Cubierta de Thomas Helder
Cuando el pasado llama al presente: 'Thomas Helder'
Entre la arquitectura de la memoria y el peso de la ausencia: la nueva novela de Muriel Barbery como mapa íntimo de lo que perdura más allá de la muerte
La novela Thomas Helder (Seix Barral, 2025) representa una inflexión significativa dentro de la producción narrativa de Muriel Barbery (Casablanca, 1969), al pasar del cosmopolitismo filosófico de La elegancia del erizo a un universo literario más recogido, austero y meditativo. En esta obra, la escritora francesa desplaza su foco hacia el ámbito rural, hacia un espacio liminar donde la frontera entre la vida y la muerte se vuelve permeable, y donde el lenguaje –más que describir– revela. El resultado es una novela de atmósfera íntima, concentrada en una única noche, en un solo escenario, y en una transformación silenciosa que da cuenta del duelo como motor de autoconocimiento y reconciliación.
Traducción de Isabel González-Gallarza. Seix Barral (2025). 224 páginas
Thomas Helder
La elección de un huis clos –un espacio cerrado tanto en lo físico como en lo emocional– permite a Barbery intensificar la carga simbólica de los diálogos, silencios y gestos. La casa familiar de los Helder, en la región francesa de L’Aubrac, se convierte en un espacio resonante, donde la arquitectura dialoga con la memoria y el paisaje se convierte en espejo del duelo. Esta elección formal remite a una tradición literaria que abarca desde La muerte de Iván Ilich de Tolstói hasta The Dead de James Joyce, texto este último que la autora cita abiertamente como inspiración. Sin embargo, mientras que en Joyce la epifanía surge del descubrimiento del otro, en Thomas Helder la revelación se da como un retorno al sí mismo a través del otro ausente.
La novela se construye sobre un hecho aparentemente simple: el regreso de varios personajes al pequeño pueblo de Châteauvieux para asistir al funeral de Thomas Helder, quien quiso pasar los últimos días de su vida en la casa familiar situada en la campiña occitana, donde había transcurrido su infancia y donde reinaba el silencio que precisaba la escritura. Margaux, arquitecta de éxito y protagonista de la novela, retorna al hogar de su infancia después de una ausencia de más de una década. La muerte de su amigo actúa como catalizador de una compleja revisión afectiva. Margaux no solo lidia con la pérdida de Thomas, sino con el peso de la muerte de su hermano –también amigo de Thomas– y con la herida de una desaparición autoimpuesta.
A través de esta figura femenina emocionalmente desplazada, Barbery plantea el duelo no como un estado pasivo, sino como catalizador de viejas heridas, amores inacabados y secretos que aún supuran en el silencio, y como una condición ontológica que estructura la conciencia y el relato. El concepto joyceano de epifanía –el basculement, o giro imperceptible pero decisivo– encuentra en Margaux su actualización. No se trata aquí de una iluminación repentina, sino de un lento desplazamiento interior, gestado en la contención del duelo y la palabra justa. El resultado es una transformación radical que no busca la redención moral, sino una forma de habitar de nuevo el presente; en este sentido, la novela no narra un proceso de superación, sino de reinscripción afectiva del pasado en el presente.
Lejos de limitarse a una elegía melancólica, Thomas Helder se configura como un mosaico de voces enfrentadas al vacío que deja la muerte. La figura de Thomas, ausente en cuerpo pero presente en todas las memorias, opera como centro gravitacional del relato. Su desaparición desencadena un proceso de reencuentro –no solo entre los personajes, sino también de cada uno consigo mismo– en el que el pasado irrumpe con fuerza, obligando a revisar viejas decisiones, culpas y renuncias.
Entre los personajes destaca Margaux Chanet, cuyo retorno encarna tanto la esperanza de una segunda oportunidad como la imposibilidad de revivir lo que ya no existe. Jorg, el hermano de Thomas, representa la figura del resentimiento no resuelto: un hombre atrapado en el fracaso político y personal, cuya amargura se revela en cada palabra afilada. La tensión entre ambos se convierte en un eje dramático del relato, pero también en un espejo del duelo colectivo que atraviesa a toda la familia Helder.
Uno de los aportes más originales de Thomas Helder es la tematización de la amistad como categoría filosófica y existencial. En lugar de representar vínculos familiares o amorosos, Barbery sitúa en el centro de la narración una amistad tejida entre Margaux, Thomas y Jorg. Esta amistad no se define por la cotidianidad, sino por su capacidad de persistir en el tiempo, incluso más allá de la muerte. Para Barbery, la amistad es una forma de fidelidad y hospitalidad radical: una ética de la presencia que se sostiene incluso en la ausencia, y una experiencia de lo incondicional, de lo que no puede ser instrumentalizado.
El espacio en Thomas Helder no cumple una función meramente contextual. En consonancia con las reflexiones de Gaston Bachelard, Barbery otorga a la casa en L’Aubrac una función simbólica y afectiva: es un archivo de memorias que estructura la subjetividad de Margaux. Como arquitecta, ella percibe los lugares como entidades vivas, y su retorno a este espacio liminal implica una reapropiación del tiempo y del cuerpo. La arquitectura se convierte así en una mediación entre el pasado y el presente, entre el yo fragmentado y la posibilidad de una nueva identidad. También las ciudades mencionadas en la novela –Ámsterdam y Kioto– actúan como espejos emocionales: la primera por su sobriedad estructural, la segunda por su espiritualidad contenida, ambas en contraposición con la hiperexposición parisina.
Uno de los ejes más sutiles pero fundamentales de la novela es la noción de belleza como vía de redención. Influida por su experiencia en Japón y su afinidad con el budismo zen, Barbery plantea una estética de la contemplación: ver el mundo con atención, habitar el silencio, nombrar solo lo esencial. En este sentido, la belleza no es ornamental, sino ética. Es un modo de estar en el mundo, de resistir a la banalidad y a la aceleración contemporáneas. Esta postura se refleja en el estilo narrativo: sobrio, elíptico, casi meditativo. Cada diálogo entre Margaux y Jorg está cargado de ambigüedad, tensión y posibilidad. La palabra es aquí menos un instrumento de comunicación que de revelación.
Thomas Helder se inserta en una corriente contemporánea que privilegia la introspección, la economía formal y la densidad afectiva. La novela de Barbery es al mismo tiempo una elegía, una meditación sobre el duelo y una apuesta por una forma de literatura que no pretende ofrecer certezas, sino abrir espacios de resonancia. En un mundo saturado de ruido, Thomas Helder propone un regreso al silencio, a la escucha, a la delicadeza como forma de sabiduría. Una obra breve, pero de largo eco, que se instala en la conciencia del lector como un murmullo persistente.