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El mismo mármolRealizado con IA

El Debate de las Ideas

El mismo mármol

En los Esclavos de Miguel Ángel, la piedra parece sufrir. Dos figuras humanas forcejean dentro del mármol contra unas ataduras que nadie ve. El esclavo rebelde se retuerce, empeñado en liberarse de la materia que lo aprisiona; a su lado, el moribundo se abandona, exhausto, a una fuerza que ya no puede vencer. Ambos conservan la vida bajo el dominio de una voluntad ajena. El escultor ha dejado en la piedra una imagen perturbadora de la condición humana: el vencido sigue existiendo, aunque sometido a una forma que otro ha decidido para él.

En esas figuras asoma la vieja intuición de Hegel sobre el amo y el esclavo. La civilización ha aprendido a domesticar la fuerza, a revestirla de costumbre y a trasladarla a lugares donde apenas se reconoce. La mano que golpeaba gobierna ahora mediante leyes, relaciones económicas e instituciones. Marx intuyó esa dependencia en el obrero moderno, libre jurídicamente, aunque obligado a entregar buena parte de su tiempo y del fruto de su trabajo a mecanismos que apenas controla. Aunque hayan cambiado las formas de ejercer el poder, permanece la pregunta acerca de sus límites. Es evidente que parte de la historia humana ha consistido en aprender a contener los instintos. Para eso levantamos códigos, parlamentos y tribunales, y sometemos la convivencia a reglas que nos protegen del ejercicio arbitrario del poder. Pero siempre queda por averiguar cuándo una relación de cooperación empieza a parecerse al sometimiento; cuándo un acuerdo expresa una voluntad libre y cuándo se limita a dar apariencia jurídica a una desigualdad de fuerzas.

También los países conocen esa dependencia. Compartimos mercados, epidemias, guerras y migraciones que atraviesan fronteras con una facilidad que las fronteras políticas no reflejan. La soberanía subsiste, aunque ha perdido la antigua ilusión de una existencia independiente. Acaso por eso nos fascina tanto la posibilidad de escapar y soñar con otros planetas. Pero en cualquier nave viajarían también la ambición, la envidia, el miedo o el deseo de posesión. Y, afortunadamente, la generosidad. Cambiaríamos de planeta llevando intacta nuestra condición. No podemos escapar de la convivencia. Dependemos unos de otros, y esa dependencia puede conducir al cuidado o al dominio.

Quien entra en un hospital entrega a otros una parte considerable de su autonomía, confiado en que el conocimiento y el poder de quienes lo atienden estarán al servicio de su fibra perecedera. Hay algo profundamente desigual en esa relación, y por eso exige una delicadeza moral que ningún protocolo puede garantizar. He visto enfermos que apenas podían mover una mano y conservaban, sin embargo, una voluntad merecedora de la mayor atención. Nuestra condición de barro no disminuye la autoridad moral de quien la habita. La primera obligación de una sociedad civilizada consiste en impedir que la superioridad de unos se convierta en licencia para disponer del más débil. ¿Puede el otro disentir? ¿Conserva sus derechos cuando incomoda? ¿Tiene posibilidad de negarse? La libertad se reconoce también en esas pequeñas resistencias que el poder tolera. Para eso existen las leyes y los tribunales; para eso sometemos la autoridad a procedimientos y controles. Quien trabaja debe poder defender sus intereses; también quien gobierna tiene que responder de sus decisiones; y el que acumula dinero o influencia necesita límites que no dependan de su buena voluntad.

Ahora bien, se puede cumplir la ley y humillar, respetar un contrato y abusar o ganar una discusión y arruinar al mismo tiempo la conversación. La vida compartida exige una disposición que ninguna sentencia puede imponer. ¿Qué otra lección cabe? Escuchar, cumplir la palabra, renunciar alguna vez a llevar razón, admitir que los demás persiguen fines tan legítimos como los nuestros. Los conflictos persistirán mientras haya hombres libres. Lo inquietante sería una sociedad tan satisfecha consigo misma que hubiera conseguido silenciar cualquier discrepancia. Solemos disentir sobre qué

es lo justo, lo verdadero o lo que merece ser amado. Y ahí, en la capacidad de sostener el desacuerdo sin expulsar moralmente al adversario, se pone a prueba nuestra civilización. Puedo discutir contigo o procurar tu desaparición de la vida pública. La distancia entre ambos propósitos separa dos maneras de entender al hombre.

