Detalle de cubierta de «Hotel du Lac»
'Hotel du Lac': ¿una habitación propia o compartida?
Libros del Asteroide recupera la novela de Anita Brookner con la que ganó el premio Booker en 1984
A modo de espejo nostálgico del Grand Tour de los románticos, a lo largo del siglo XX los británicos siguieron viendo en el Continente el lugar al que huir o donde encontrarse a sí mismos. Ahí están Elizabeth von Arnim (Abril encantado) o E.M. Forster (Una habitación con vistas), por poner dos ejemplos. Francia, Italia, Suiza, a veces España, como escenario de una crisis o una reconversión.

Libros del asteroide. 200 páginas
Hotel du Lac
Anita Brookner dialoga con esta tradición al llevarse a la protagonista de su Hotel du Lac, Edith Hope, a un establecimiento en algún punto no lejano de Ginebra y Lausana. Un hotel prestigioso pero rancio, que se resiste a actualizarse y manifiesta «un orgullo perverso en su misma falta de encanto». No es inocente tampoco que la escritora británica situé la acción en septiembre, en los últimos días de verano y con los hoteles a punto de echar el cierre para el invierno. También Edith se encuentra al borde de la 'temporada baja'.
Escritora de novelas románticas de corte clásico en una época –finales de los 70, principios de los 80– en que las nuevas heroínas son mujeres fuertes, profesionales de tacón de aguja y altamente sexuales, Edith refleja en sus libros sus propias fantasías: la mujer educada, timorata y feúcha (en su caso la comparan con Virginia Woolf) que en una época cínica sigue creyendo en el Príncipe Azul.
Edith ha recalado para unas cuantas semanas en el Hotel du Lac huyendo de un escándalo del que en principio no sabemos gran cosa, si acaso que tiene que expiar su pecado con este «exilio». Poco a poco, vamos descubriendo también que efectivamente la protagonista está, como los hoteles, al borde de echar el cierre e hibernar. Tendrá que tomar una decisión: o asumir que estará siempre sola, aguardando una llamada de teléfono de un hombre que no la ama –ella que reniega de los cantos de independencia sin concesiones de las feministas– o amoldarse a los hipócritas usos de su clase social, un estrato medio-alto londinense. Pasión o compañía.
Hotel du Lac, que podría ser algo así como una «película de tarde» escrita por Virginia Woolf, seduce por varios motivos. El principal es su protagonista, una mujer real, vista desde dentro, sin etiquetas, sola ante sus miedos y dudas. Además, está el sutil y habilidoso dibujo de la clientela, desde las mujeres 'con carácter', acaparadoras, a los hombres en busca de solucionar la pieza que les falta en su estatus. Edith, que como toda persona insegura admira a unos y otros, se reconoce alejada del juego de la vida, incapaz de encajar sus fantasías.
En esta novela corta –se lee en dos tardes–, Anita Brookner proyecta con elegancia su propia melancolía a través de Edith Hope, una mujer a caballo de dos tiempos. A la vez, cultiva una ironía de buen tono, blanda en el sentido de incruenta. Brookner retrata a ambos sexos mientras se mueven en un mismo tablero, jugando el juego de siempre, el de ayer y el de ahora: el de la posición social, el prestigio y el dinero.
El libro fue escrito en los años 80 –ganó el prestigioso premio Booker del 84–, y por momentos puede sonar a anticuado en su dilema, es decir, pasión o conformismo. Sin embargo, en un contexto distinto, con la mujer plenamente incorporada al mercado laboral y con la misma capacidad de independencia del hombre –precaria independencia en muchos y ambos casos–, Hotel du Lac resuena fuerte en una sociedad que es cada vez más un gran club de los corazones solitarios. ¿Hemos confiado en exceso en el Amor con mayúsculas? ¿Estamos abocados a quedarnos solos?
Es un gusto transitar estas preguntas de la mano de Anita Brookner, con su prosa limpia y honesta. Libros del Asteroide ha emprendido el rescate de esta autora –ahí están Vidas breves y Un debut en la vida–, así como de un puñado de mujeres anglosajonas más o menos contemporáneas de Brookner, como Elizabeth Taylor u Olivia Manning. Por mi parte, este es mi primer Brookner, pero dudo que sea el último.