Detalle de la cubierta de 'Estival'
'Estival': todos los veranos de Guillermo Aguirre
El autor vasco narra en segunda persona una vida desde el pueblo en esta novela de estilo concentrado y profundo
Antes y después del turismo existió el veraneo. Es algo que no supieron nuestros abuelos y no sabrán los hijos y nietos que tengamos, si los tenemos. Para los primeros, el verano fue una estación más, que no implicaba un cambio de paisaje; a los segundos, roto el cordón umbilical con el pueblo, solo les queda el nomadismo turístico que ya prepondera: un año en Canarias, otro en Grecia, otro quién sabe dónde.
Entre medias están nuestros padres, muchos de los cuales ya nacieron o se largaron a las ciudades, para quienes volver al pueblo en agosto era en puridad un regreso a casa. Por tanto, solo nosotros podemos hablar de esa modalidad de verano no turístico que era acudir una vez al año a un lugar del que aún formábamos parte sin vivir en él.

Sexto Piso (2025). 264 páginas
Estival
Seguramente lo que único –o lo que más– vertebra a los españoles nacidos entre los 70 y los 90 es esa idea de las vacaciones que no existió previamente y que ya ha perdido sentido. Nuestros largos, larguísimos veranos sin FoMO ni ansiedades, sin una lista de checks ni un carrete de fotos. Las chicharras, el primer cigarro, los cuadernillos Rubio y el pueblo, siempre el mismo, antes y después de que todos fuéramos turistas.
Estival, de Guillermo Aguirre, es un libro hecho a la medida de los que nacimos en los 80. Lo raro entre nosotros era no tener pueblo, como lo raro ya va siendo lo contrario. Leyendo este libro, articulado a través de los veranos del protagonista, he caído en la cuenta de cómo hemos ido creciendo en las capitales sin ser conscientes de que otra parte de nosotros avanzaba inadvertida una vez al año: como si en el pueblo fuera siempre bisiesto. Pero el caso es que las mitades, a pesar de descompensadas, cuadran, así que es posible contar una vida solo desde sus agostos. Y sacar conclusiones e incluso imaginarla en adelante.
Es lo que hace Aguirre en este libro que es un largo soliloquio, una explicación en segunda persona, a la vez nostálgica y escéptica. Estival es nostálgica por castigo, como lo son los espejos retrovisores y cualquier cosa que sirva para observar lo que va quedando lejos. El catálogo de objetos, canciones, circunstancias de una infancia, adolescencia y juventud tan parecidas a las nuestras hace inevitable que nos sintamos concernidos. Ahora la nostalgia está mal vista. Al igual que el presente, el pasado es mentira, pero, para mi gusto, toda fábula ennoblece la vida e incluso el dolor, con tiempo, adquiere un tono de gesta. Así que bienvenido sea este tiempo recobrado de Aguirre que nos recuerda el nuestro.
A su vez, digo, es un libro escéptico porque la memoria es un poco como las flores que surgen de los adoquines rotos. Estival arranca incluso en un «año cero», antes del nacimiento del protagonista. Aguirre, el autor –a quien es inevitable identificar con el narrador aunque sepamos que no tienen por qué ser el mismo–, se esfuerza por recordarnos las trampas del propio recuerdo. Hacer memoria ya es crear ficción y cualquier memoria puede ser inculcada por los demás. En cualquier caso, el resultado es un cuento que nos contamos.
Finalmente, Estival tiene algo de insólito a nivel estilístico. Un sabor vintage, un esfuerzo en el fraseo que podríamos llamar barroquismo: frases a veces largas, profusa adjetivación, palabras en desuso, hipérbaton... Aguirre combina lo poético con lo oral, las canciones de moda con una rememoración modernista que recuerda a Julián Ayesta. No en balde, en los agradecimientos, el autor cita tres escritores que parecen ser el molde de su estilo: James Salter, Francisco Umbral y Lawrence Durrell.
En resumen, Estival es una vida vista desde el pueblo y el verano, con todos sus aditamentos biográficos e históricos y un estilo concentrado y profundo. Se podría haber llamado como aquella novela reciente de Ray Loriga, con la que poco tiene que ver: Cualquier verano es un final.