Occidente fue elaborando durante siglos, por caminos distintos, una respuesta a esa dificultad. Sobre la razón griega, el derecho romano y la tradición judía, el cristianismo introdujo una afirmación con resonancias cósmicas: cada vida humana posee un valor anterior a cualquier autoridad, incluso cuando piensa de manera radicalmente distinta a nosotros. El hombre, creado a imagen de Dios, recibe con la libertad la responsabilidad de sus actos. Puede conocer el bien, deliberar y decidir, aunque su libertad se malogra si se desentiende de la verdad y del destino de los demás. La tradición cristiana reconoce, además, que esa libertad necesita el auxilio de la gracia para alcanzar su plenitud en el amor. Somos responsables de aquello que hacemos y también de lo que permitimos. Nadie vive moralmente a solas. La presencia del otro, sobre todo cuando su frágil caña reclama nuestra ayuda, convierte la libertad en una obligación de responder. Hay en esta concepción del hombre una novedad moral cuya radicalidad quizá hayamos dejado de percibir.

Pero nuestra historia tampoco permite demasiadas complacencias. Occidente proclamó la dignidad mientras esclavizaba, defendió la libertad mientras conquistaba pueblos y levantó tribunales que algunas veces sirvieron a la arbitrariedad. Esa contradicción pertenece a nuestra herencia. Llevarla con el orgullo de quien lleva un clavel en la solapa sería una forma grosera de ignorarla. Las instituciones nacieron para hacer habitable la imperfección humana. La familia enseña que cuidar de otro obliga a modificar los propios deseos. La escuela y la universidad deberían acostumbrarnos a discutir sin odiarnos y a rectificar sin sentirnos derrotados. Los tribunales amparan a quien carece de fuerza para defenderse; la división de poderes protege al ciudadano de las tentaciones del gobernante ruin. Los hospitales, las iglesias y los colegios profesionales crean vínculos que impiden que cualquier persona permanezca sola frente al Estado o al mercado.

Un hospital permite comprender, además, hasta qué punto una institución puede traicionar su propósito sin dejar de funcionar. Puede disponer de las últimas instalaciones, cumplir indicadores y exhibir resultados excelentes mientras olvida a la persona que tiene delante. Cuando el enfermo acaba reducido a un caso, una cama o una cifra, algo esencial hemos extraviado. Esa posibilidad acecha a cualquier institución que confunda sus procedimientos con su razón de ser. La prensa merece una consideración especial. Resulta difícil imaginar una sociedad libre sin periodistas capaces de incomodar al poder. Sin embargo, da la impresión de que hemos construido un circuito cerrado donde la política financia a los medios, los medios alimentan a los políticos y unos y otros ofrecen al público la satisfacción de escuchar lo que desean. La polarización nace de subordinar la verdad de los hechos a los intereses de nuestra causa. Entonces la sospecha reemplaza al argumento y la mentira encuentra su coartada moral.

¿Dónde quedan los intelectuales, las personas con obra, lecturas e independencia, dispuestas a perder algo por defender lo que consideran la verdad? Algunos se han retirado por cansancio; otros han descubierto las ventajas del silencio. Cuando quienes tienen algo que decir abandonan la plaza, acaban ocupándola quienes sólo necesitan hacerse oír. Ninguna institución conserva su legitimidad gracias al prestigio de su nombre. Puede mantener sus cargos, sus ceremonias y sus reglamentos mucho después de haber perdido el alma. Reconstruir la confianza exige ciudadanos que sostengan la vida común cuando nadie los observa, que cumplan promesas incómodas, cuiden a quienes dependen de ellos y sean capaces de permanecer aunque marcharse resulte más fácil. Parece poca cosa. Pero donde nadie cree en la palabra de nadie, cualquier relación acaba necesitando vigilancia, garantía o amenaza. La cooperación se convierte así en tregua.

Volvamos al mármol. Siempre habrá desigualdad, ambición y fuerza. Ningún sistema político conseguirá abolirlas. Pero podemos seguir levantando espacios donde el poder encuentre un límite y la debilidad amparo. He aprendido junto a las camas de hospital que la dignidad humana se revela con especial claridad cuando apenas queda fuerza para defenderla. También ahí se descubre cuánto vale que alguien permanezca a nuestro lado. La verdadera medida moral de una civilización se revela en el uso que hace del poder quien podría abusar de él impunemente. Incluso cuando somos fuertes tenemos obligaciones hacia el débil. Y acaso la mayor grandeza del poder consista en aceptar los límites que le impone la dignidad ajena. Seguiremos dentro del mismo mármol, compartiendo una existencia que nadie ha elegido. La cuestión es si aprenderemos a reconocernos como compañeros de una tarea común o continuaremos empleando nuestra fuerza en decidir quién merece quedar atrapado en el mármol. La civilización cae si los hombres olvidamos que también podemos acabar un día en el lugar del vencido. Pero se restaura si el que tiene la fuerza comprende que no necesita perderla para sentirse obligado ante quien carece de ella.