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César Wonenburger
Bocados de realidad.César Wonenburger

Mao lo tenía claro, sus herederos también

Los mandatarios europeos recetan «esperanza» mientras el gigante chino se prepara para la futura batalla final fortaleciendo su industria, y los drones se perfilan como una nueva amenaza que solo inquieta en ese país

Mao Zedong

Mao ZedongEl Debate

Reunidos en uno de esos cónclaves que solo suelen servir para salir de casa, probar algún nuevo restaurante y quizá reencontrarse con un viejo amigo, o una amante, varios políticos europeos se han paseado estos días por esa Barcelona donde la furia desatada de los jóvenes parece mitigarse con la obtención, aunque sea por la fuerza, de un buen par de zapatillas de LV.

Y frente a las vicisitudes, retos y desafíos que plantea el futuro, entre todos, los bien pagados burócratas de la UE parecen haber alcanzado unánimemente la fórmula para encararlos como se debe: su receta infalible, afirman, es la esperanza. Esa misma que «decepciona siempre», si le hiciéramos caso a la princesa Turandot, aunque al final ella también encontraría el amor.

Pero mientras frente al sabio Mediterráneo, los celosos administradores comunitarios de lo público parecen invocar al griego Platón, cuando ya afirmaba que «el que cuida del universo tiene todas las cosas ordenadas para la salvación y virtud del conjunto», en China, por si acaso, se han puesto el casco y recurren, de momento en clave interna, al lenguaje bélico de otro tiempo para afrontar lo que aún esté por llegar.

Tras recortarle un poco sus ilimitadas fuentes de ingresos a Mbappé, y de paso castigar al Real Madrid (debería estudiarse la conexión entre Xi y los Negreira), los herederos de Mao han vuelto a fijarse en una de las gestas más publicitadas de su eterno líder, preservado de oprobios e infamias mediante las oportunas sanciones económicas.

En las últimas reuniones del Politburó chino parece que han vuelto a apelar al espíritu de las jornadas de lo que allí se conoció como la Larga Marcha. De aquel tiempo glorioso, cuando el sátrapa logró forjar su leyenda para conducir al amado pueblo hacia la segura victoria del comunismo, han recuperado ahora algunas de sus enseñanzas: «Una revolución no es como invitar a alguien a comer (¿estaría pensando en los actuales mandatarios europeos?), escribir un ensayo, pintar un cuadro o hacer calceta: no puede ser ninguna de esas cosas tan refinadas, tan apacibles y gentiles, suaves, dulces, bondadosas, corteses, magnánimas. Una revolución es una insurrección, un acto de violencia mediante el cual una clase arroja del poder a otra».

Mientras en España ya se barrunta la no menor insurrección de las urnas, China se prepara en estos momentos para algo sin duda más grande: quizá sustituir al último gran imperio conocido. Ganar la batalla final (no han renunciado a la definitiva victoria del comunismo, lo reconocen sin disimulo en sus foros internos). Y han aprendido algunas lecciones.

Si los europeos estuvieron, en su día, dispuestos a transferirles sus secretos industriales, provocando la ruina de sus antaño prósperas economías como la alemana, ellos no van a incurrir en parejo error. Si la India llama hoy a sus puertas para que les alquilen sus poderosas tuneladoras, esas capaces de perforar montañas como quien rasga un papel, en lo delante, tendrán que apañárselas solos: buscar ellos mismos cómo fabricarlas.

Lo mismo ocurrirá en EE UU con los componentes para paneles solares, que los aranceles ya habían frenado en cualquier caso. El mercado de las grandes transferencias tecnológicas e industriales se restringirá para no seguir proporcionándole ideas a los enemigos. Baratijas sí, incluso más IAs de saldo que terminarán por arruinar a las empresas norteamericanas del ramo causando un estropicio en Wall Street, pero el resto de los grandes inventos ya no se venden.

En los próximos años, el imparable rearme chino no solo será militar, sino también industrial, aún mayor. Quieren ser autosuficientes a toda costa, no depender de nadie ni ponerles las cosas fáciles a sus rivales. ¿Con qué objetivo?

