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Historias del 27Andrés Amorós

El poeta y ganadero que intentó criar toros con los ojos verdes, Fernando Villalón

Enterraron a Villalón como él quería: con su traje campero, botas y espuelas. Y algo más: con su reloj, en marcha, para que mantuviera vivo su tictac, durante algún tiempo

Monumento a Fernando Villalón en Morón de la FronteraWikipedia

Algunos personajes poseen una biografía – real o inventada – tan pintoresca que oscurece su obra literaria o artística. Ése es el caso claro del poeta Fernando Villalón. Lo resume Gerardo Diego:

«Una colección de sus anécdotas, una floresta de sus dichos valdría por la mejor biografía».

En síntesis, máxima, era aristócrata, poeta, teósofo, ganadero de reses bravas… Y amigo muy querido de los componentes de la Generación del 27.

En realidad, desde el punto de vista cronológico, Villalón era mayor que ellos. Había nacido en Sevilla en 1881: parecería lógico adscribirlo a la promoción anterior, la de Juan Ramón Jiménez, Gabriel Mirò y Ramón Pérez de Ayala, pero comenzó a publicar muy tarde, en los años de la Generación del 27.

Su primer libro, Andalucía la baja, apareció en 1926, cuando él tenía ya cuarenta y cinco años; dos años después, en 1928, publicó su poema gongorino La Toriada; el último que publicó en vida, en 1929, fue Romances del 800. Póstumo apareció su libro en prosa Taurofilia racial, escrito en 1925 pero publicado en 1956.

Quiere eso decir que su etapa de publicación se limita a tres años, de 1926 a 1929; es decir, de los cuarenta y cinco a los cuarenta y ocho años. Es un dato peculiar más de este escritor, que se singulariza por tantos motivos.

La leyenda que lo ha hecho más popular, por la que muchos lo recuerdan, cuenta que fracasó en su intento de criar toros de lidia que tuvieran los ojos verdes.

La versión más divulgada de esa leyenda es la que ofrece su amigo Rafael Alberti:

«Hacía tales trazos y combinaciones, con vacas traídas de lejanos países, que las crías, en vez de ostentar en los ojos el color perseguido, eran tan bravas y nerviosas que los toreros de aquella época – Joselito y Belmonte, sobre todo – se negaron rotundamente a torearlas».

Cuenta – más bien, creo yo, inventa – Ramón Gómez de la Serna lo que le decía Juan Belmonte a Villalón:

«Nada, chiquillo, que no se les puede torear. Que serían ellos quienes torearían y estoquearían al torero».

Aunque no pudo conocerlo en persona, porque llegó a España en 1934, cuatro años después de que falleciera Villalón, se hace eco de esa leyenda Pablo Neruda, en un poema de su Canto General, dedicado a su amigo Rafael Alberti:

«Aquellos campos con los toros de ojos verdes,
​que Villalón, amigo que tampoco
​me vino a ver, porque estaba enterrado…».

La versión más fidedigna la ofrece su primo Manuel Halcón, en un libro muy atractivo, Recuerdos de Fernando Villalón:

“Se ha dicho que pretendía criar toros con ojos verdes. Si lo dijo, sería una broma más de las que prodigaba. Él sabía mucho de genética para creer en ello. Lo que sí perseguía era criar toros con la característica de la antigua ganadería saavedreña, que presentaban como un aro verdoso, en el arranque de los cuernos (…)

«Tenía un sueño: criar toros antiguos. Algunos decían que, de ojos verdes, como de cornúpetos de mosaicos míticos. Otros, que, con cuernos de medialuna, que tenían en el nacimiento de la encornadura un extraño color verdoso… Y había quienes aseguraban que lo que pretendía era que sus reses tuvieran una vértebra más, para que no se cayeran en la fuerza de la lidia. Naturalmente, ningún diestro quería torear toros de Villalón».

Lo de los toros que tienen una vértebra más es también una leyenda que, hace años, se atribuyó a los toros del encaste Núñez, para explicar sus largas embestidas…

Cuenta también Halcón lo que le dijo a Villalón Rafael El Gallo, (respeto su fonética andaluza):

«Usté lo que tié que hacé é sacá toros que no meneen la cabeza en el capote, y los cuernos, déjelos usté en paz».

Cualquier aficionado a los toros entiende la raíz del problema. Por las ilusiones mitológicas que sean, pretendía Villalón volver a criar toros más fieros, más salvajes; es decir, los que se lidiaban en una etapa anterior de la Tauromaquia. El nuevo concepto lidiador (de Joselito) y estético (de Juan Belmonte) exigía ya otro tipo de toros: menos fiero, más noble.

