Sí, realmente mi madre también vivió la Gran Guerra. Su cuñado murió en la Gran Guerra, su hermano quedó ciego en la Gran Guerra, porque combatían en el lado francés.
Vivió también la Guerra Civil. A este respecto he de decir que ni mi madre ni mi padre contaron sus amarguras. Amarguras que fueron grandes, porque mi padre fue condenado a muerte, saquearon e incendiaron la casa familiar, y se quedó con 55 años, con cinco hijos, sin profesión, sin hacienda y sin casa. Pero él nunca, nunca comentó nada, jamás. Jamás se quejó. ¿Por qué? Pues porque no quería inocular odio en sus hijos. Quería que ellos pudieran llegar al entendimiento que su generación no logró.
Y mi madre le acompañó en todas esas terribles circunstancias. Pero mi madre, a pesar de su juventud, era ya muy adulta, estaba ya muy formada porque había vivido la Gran Guerra con grandes sufrimientos.
–Durante la Segunda Guerra Mundial ayudó a personas perseguidas. ¿Qué problemas le ocasionó esa actividad?
–Problemas muy graves. El 3 de septiembre de 1944, por ejemplo, mi padre (entonces era cónsul general de España en Amberes y en Bruselas) se fue a la estación de Saint-Gilles para detener el último tren que salía de Bruselas hacia Auschwitz (con prisioneros destinados al campo de concentración). En el libro está toda la historia, pero yo puedo decir que el tren no salió. Y esa acción diplomática pudo haber tenido un alto coste profesional y, sobre todo, personal.
Tuvo también un coste familiar elevado porque mi padre tuvo que admitir al embajador alemán Meyer von Falkenberg cuando pidió asilo en la embajada. Y mi madre, puede comprender, que aceptó con una gran alegría. Estoy ironizando, porque ella, de origen francés y con su familia luchando en el frente francés, tener que acoger al embajador alemán, pues no la hacía muy feliz, francamente.
–La frase ‘para que triunfe el mal, basta con que el bien no haga nada’ ¿explica los horrores del siglo XX?
–Sí. Hay un personaje, por ejemplo, que se llama Hans Ernst Chisebius, de inteligencia militar alemana y uno de los que estuvo en el atentado de Stauffenberg contra Hitler. Fue un personaje importante porque contribuyó a las acusaciones contra los nazis en los juicios de Nuremberg. Este experto en inteligencia militar dijo una frase terrible, que explica muy bien lo que pasó en Alemania: «La adormecida clase media alemana miró al monstruo nazi como el conejo mira a la serpiente».
Presentación de credenciales ante el rey de Irak
Es una frase que define muy bien lo que pasó en Alemania, que muchos vivieron dormidos y otros miraron para otro lado. Pero a mí me gusta contar que, por ejemplo, mis padres sí encontraron gente valerosa y con humanidad en Bélgica, porque encontraron a un matrimonio que se llamaban Allard. Él era Víctor Allard y su mujer, Enriqueta, era española. Precisamente por esa nacionalidad se sintieron muy unidos a mis padres y colaboraron con ellos en ayudar y salvar a mucha gente en esos tiempos absolutamente enloquecidos.
–¿Qué pueden aprender los servidores públicos de la España de hoy de una personalidad como Juan Manuel de Aristegui?
–Yo debo decir que en este momento hay muchos servidores públicos que también defienden con mucho interés y eficiencia los intereses de España. Pero también debo de admitir que no se conoce bien la acción de la diplomacia española en esas guerras, porque hubo muchos diplomáticos que en distintas ciudades europeas hicieron mucho por los demás, con gran compasión y entrega.
–¿Cómo ve la España de hoy?
–Con onda de preocupación, francamente. Con onda de preocupación. Porque en lugar de esforzarnos todos en el entendimiento, hay una fragmentación muy negativa en la sociedad. Y ahora voy a hacer un símil que le hubiera gustado mucho a mi tío, el futbolista del Real Madrid, René Petit. En vez de trabajar todos conjuntamente en equipo para los intereses de España, en este momento yo lo que veo de terrible es que priman los intereses personales y partidistas, y así no se puede llegar a ningún lado.
– Usted también es una defensora de la hispanidad. ¿Cree que tiene futuro el proyecto de hispanidad? ¿Qué obstáculos se encuentra?
–Obstáculos, no. Al contrario. Yo publiqué un libro que se llama Ultramar, que era lo que acontecía en Nueva España, todas las grandes gestas que hizo España en Nueva España, desde 1545 a 1578.
Y ese libro fue bien, pero menos que los otros libros que había publicado. Este era el cuarto libro, y fue menos bien que los demás, digamos. Pues de repente, en 2023, me llama una señora de Sevilla y me dice, oye, me dicen que tienes un libro que trata sobre hispanidad. Quiero que lo presentes en Sevilla. A partir de ahí, empecé a presentarlo, me pidieron que lo presentara en varios sitios, hubo varias ediciones más… Es un libro publicado en el 2014, que resucitó en el 2023, precisamente por ese apogeo de la hispanidad. Yo creo que la hispanidad está viva y creciente.
–¿Sigue siendo la leyenda negra un lastre para la autoestima de España?
–Bueno, ahí está. Hace unos dos años me pidieron de la Asociación Lucerna que hiciera una conferencia sobre la leyenda negra. Yo no sabía muchísimo sobre leyenda negra, pero me dediqué a trabajar y a documentarme. Entonces, lo que hice fue una conferencia en la que la primera parte estaba dividida en otras tres partes.
La primera parte hablaba de todo lo que nos acusa la Europa contraria a España –Inglaterra, Holanda…–, sobre lo que nos acusa la leyenda negra difundida por esos países. Y los dos tercios siguientes de la conferencia eran demostrando cómo esto no era cierto, con datos y hechos, porque a mí me gusta usar datos y hechos, y que el que oiga las conferencias saque las conclusiones por sí mismo. Es el respeto que yo debo a la persona que me oye.
–Entiendo que para usted elaborar este libro, El mundo en mi maleta, ha sido emocionante. ¿Qué destacaría?
–Pues sí, ha sido muy emocionante, la verdad, porque encontré muchas dificultades. Primero el COVID, luego el cierre por reformas del Archivo de la Administración del Estado, que es un archivo magnífico –tenemos grandes archivos en España–, y yo necesitaba documentación que avalara los hechos que yo cuento en el libro.
Yo creo que ha valido la pena, y espero también que así sea para mis hijos y mis nietos, pero también para el lector que encontrará en El mundo en mi maleta una historia viva, y encontrará la mirada vivaz de una familia en lugares tan distintos como son Turquía, la de los sultanes, como le decía, y luego la de Ataturk, o Colombia, Cuba, Bélgica, Jerusalén, y más tarde, los países árabes.
Para nosotros, para la familia de Juan Manuel, fue un ejemplo del sentido del deber, reciedumbre moral y humanidad.