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Gertrude Bell. Conferencia de El Cairo

Gertrude Bell. Conferencia de El CairoWikimedia Commons

'Mesopotamia': la mujer que dibujó el mapa del caos

Gertrude Bell: la mujer que trazó las fronteras de Oriente Medio. Una historia del siglo XX que explica el caos de nuestros días

«El hombre fue creado con la arcilla de Mesopotamia. Ese hombre quiso construir una torre que llegara al cielo. No terminó Babel, pero nosotros lo haremos. Para eso trabajo incansablemente y, gracias a tu amor, muevo montañas». Así escribió Gertrude Bell a su padre, desde Bagdad, el 25 de noviembre de 1917.

Cubierta de 'Mesopotamia'

traducido por Juan Manuel Salmerón Arjona. Tusquets (2025). 360 páginas

Mesopotamia

Olivier Guez

Es una promesa fáustica. La de una mujer que se arrojó a pensar y transformar el mundo. Gertrude se licenció en Historia Moderna en la Universidad de Oxford con los máximos honores. Aprendió francés, alemán, persa y árabe. Escaló montañas. Recorrió el mundo varias veces. Cruzó el desierto árabe del Nefud. Desentrañó los secretos del Palacio abasí de Al-Ukhaidir. Cartografió Mesopotamia. Fue espía británica en Oriente Medio. Y creó el Estado de Iraq. Por eso la llamaron la Reina del Desierto.

Murió en Bagdad en 1926, a los 57 años, por una sobredosis de somníferos. Acababa de inaugurar el Museo Arqueológico de Iraq. Había pasado solo una década desde que prometió a su padre completar la ambición infinita de Babel. Gertrude y Lawrence de Arabia intentaron forjar naciones modernas con una aleación de pueblos milenarios que se desconocían o se odiaban entre sí. Su hybris concluyó –como en el relato bíblico– en la dispersión y el derrumbe del Babel británico en Mesopotamia.

En Mesopotamia, el escritor francés Olivier Guez rescata del olvido a una figura extraordinaria, hasta ahora silenciada, porque no se amolda a ninguna tribu política que pueda utilizarla como estandarte de su causa. Por una parte, Bell rompió el techo de cristal para las mujeres de su época: no se casó, brilló en el estudio de las lenguas y culturas antiguas, y en el mundo de la geopolítica, que era monopolio de los hombres de Estado. Por otra parte, fue hija de su tiempo y clase social: su padre era la sexta fortuna de Gran Bretaña y ella fue conservadora, antisufragista e imperialista.

Mesopotamia no es una biografía ni una novela histórica convencional. Es un texto que funde géneros literarios con pulso periodístico y la tensión de una novela. El rigor histórico asoma en cada página, pero nunca aplasta la prosa. La novela avanza sin apenas diálogos, con la sequedad del desierto árabe: mares de arena y, de repente, una cita, una fulguración, un detalle que lo ilumina todo; los arqueólogos como «intérpretes de lo efímero»; «viajar es mejor que llegar» (como en la «Ítaca» de Kaváfis). O este fogonazo de realpolitik: «Inglaterra no tiene aliados permanentes, solo intereses permanentes».

Su principal hallazgo técnico es el contrapunto literario: Guez alterna la Gertrude joven (la que descubrió Persia con 23 años y escribió a sus padres «¡qué grande y qué maravilloso es el mundo!»), con la mujer madura que negocia fronteras en El Cairo y entroniza reyes. El contraste entre ambas no es solo cronológico; es la distancia entre el asombro juvenil y el Gran Juego político de las potencias; entre la mujer fascinada por el desierto y los aromas de Bagdad y la funcionaria imperial que lo administra.

Esa tensión alcanza su cénit en la Conferencia de El Cairo de 1921: el corazón del libro. Churchill preside. Lawrence asesora. Y Gertrude, la única mujer en la sala, es quien conoce el terreno mejor que nadie. En una semana, fundan el Oriente Medio moderno. Instalan a Faisal en el trono de Iraq: un rey beduino para un país inventado, que encierra a kurdos, suníes y chiíes en unas mismas fronteras que no desean compartir. Pero así premia Gran Bretaña a sus aliados árabes que combatieron contra turcos y alemanes en la Gran Guerra. Y así asegura, sobre todo, el control de los pozos de petróleo iraquíes.

Gertrude prepara incluso el primer discurso del rey: «¡La nación es mi partido!», proclama Faisal ante un pueblo que nunca lo eligió libremente, invocando el nacionalismo como elixir que restañe las cicatrices étnicas y religiosas del nuevo Estado. Es el momento de mayor poder de Gertrude. Y también, aunque ella no lo sepa todavía, el principio de su eclipse. Cox, su protector británico, se va. Faisal quiere desembarazarse de la tutela británica. Y la gran arquitecta del reino se convierte, poco a poco, en figura decorativa, en madrina de una obra que otros administran.

Lucien Febvre escribió que «la historia no es juzgar; es comprender y hacer comprender (…); buscar y dar valor en el pasado a los acontecimientos, las tendencias que preparan el tiempo presente, que permiten comprenderlo y que ayudan a vivirlo». Eso logra Olivier Guez en Mesopotamia. Comprender a una mujer brillante, valiente e idealista, que quiso imponer la Pax Britannica en Iraq. Que su historia sirva de lección en nuestros días, cuando nuevos imperios se obstinan en controlar esa región, sin conocer siquiera sus lenguas y culturas, como sí hizo durante décadas Gertrude Bell, la Reina del Desierto.

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