Como precisa Jacques Issorel, su gran estudioso, la idea de Villalón iba a contracorriente de la evolución de la Tauromaquia. Por eso, su sueño resultó imposible y acabó vendiendo sus reses al matadero, para carne…

La biografía del poeta no se reduce a esta leyenda. Conviene recordar algunos datos ciertos de Fernando Villalón.

Procedía de una familia de la aristocracia: tenía derecho a un título nobiliario, que él nunca usó. Había nacido en 1881 en Sevilla, en la calle Alcaceres, la misma en la que murió Sor Ángela de la Cruz. Pasó una infancia feliz en la casa familiar de Morón, en ese ambiente rural que tanto aparecerá en sus poemas.

A los nueve años, lo enviaron a estudiar al colegio de San Luis Gonzaga de El Puerto de Santa María. Él lo sintió como una cárcel: así se lo dice en una dedicatoria a Juan Ramón Jiménez, su compañero de estudios:

«A Juan Ramón Jiménez, en recuerdo de nuestra niñez, encarcelada en los jesuitas del Puerto».

A los trece años, en Sevilla, a Villalón le impresionó profundamente presenciar el multitudinario cortejo fúnebre de El Espartero: fue el primer entierro que él vio. Lo evocará, años después, en su poema «Giralda, madre de artistas»:

«Ocho caballos llevaba
​el coche del Espartero».

En 1917, Fernando Villalón se unió a Concha Ramos, una sevillana de origen humilde (pero no gitana, como algunos han dicho). Ella fue su compañera sentimental toda la vida. Según su sobrino y heredero, Miguel Oliveros, «mi tía era una mujer guapísima, alegre y que le dio a Villalón un poco de centro a su vida». Los dos eran solteros, podían haberse casado: no se sabe por qué razón, no quisieron hacerlo.

Fernando Villalón se hizo masón y teósofo. Es un tema que ha dado origen a bastantes leyendas. Rafael Alberti lo llama directamente «hechicero» y «mago»: cuenta que, en la famosa juerga de Pino Montano, hizo con los poetas unos experimentos de hipnotismo, en los que pretendió utilizarlo a él como médium.

Sobre este tema, abundan las anécdotas pintoresquismos. Muchas, las recoge Manuel Barrios en su biografía del poeta, El sacristán del diablo.

Parece ser que Villalón sentía pánico a la muerte: dormía con la luz encendida y evitaba pasar por los lugares donde sabía que alguien había fallecido.

Cuentan que murió su administrador y que el entierro se retrasó, el féretro llegó al cementerio sevillano de San Fernando cuando ya estaba cerrado. Pretendieron entonces que Villalón lo acogiera esa noche en su casa, pero el poeta se negó radicalmente a albergar a un muerto: le dio al chófer mil pesetas, consiguió que lo metiera en el coche y lo tuviera toda la noche dando vueltas por las calles de Sevilla.

Una vez, llegó tarde a su tertulia, alegando que había tenido que ir a la estación de tren, «a despedir al Anticristo».

Buscando una experiencia espiritual, se encerró seis meses en un sótano, con una cabra y un sapo, comiendo sólo verdura.

Quiso secar las fuentes de un pueblo, como castigo de adúlteras…

No debemos quedarnos sólo en las anécdotas, por divertidas que sean: para Issorel, el esoterismo fue un factor esencial de la personalidad de Villalón.

Conviene recordar que el ocultismo tuvo notable importancia en ciertos ambientes culturales españoles, en los años veinte. Un dato: sólo en Andalucía hubo ocho ramas de la Sociedad Teosófica, fundada en Nueva York por la rusa Madame Blavatsky.

En España, difundió sus teorías el pintoresco escritor Mario Rosso de Luna, amigo de Valle-Inclán, que las utiliza en su ensayo de estética La lámpara maravillosa. (Ejercicios espirituales) y las menciona varias veces en El ruedo ibérico. También se interesó por ellas Blas Infante, el llamado «padre de la patria andaluza».

En concreto, Villalón perteneció a la sociedad teosófica sevillana Zanoni. Tomó ese nombre del protagonista de una novela del inglés Bulwer Lytton - el autor de la popular novela Los últimos días de Pompeya-, un personaje que vive aventuras fantásticas. Polemizó con esa sociedad – a pesar de su nombre – otra sociedad esotérica sevillana, La Fraternidad.