Los débiles van a morir, ya lo sabemos

Durante el transcurso del prolongado periplo para buscar refugio en tierras menos hostiles, desde las que preparar su definitivo asalto al poder de Chiang Kai-Shek, el ejército de Mao, cifrado inicialmente en unos 86.000 hombres, se quedó en apenas 7.000. Pero ante las adversidades de la lucha, el futuro presidente de la República Popular China siempre tenía a mano algún proverbio: «Es un largo viaje cuando se ve la fuerza de un caballo y donde se pone a prueba el corazón del hombre. Los débiles van a morir, ya lo sabemos. Confiamos en que mueran valerosamente».

Un parecido sacrificio es el que los nuevos mandatarios chinos exigirán de su población en estos próximos años. No habrá dinero para subsidios ni nada parecido a las conquistas del estado del bienestar europeo: la pensiones para quienes puedan permitírselas, opinan.

Los excedentes del formidable superávit que ofrece el balance comercial de China frente al resto del mundo no van a ir a parar a programas de asistencia social. Todo ese dinero se va a reinvertir ahora, como sea preciso, para garantizar el predominio industrial, o al menos, en asegurarse que no vayan a necesitar nada de nadie, mientras siguen vendiéndonos figuritas, calzoncillos y candados.

Por eso, quizá, su responsable de Seguridad e Interior mostró recientemente recelos acerca de los posibles usos inadecuados, propagandísticos de la IA. La tecnología facilita la difusión de todo lo que el gobierno considera como rumores, falacias y bulos, o sea, lo que en realidad pueda constituir cualquier asomo de crítica frente a su gestión. Si los salarios se contienen o bajan y el futuro no ofrece más seguridad que la que uno mismo pueda proporcionarse, el precario consenso actual podría resquebrajarse.

También allí preocupa la reacción ciudadana, el malestar que pueda generarse frente a unas políticas que van a exigir grandes sacrificios de una población, las más joven, que ya no percibe como una misión común el inmolarse en el altar de la historia, o la patria, para asegurar el porvenir de la república. La revolución de las nuevas generaciones podría dar al traste con la otra, lo que no van a permitir.

Para eso, las fuerzas de seguridad prevén contar a su favor con la otra cuchilla de esa arma de doble filo que representa la IA, al servicio de la autoridad competente. El control absoluto de los movimientos (y hasta del pensamiento) de los individuos que permiten las nuevas tecnologías constituirá, para los guardianes de las esencias, un aliado tan formidable como en su día lo fueron, en los primeros tiempos guerrilleros de Mao, las montañas frente a los ataques de sus enemigos. En ello confían.

El peligro está en el aire

Los viajeros que visitan China estos días se sorprenden del celo que el personal de seguridad de los aeropuertos, por ejemplo, pone en la detección de drones. ¿Quién se va de vacaciones con uno de estos «aparatitos»? Nunca se sabe, pero lo cierto es que también allí son pioneros en proponer medidas, quizá, contra una amenaza que Occidente parece tomarse a la ligera, como si el amor siempre fuera estar en el aire, según la canción.

Solo en Nueva York, durante el pasado mes de julio, en plena celebración del mundial de fútbol, se llegaron a detectar vuelos irregulares de hasta 19.000 drones, sobre los que no se tenía noticia previa alguna. Quizá estuviesen tranquilos porque la seguridad de los estadios se encontraba plenamente asegurada, o eso nos gustaría creer.

Pero lo cierto es que expertos en terrorismo sostienen que el próximo gran atentado puede llegar por el cielo. Y no se están adoptando todas las medidas oportunas. Desde luego, quien se haga con potentes artefactos explosivos y un buen puñado de drones, tiene todas las papeletas para provocar una tragedia: como se está viendo en Ucrania o Rusia, pero con otros fines. Y a nivel remoto, sin necesidad de sacrificarse en nombre de Alá o lo que se tercie.

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