Detalle de cubierta de 'Mesopotamia'
¡Gilgamesh vive!
En gran medida, Gilgamesh ha conseguido ser inmortal. Seguimos hablando de él en pleno siglo XXI
Era necesario que Enkidu entrara a formar parte de la civilización si quería penetrar en la ciudad de Uruk (conocida como «la primera ciudad») y conocer a su rey, Gilgamesh. Pero ese cometido no podía emprenderlo cualquiera. Enkidu, más bestia que persona, más animal que humano, tendría que seguir un proceso que pasaba por yacer con una mujer durante seis días y siete noches, así como alimentarse de pan y cerveza, los alimentos urbanos por antonomasia, ambos producidos gracias a la domesticación de los cereales, es decir propio de las comunidades sedentarias y, por ende, de la vida en sociedad. Así pues, mucho antes que Aristóteles con su conocida idea del ζῷον πoλιτικόν (animal político), el Poema de Gilgamesh reflejó esta doble condición humana. Asomarse a la epopeya del héroe Gilgamesh, por tanto, es asomarse a los albores de la civilización, al lejano recuerdo del inicio de las sociedades complejas. Con todo derecho, por tanto, Juan Luis Montero Fenollós titula su nueva obra Mesopotamia. Historia de la tierra de Gilgamesh (Erasmus, 2025). La historia de Mesopotamia se concentra en sus puntos maestros en esta primigenia Literatura, que como algunos saben contiene más verdad que cualquier método científico.

Erasmus (2025). 368 páginas
Mesopotamia. Historia de la tierra de Gilgamesh
Pero ¿qué es Mesopotamia, tierra de Gilgamesh? O mejor, ¿por qué nos conviene saber qué es Mesopotamia? ¿Una región? ¿Una civilización antigua? ¿Una convención historiográfica? Estas preguntas son abordadas convenientemente por Juan Luis Montero Fenollós, profesor titular de Historia Antigua en la Facultad de Humanidades de la Universidad de A Coruña y experimentado arqueólogo con más de treinta años de experiencia en Oriente Próximo (Siria, Palestina e Iraq). Así, Montero Fenollós afirma que «Mesopotamia, en tanto que tierra inventora de la ciudad y de la escritura, la podemos definir como una de las principales cunas de la civilización». Sólo esto ya debería responder a la pregunta de por qué debemos conocer qué es Mesopotamia. Dicho lo cual, el autor vierte en este libro siete claves que aportarán al lego en la materia todo cuanto hay que saber sobre la historia, culturas, creencias, sociedades, construcciones, etc., de la «(tierra) entre ríos» (del griego μέσος, «medio» y ποταμός, «río») esto es, lo comprendido entre el Tigris y el Éufrates. Las claves, o en palabras del autor «grandes maravillas mesopotámicas», son las siguientes: el agua, la ciudad, la realeza, la justicia, la escritura, la religión y la muerte.
El volumen cuenta con casi trescientas cincuenta páginas de texto y una decena para la bibliografía y las notas, y se estructuran en nueve capítulos más prólogo y epílogo. De ellos, del segundo al octavo son dedicados a estos siete pilares, mientras que el primero y el noveno tratan los inicios y el futuro, respectivamente, de la asiriología y la arqueología en el Oriente Próximo, y todo ello acertadamente sazonado por la(s) experiencia(s) del autor.
El agua, a través de los ríos Tigris y Éufrates, es fundamental, pues estructuró «la geografía regional a través de una extensa red de canales de regadío y de navegación. Mesopotamia fue una civilización fluvial, casi acuática», apunta Montero. La ciudad, representada por Babilonia, «simboliza la apoteosis de una civilización milenaria»: hablar de Mesopotamia es hablar de ciudades. La realeza, que como señala el autor «encarnó el poder por antonomasia en Mesopotamia», y a su rey se asocia el espacio fundamental de los palacios: centros gravitatorios económico-productivos y culturales. La justicia, donde magníficamente representada por los primeros códigos legales (como el del amorreo Hammurabi). La escritura era el otro gran puntal de la civilización, que pronto pasó de un uso práctico y contable a registrar «desde epopeyas cultas a sencillos refranes populares», y que dio origen a magníficos centros del saber (como la biblioteca de la ciudad asiria de Nínive). La religión, tan importante en una sociedad en la que el templo nucleaba no sólo el espacio urbano (como el gran zigurat de Babilonia, más conocido por su denominación bíblica de «Torre de Babel»), sino también la vida económica y comunitaria. Y la muerte, con su omnipresencia en las sociedades antiguas y representación clara en las necrópolis (como las Tumbas reales de Ur), que muestran la preparación para la misma que ocupaba gran parte de la vida y los hechos más remarcables de esta, como se aprecia en el Poema de Gilgamesh tras la enfermedad y muerte de Enkidu, el gran amigo del héroe.
Hay que destacar, para terminar, las reflexiones finales del autor, cargadas de emotividad, cuando rememora su último día en Siria, en febrero de 2011, con las conmovedoras palabras prestadas de la dama del misterio, Agatha Christie: «Inshallah, volveré, y las cosas no habrán perecido en esta tierra…». Para Montero Fenollós «si este libro contribuye a mejorar la comprensión de su verdadera idiosincrasia [de Mesopotamia], mi satisfacción será grande […]. Fue en Mesopotamia, la tierra de Gilgamesh, donde todo empezó hace más de cinco mil años: solo hizo falta agua y barro para construir una civilización».