Presidió la Zanoni sevillana un interesante personaje, Manuel Brioudé, político republicano y difusor de la música clásica. De la importancia de esa sociedad dan muestras que editaba una revista mensual y que ocupaba un edificio completo, en la calle Sierpes. Allí dieron conferencias, entre otros, Fernando Villalón, Indalecio Prieto y Diego Martínez Barrios.

A Villalón le obsesionaban las leyendas mitológicas relacionadas con Tartesos. Por eso, vendió las fincas de olivos de Morón, que había heredado de su familia, y compró otras tierras en las marismas del Guadalquivir: la zona donde se supone que pastaban los toros de Gerión, hasta que vino a robarlos nada menos que Hércules, en uno de sus legendarios «trabajos».

Imaginó Villalón un «silfidiscopio»: un aparato para ver sílfides y ondinas. Intentó recrear el Paraíso Terrenal en una isleta desierta, en la desembocadura del Guadalquivir, a la que cubría periódicamente la marea:

«Con la idea de poblarla, decidió que un pobre matrimonio, a quien él llamaba Adán y Eva Benítez, viviera en aquel sitio peligroso. Y, efectivamente, cuando el agua subía, tragándose la isla, sólo quedaban en medio de las olas, asomados por los ventanillos de una garita que les había edificado, las aterradas cabezas de los esposos pobladores, pidiendo socorro».

Creía adivinar cuadros de Murillo debajo de cualquier óleo viejo: lo compraba y luego quemaba o rajaba el lienzo, para encontrarlo…

Como es fácil suponer, Villalón derrochó la herencia familiar en estos negocios. Pasados los cuarenta y cinco años, descubrió su vocación poética. Sin que él lo supiera, Manuel Halcón, su primo, llevó unos poemas suyos a Mediodía, la gran revista literaria del 27. Como los aceptaron, eso animó a Villalón a publicar, en octubre de 1926, su primer libro, Andalucía la baja, que le dio a conocer, como poeta.

Comprende ese libro poemas de dos tonos bastante diferentes. Al comienzo, versos largos, claramente influidos por Rubén Darío, como esta solemne Salutación:

«Ave, Híspalis inmortal de gratia plena.
​Ave, oh, Gades fenicia, la doncella
​más ilustre de Iberia…»

Luego, el poeta deja la historia y se acerca a lo que él contempla, cada día: los «Momentos de la ciudad», como la cofradía y el repique mayor de campanas. También, «Momentos del campo», como una noche de luna y un arroyo desbordado. Dedica poemas Villalón a un farolero, a un afilador, a un ciclista, a un «rufián que vende romances». Y ensalza los bailes populares: sevillanas, guajiras, alegrías, fandanguillos…

Menciona aquí Villalón las «Islas de Guadalquivir», que tantas veces cantará, en sus poemas:

«¡Islas del Guadalquivir!
​¡Donde se fueron los moros
​que no se quisieron ir!».

Aparecen ya algunos temas básicos suyos: el mito, el campo, el pueblo andaluz…

Gerardo Diego elogió este libro y a su autor, llamándole «poeta no profesional». Villalón aceptó ese calificativo, en una carta:

«Eso soy yo, un aficionado al grado cuarto, el arrepentido tardío. Qué bien ha visto la preocupación del que tantea, borracho de miedo a un ridículo que sus años y su bagaje de cosas pudiera sufrir, más que sus versos».

Cuando lo conocieron los poetas del 27, Villalón estaba arruinado y enfermo. Como ya he comentado, en mayo de 1927, Ignacio Sánchez Mejías quiso hacer un homenaje a Joselito, encerró en la habitación de un Hotel sevillano a Rafael Alberti, hasta que escribió «Joselito, en su gloria»:

«Llora, Giraldilla mora,
​lágrimas en tu pañuelo;
​lágrimas en tu pañuelo;
​la gracia toreadora…».

Cuando estaba escribiendo esto, Ignacio le presentó a su amigo Villalón, con esta frase: «Lo más grande de Sevilla». A Rafael, le pareció «un hombrón ancho, fuerte, con fiera planta de toro y ganadero, al mismo tiempo». Averiguó quiénes eran sus amigos:

«Los mayorales que guardaban sus toros, los gitanos, los mozos de toda la abigarrada servidumbre de sus fincas y cortijos, además de cuanto torerillo ilusionado rondaba sus dehesas».

