'El último rey' (1902). Alfred Kubin
‘La otra parte’: cataclismo en el Reino de los Sueños
Novela onírica sobre un territorio, fantasioso y localizable a la vez, que está destinado a la destrucción
Siruela ha reeditado en español la novela inclasificable de un autor raro. Alfred Kubin, austrohúngaro de origen, es conocido sobre todo como dibujante, con una estética de delirios y negrores que, partiendo de Goya y entrando en el expresionismo del XX, retrata las variadas muecas de la pesadilla. Hay en él una coherencia de oscuridad. Dicen las notas biográficas que en su primera juventud intentó suicidarse sobre la tumba de su madre, muerta siendo él niño. Ilustró la obra de autores como Hoffmann, Gógol, Poe, Dostoievski o Kafka –cada uno con su abismo–, e ilustró también la obra propia. La edición de Siruela reproduce los cincuenta dibujos originales de La otra parte, publicada en 1909. Parece ser que Kubin la escribió en un arrebato, esta vez tras la muerte de su padre.

Traducción de Juan José del Solar
Siruela (2026). 296 páginas
La otra parte
«Una novela fantástica» es el subtítulo, para que no haya duda. El contenido lo aportan las memorias de un hombre anónimo que comparte oficio, lugar de residencia y rasgos de carácter con Kubin. El recuerdo, ya desde la vejez, se limita a reconstruir un episodio vivido por el protagonista cuando andaba en la treintena, y que se prolongó durante tres años. Comienza con la visita a la casa de Múnich, ciudad en la que habita, de un desconocido que resulta ser emisario de un antiguo y casi olvidado compañero de instituto en Salzburgo: Claus Patera.
Con una inmensa fortuna recibida por venturosos azares, según el emisario, este personaje ha adquirido y amurallado un territorio al que solo puede acceder una selecta minoría, por rigurosa invitación personal del fundador: el Reino de los Sueños. Es este un lugar donde impera «la aversión a cualquier progreso, sobre todo científico». Resulta ser un paraíso para espíritus sensibles, pero por otro lado no tiene la tentación de la utopía.
Vencido el escepticismo, llevados por la curiosidad y por la halagüeña perspectiva laboral y vital que se les ofrece, el protagonista y su mujer deciden mudarse a esa extraña reserva que de lejos huele a felicidad. Viajan de Múnich a Samarcanda, donde son recogidos y trasladados a la región kirguís, en cuyo territorio, como agradecimiento a una extraña tribu ojizarca que lo curó, ha situado Patera el Reino de los Sueños. Pese al nombre, pronto descubrirá la crédula pareja que nada resulta menos feérico ni vaporoso, excepción hecha de que aquello siempre está misteriosamente nublado.
El pintor y su esposa se instalan en la capital, Perla (dibujada al detalle por el narrador/Kubin en un plano que se ofrece al final del libro). La ciudad se ha construido ex novo con edificaciones más bien decadentes, traídas por Patera desde diversos puntos de Europa. Allí solo se permiten ropas pasadas de moda y objetos que no sean nuevos. Surgen estrecheces inesperadas. La perspectiva de mejora en el trabajo no se cumple. Además, ocurren fenómenos extraños: olores mefíticos, comportamientos inducidos, neurosis general. El protagonista quiere pedir cuentas a Patera, el Amo, como lo llama todo el mundo. Ahí empieza su odisea.
Kafkiano antes de Kafka, orwelliano antes de Orwell, Kubin refleja en la trama el absurdo de una burocracia exasperante y la sensación de vigilancia continua por parte de Patera, un ser que no se muestra, pero cuyos grandes ojos de un gris glacial se intuyen detrás de diferentes figuras apenas entrevistas por las calles. A estos ingredientes hay que unir un simbolismo heredero de las «correspondencias» de Baudelaire y un genuino humor satírico, inesperado al principio, que asciende desde lo cotidiano en Perla, donde, por ejemplo, hay un simio que ejerce de barbero, hasta la parodia geopolítica, cuando Inglaterra y Rusia pretenden conquistar el territorio como en un Gran Juego de opereta.
De entre todos, el componente que predomina es el fantástico. Una fantasía onírica, orgánica, cósmica. Onírica porque hay visiones de sueño torvo. Perdido en un túnel subterráneo, el narrador oye un galope en la oscuridad y ve pasar de largo junto a él a un jamelgo esquelético, blanco y ciego. Fantasía orgánica porque, a partir del momento en que llega el americano Hércules Bell a enfrentarse con Patera e intentar derrocarlo, el Reino comienza su «desintegración». Literalmente, se descompone. Los edificios se desmoronan. La materia se corrompe. Una masa nauseabunda de restos putrefactos se desliza ladera abajo. Aquí Kubin anticipa el surrealismo. La gente enloquece y copula y se mata con ciego frenesí en orgías sangrientas.
Por fin la fantasía adquiere proporciones cósmicas cuando, en un crescendo apocalíptico, las figuras de Patera y Bell se transmutan, se agigantan, contienden, provocan torbellinos de destrucción y acaban fundiéndose de manera imprevista. El Reino de los Sueños implosiona, desaparece, y al fondo se ven a la luz de la luna los picos nevados del Tian Shan, a través de un cielo que nunca había sido nítido. Esa idea de que los supuestos antagonismos son en realidad una unidad dispareja provoca desasosiego ontológico en el narrador, que acaba sus memorias afirmando: «El Demiurgo es hermafrodita».
Pero ¿y el título? Cuando la desintegración del Reino estaba en curso, los desesperados ciudadanos de Perla querían pasar a «la otra parte», a la otra orilla del río, al suburbio en que habitaban los sabios e indiferentes miembros de la tribu ojizarca primigenia. ¿Fueron ellos los instigadores de todo el pandemonio? ¿Emplearon la figura de Patera a conveniencia? Quedan sin repuesta para el propio narrador estas preguntas en un libro anticipador, infectamente bello y, sobre todo, arcano en su sentido último, como lo son los propios sueños.