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La desinformación se ha instalado en las redes sociales en detrimento del periodismo

La desinformación se ha instalado en las redes sociales en detrimento del periodismoEl Debate

'La muerte del periodismo': una política sin contrapoder degrada la democracia

Un análisis urgente sobre la fragilidad de nuestras democracias

El libro hace gala de erudición, con citas oportunas de otras muchas obras relacionadas, y de presencia en el presente. Aborda la crisis del periodismo y su pérdida de músculo como contrapoder en la democracia, analizando cómo este debilitamiento facilita la expansión de opciones políticas populistas y un clima de posverdad. El autor detalla los factores de esta metamorfosis de los medios, como el ocaso del modelo de negocio tradicional, la pérdida de independencia financiera, el amarillismo y el deterioro del valor de la verdad.

Cubierta 'La muerte del periodismo'

Deusto (2024). 356 páginas

La muerte del periodismo

Teodoro León Gross

Teodoro León Gross es un periodista y profesor de Periodismo en la Universidad de Málaga, con una extensa trayectoria en medios como El País, El Mundo y ABC. Desde su doble faceta de periodista con amplia trayectoria y de académico, ofrece un ensayo que es ampliamente reconocido como lúcido, documentado e imprescindible para entender el momento actual.

El libro de León Gross se distingue por ser un diagnóstico descarnado y lúcidamente argumentado sobre la crisis del periodismo y su impacto directo en la salud de la democracia.

Es un ensayo documentado que va más allá de la especulación, ofreciendo un análisis detallado de los factores que han erosionado el periodismo. La tesis central del autor es sólida y provocadora: No ha muerto el ejercicio del periodismo, sino su capacidad de influir y su rol como contrapoder real para los gobiernos y los poderes fácticos. El periodismo ha pasado de ser el «cuarto poder» a un actor secundario. La derrota del periodismo es paralela a la degradación de la democracia parlamentaria. Al perder su influencia fiscalizadora, los políticos dejan de temer a la prensa, lo que abre el camino a los populismos, menciona a Pablo Iglesias, que no sale bien parado, la confrontación «trumpista» con los medios y la posverdad.

El libro identifica la pérdida del valor de la verdad como el «factor letal». Analiza cómo la mezcla entre hechos y opinión, la espectacularización y la rentabilidad del sensacionalismo (la ira y el miedo venden diez veces más que la información positiva) han aniquilado la esencia del oficio.

Aunque el título es radical, el propio León Gross matiza que el libro no es un ejercicio de «enterrador». Reconoce que existen ejemplos de periodismo de calidad hoy en día. Sin embargo, su tono es desesperanzador al constatar que el modelo de periodismo que fue pilar de la democracia moderna ha quedado rancio.

El concepto de la «política como espectáculo» es un tema central en la crítica de los medios y la democracia, y está relacionado con las ideas que aborda León Gross. Se refiere a la progresiva conversión de la política, la información y el debate público en una clase de entretenimiento, donde la forma, la imagen y el drama prevalecen sobre el fondo, la reflexión racional y el análisis de las políticas públicas. La política se presenta como una lucha de personalidades y un enfrentamiento continuo (un reality show) donde el conflicto y el ataque son los principales motores de la audiencia. Ya no se habla de hechos, sino de dichos.

Los líderes políticos son juzgados por su carisma, su narrativa personal. No por su desempeño real sino mediático (su capacidad para «dar espectáculo»). Nunca por la solidez de sus propuestas. Hay una relevancia de la imagen sobre la sustancia: el mensaje se simplifica para ser consumido rápidamente. El tuit y el meme sustituyen al debate profundo. La puesta en escena del evento político es más importante que su contenido. La imagen triunfa sobre el contenido. La simplificación del mensaje político para el consumo rápido y masivo se evidencia en la tiranía del formato breve y visual.

Los medios, obligados por la competencia y la necesidad de audiencias, han fusionado la información política con el entretenimiento (programas de talk show políticos, tertulias polarizadas), donde la opinión (a menudo extrema) desplaza a la crónica de los hechos.

La imagen y el espectáculo satisfacen el apetito social por el entretenimiento y el conflicto, dejando de lado la información compleja. El público responde mejor a las narrativas emocionales; hay miedo a los datos.

Los equipos de comunicación trabajan en la creación de narrativas seductoras y la manipulación del enfoque (el framing) más que en la gestión real, priorizando la visibilidad pública por encima de la gobernanza. Esto socava la democracia representativa y racional porque banaliza la realidad y convierte temas complejos y serios en algo superficial, de fácil asimilación, lo que dificulta la toma de decisiones informada por parte del electorado.

En el espectáculo, la verdad objetiva es menos relevante que el impacto emocional o la viralidad del mensaje. Esto facilita la difusión de la desinformación y la construcción del relato.

Pasan de la argumentación al eslogan: los debates complejos se reducen a frases cortas, consignas, tuits o clips de 15 segundos. La meta no es persuadir mediante la lógica, sino impactar a través de la emoción y la repetición. Es el triunfo del fragmento de vídeo o audio reproducible en los noticieros y viralizable en redes sociales. Esto fuerza a los líderes a sacrificar los matices por la resonancia.

En este modelo, la política se gestiona con las mismas técnicas que el marketing o la publicidad: los mensajes se diseñan para segmentos de votantes («nuestra audiencia»), explotando sus inseguridades o deseos, en lugar de intentar construir un consenso a través de un debate público. La figura del político se convierte en una «marca» atractiva y fácilmente identificable. La gestión de la imagen personal y las apariencias se vuelven tan importantes como la gestión de un ministerio.

En esencia, la relevancia de la imagen sobre la sustancia reduce al ciudadano de un actor deliberativo a un consumidor pasivo, erosionando su capacidad de tomar decisiones informadas sobre la base de un debate racional.

Un libro a tener en cuenta.

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