Fundado en 1910

Detalle de la cubierta de 'El verano de Cervantes'Seix Barral

'El verano de Cervantes': la relectura infinita de Muñoz Molina

El escritor entrega un excelente libro entre el ensayo y las memorias que invita a reabrir El Quijote a cada página

Italo Calvino, que dedicó un libro al asunto, opinaba que «un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir». Realmente, no hay libro que no funcione de esta manera, pues no hay dos lectores iguales y cada uno aporta una visión que añade un pliegue, a veces incluso extraliterario, a la obra. Sin embargo, el tiempo, como la pátina en los cuadros, actúa incrementando las lecturas, de modo que el clásico lo es en tanto sigue siendo leído y, por tanto, continúa diciendo.

Seix Barral (2025). 448 páginas

El verano de Cervantes

Antonio Muñoz Molina

Habría que distinguir entonces entre clásicos: no sería lo mismo La metamorfosis, que acaba de cumplir cien años, que La Odisea, que arrastra veinticinco siglos de lectura. Algunos clásicos son como esos pasos de montaña del Tour de Francia que se sitúan fuera de categoría (hors catégorie) a veces más por su prestigio aquilatado en el tiempo que por su propia dureza. Los leemos porque han sido leídos por mucha gente en muchos sitios antes de nosotros, de manera que, de nuevo con Calvino, podemos decir que «toda lectura de un clásico es en realidad una relectura».

En obras como El Quijote pesan no solo son la suma de sus lectores, más cuanto más siglos han pasado, sino la lectura de las generaciones, las edades y las naciones. Los ingleses, por ejemplo, leyeron a Cervantes de manera distinta a los rusos; los contemporáneos del manco de Lepanto lo hicieron de forma diferente a nosotros. Al leer un libro como este, la gran novela por excelencia, nos ponemos en relación a algo más que un libro: un acervo.

Es de agradecer que Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) nos preste durante más de cuatrocientas páginas su versión de El Quijote en este excelente El verano de Cervantes (Seix Barral). Se trata de un compendio entre el ensayo y la autobiografía que aúna la excelencia del prosista para contar, la inteligencia del escritor para desmenuzar un texto tan connotado como la obra de Cervantes –y sacar petróleo– y la calidez del memorialista. La de Muñoz Molina es una lectura continuada durante seis décadas, una relectura infinita, incrementada por su propia vida y por las vidas y opiniones de los hombres que leyeron a Cervantes a través de cinco siglos: Flaubert, Melville, Thomas Mann, Mark Twain, Stendhal...

Decía Andrés Trapiello en su biografía de Cervantes –y cito de memoria– que «España fue cervantina hasta los años 70». Muñoz Molina nació y creció en una Úbeda que aún era un territorio que no distaba mucho del que pateó este infortunado recaudador de impuestos. «También muchas de las palabras y los giros verbales de la novela, que ahora necesitan notas explicativas, formaban parte del habla de entonces», nos cuenta el autor de El jinete polaco.

Desde su primer encuentro veraniego con El Quijote en la casa paterna –una edición salvada de las llamas por parte de su abuelo–, hasta el impulso irracional de comprar una nueva edición en la librería Machado, Muñoz Molina repasa su vida en relación a este libro imprescindible al tiempo que, más que analizándolo, lo va contando con naturalidad. En su prosa magnética, fluida aun cuando elaborada, se descorren tiempos, paisajes y personajes, capas de un libro que contiene muchos otros.

Antes que nada, en su retrato de este improvisador nato que fue Miguel de Cervantes, novelista intuitivo, y de su gran obra, un libro que se fue haciendo en la propia escritura, Muñoz Molina encuentra la grandeza de la ficción no como apéndice de la vida sino como primer motor inmóvil. Sabemos que el jienense ha escritor un gran libro porque cada página de El verano de Cervantes nos impulsa a reabrir El Quijote. Su lectura incrementa la nuestra, que es de lo que se trata.