Cubierta de 'Los seductores', de James Ellroy
‘Los seductores’, un bofetón de buena literatura no apta para todos los públicos
La última novela de James Ellroy es una genial obra de orfebrería donde se dan cita toda la fauna corrupta de Los Ángeles y el Hollywood de los 60
No es fácil definir una novela como Los seductores. ¿Es despreciable? ¿Es imposible de leer? ¿Es una tomadura de pelo reaccionaria? ¿Es genial? La última novela del californiano James Ellroy es todo eso y mucho más.
La novela editada en español por Random House tiene un punto de partida sencillo. La noche que muere Marilyn Monroe el 4 de agosto de 1962 otra actriz de películas de serie B es secuestrada.
El expolicía corrupto metido a inmoral detective privado Freddy Otash –quien había sometido durante meses a vigilancia domiciliaria a Marilyn Monroe– se encarga de investigar ambos sucesos.

Random House. 536 págINAS
Los seductores
¿Están relacionados los dos casos? ¿Qué papel juega en la conspiración el presidente y examante de Marilyn Monroe John Fitzgerald Kennedy y su hermano el fiscal general Robert Kennedy?
De trasfondo de todo ello, y en el origen de la trama, se encuentra la quiebra de los estudios de la Fox como resultado de la debacle de la superproducción Cleopatra, en parte por culpa de las excentricidades de su protagonista Elizabeth Taylor.
Con Los seductores Ellroy vuelve al mundo que le llevó a la gloria literaria, el del Cuarteto de Los Ángeles (La Dalia Negra, El gran desierto, LA Confidencial, Jazz blanco).
Recurre al personaje real Freddy Otash aunque, como hace con Marilyn Monroe o los Kennedy, se aleja de las figuras históricas para deformarlas, amoldarlas a su pluma y hacer con ellos lo que le da la gana.
Porque Los seductores no es una novela histórica o una investigación periodística. Es ficción. La muerte de la actriz es la excusa para que Ellroy monte una de sus enrevesadas tramas de frases cortas disparadas con recortada, cientos de personajes, subtramas, saltos temporales, desprecio por las descripciones y amor por el ritmo narrativo.
Los seductores no es una novela sencilla de leer. Es, de hecho, agotadora con sus 536 páginas de violencia gratuita y sordidez. Pero es una novela hipnótica. Ellroy demuestra, una vez más, que es un escritor genial.
Quien se acerque a Los seductores con la pereza de tener entre manos una novela policíaca más de las muchas que saturan las librerías, se equivoca. Los seductores no es una simple novela negra. Es una ventana abierta a Los Ángeles de los 60, el decadente mundo de Hollywood, los bajos fondos californianos repletos de estrellas del cine marchitas. Policías corruptos, políticos honorables en la vida pública y auténticos canallas en la privada.
Se le ha criticado a esta novela que es machista, xenófoba y que glorifica la violencia policial y el autoritarismo político. Es cierto. Hay todo eso en Los seductores: Marilyn Monroe es tratada con una grosería insultante. Los Kennedy son retratados como individuos despreciables metidos en mil corruptelas. Los policías actúan bajo el principio de que el fin justifica los medios…
Y, sin embargo, eso es lo que hace grande a Los seductores. No hay pretensión alguna de moralizar, ni de adoctrinar, ni de transmitir una moraleja. Ellroy expone su mundo, un mundo oscuro que, para comprender, hay que conocer su trágica biografía.
El mundo de Ellroy es turbio, carente de esperanza, nihilista (aunque él niega ese nihilismo), negativo, y lo muestra en sus novelas tal cual lo percibe. ¿Que alguien se ofende? A él le da igual. Como dijo en una entrevista concedida a El Debate «yo también soy un autoritario». Y lo reivindica con orgullo.
Asómense, señores, a las páginas de Los seductores, sin prejuicios, y conscientes de que la literatura de James Ellroy no funciona con los criterios de lo políticamente correcto que mueven el mundo de hoy.