Ese mismo año, 1927, Villalón creó, con sus amigos Adriano del Valle y Rogelio Buendía, la revista poética Papeles de aleluyas, que se publicó en Huelva y Sevilla. En diciembre, como ya sabemos, participó en los actos fundacionales de la Generación.

A los poetas del 27, les impresionó mucho la singular personalidad de Villalón y le cogieron gran afecto. Así lo recordará García Lorca:

«El más extraño, el más fantástico y el más andaluz de todos nosotros».

Solía repetir Federico esta muletilla:

«Las cosas de Fernando…»

Coincidía con Dámaso Alonso:

«No se parecía a nadie».

Y con el que mejor lo conoció, Manuel Halcón:

«Un hombre distinto de todos los que conocí. Vivía abierto a lo que él amaba por encima de todo: lo extraño… No cabía en los moldes de la vida corriente».

Al año siguiente – le escribe a Mauricio Bacarisse -, Villalón estaba «hecho una calamidad… un avestruz de agua dulce sin rumbo y sin punto de apoyo donde afirmar su personalidad».

Ese año, Emilio Prados le publicó a Villalón, como suplemento de Litoral, el poema en silvas La Toriada, dedicado a Ignacio Sánchez Mejías.

Se trata de un claro homenaje a don Luis de Góngora, igual que la Soledad tercera, de Alberti, y la Fábula de Equis y Zeda, de Gerardo Diego.

Para Aleixandre, es «la obra más gongorina de la época». Verse publicado, al lado de sus amigos, suponía el pleno reconocimiento de Villalón como miembro de la Generación del 27. Utiliza en este libro la técnica gongorina para elogiar la belleza y el origen mítico de los toros marismeños.

En 1929, la misma editorial le publicó sus Romances del 800: el libro suyo que conserva mayor atractivo, para un lector actual.

Para José María de Cossío, sus versos son «un producto natural del campo sevillano»: no nacen de los libros, sino de sus impresiones directas, vividas, que él sabe expresar con garbo y gracia espontáneos.

Alabaron mucho la poesía de Villalón sus amigos, aunque fuera muy diferente de la que ellos escribían. Por ejemplo, García Lorca: «Era un poeta de una fuerza primitiva extraordinaria». Dámaso Alonso: «Su poesía brotaba con una naturalidad casi salvaje». Bergamín: «Escribía como respiraba. Un poeta de raza». Jorge Guillén: «Aportó una Andalucía distinta, misteriosa y esencial». Y Aleixandre: «Un poeta de raíz profunda».

Más allá del afecto personal, muy pocos han merecido elogios comparables de unos poetas tan exigentes…

En noviembre de 1929, arruinado y enfermo, Villalón se trasladó a Madrid, con su inseparable compañera Concha. Parece ser que su hermano le pagó las deudas, con la condición de que no volviera a Sevilla. Dicen algunos que fue a la capital a esperar su muerte…

Todavía participó en algunas tertulias literarias madrileñas. Ramón Gómez de la Serna cuenta (probablemente, inventa, pero no del todo) su diálogo, en el café, con Valle-Inclán:

«Intercambiaban mentiras. Don Ramón le hablaba de las flores misteriosas y fosforescentes que había en su pazo, y él entonces le contaba cosas de los patos misteriosos de las marismas, que corren con pies de fantasmas».

Fernando Villalón falleció en Madrid el 8 de marzo de 1930. Dejó como heredera universal a Concha. Para ayudarla, Ignacio Sánchez Mejías le compró la biblioteca. (Jacques Issorel la estudió, pero no se sabe dónde han ido a parar sus fondos). Ella murió en 1980.

Todavía se publicaron, póstumos, algunos hermosos poemas de Villalón, de estilos variados. Por ejemplo, este singular poema de amor:

«Incendia tu cuerpo en el mío y simula una evasión del presidio
​de la normalidad
​y, con una aurora en cada mano, paladearemos juntos el placer
de la alegría sin trabas.
​Haremos poemas como nos dé la gana.
Con la pluma o con el cuerpo.
Sin ropa de nadie».
​

Enterraron a Villalón como él quería: con su traje campero, botas y espuelas. Y algo más: con su reloj, en marcha, para que mantuviera vivo su tictac, durante algún tiempo…

Lo había pedido en uno de sus inolvidables poemitas:

«Que me entierren con espuelas
​y barboquejo en la barba,
​que siempre fue un mal nacido
​quien renegó de su casta».

Eso, renegar de su casta, es lo que por nada del mundo habría hecho Fernando Villalón.