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Cubierta de 'Tierra baldía'

Cubierta de 'Tierra baldía'RBA

'Tierra baldía. Un mundo en crisis permanente': geopolítica para un tiempo sin centro

Robert D. Kaplan interpreta el desorden global actual como una «Weimar prolongada» marcada por la fragilidad institucional y la aceleración tecnológica

Robert D. Kaplan toma el título de La tierra baldía de T. S. Eliot porque ve en ese poema una metáfora poderosa del colapso espiritual y civilizatorio de Occidente. A partir de esa imagen, construye un marco geopolítico posgradual que conecta las crisis contemporáneas –guerras, cambio climático, rivalidad entre grandes potencias o aceleración tecnológica– con fenómenos sociales como la urbanización masiva o la reconfiguración de los medios de comunicación. Su tesis central sostiene que el mundo ha entrado en períodos de turbulencia estructural comparables a grandes crisis históricas, lo que exige una comprensión fina de los contextos regionales y culturales para anticipar movimientos globales.

Cubierta de 'Tierra baldía'

traducido por María Dolores Crispín. RBA Libros (2024). 304 páginas

Tierra baldía. Un mundo en crisis permanente

Robert D. Kaplan

El libro se apoya en un amplio repertorio de referencias clásicas y contemporáneas –filosofía, literatura y pensamiento político– para sostener un diagnóstico marcadamente pesimista sobre el futuro del orden internacional. Kaplan argumenta que las instituciones existentes pueden verse desbordadas por la velocidad de los cambios tecnológicos y demográficos. Al mismo tiempo, combina el análisis geopolítico con consideraciones culturales y mediáticas, lo que ayuda a explicar por qué determinados acontecimientos internacionales adquieren centralidad en la opinión pública y cómo esa visibilidad condiciona la política exterior de las grandes potencias.

Uno de los puntos fuertes del ensayo es su anclaje histórico. Las comparaciones con ciclos anteriores permiten evaluar la plausibilidad de escenarios extremos y, a la vez, moderar lecturas excesivamente optimistas del presente. El libro no se limita a acumular datos, sino que adopta un registro que favorece la reflexión crítica, lo que lo hace más accesible para un público amplio que un análisis puramente técnico.

No obstante, el enfoque no está exento de limitaciones. Se aprecia un cierto sesgo eurocéntrico y occidental: al centrarse en las grandes potencias y en marcos teóricos dominantes en Occidente, el autor tiende a subestimar dinámicas regionales y voces no hegemónicas que también influyen en el curso de la geopolítica. Asimismo, aunque resulta útil para anticipar tendencias, algunas de sus predicciones pueden parecer alarmistas o excesivamente lineales, al infravalorar la capacidad de adaptación institucional y el potencial mitigador de la innovación tecnológica. Las analogías históricas –por ejemplo, con la República de Weimar– son sugerentes, pero corren el riesgo de simplificar contextos y de no captar plenamente las especificidades de la era digital y de la economía globalizada.

Kaplan explora con amplitud cómo la rapidez de la innovación tecnológica afecta a las identidades nacionales, a las narrativas de poder y a las percepciones de legitimidad, con claras implicaciones para las políticas de seguridad y la comunicación estratégica. Analiza también el papel de las plataformas informativas y de las redes sociales en la formación de la opinión pública, así como su influencia en decisiones políticas y en la dinámica de protestas y movimientos colectivos. El cambio climático aparece subrayado como un factor de perturbación capaz de reconfigurar rutas comerciales, riesgos transnacionales y prioridades de defensa, alterando la arquitectura de las alianzas internacionales.

El libro resultará especialmente atractivo para lectores interesados en la geopolítica contemporánea, las relaciones internacionales y la crítica cultural, que encontrarán en él ideas sugerentes para pensar tendencias de largo plazo y crisis estructurales. Kaplan, no obstante, concede un protagonismo claro a Estados Unidos y critica con agudeza el papel de China, lo que refuerza la impronta nacional de su mirada.

Uno de los ejes interpretativos más llamativos es la comparación con la República de Weimar. Para Kaplan, aquel régimen fue el paradigma de un sistema incapaz de salir de una crisis permanente: gobiernos efímeros, polarización extrema y una sociedad humillada por la derrota y las cargas económicas que abrió el camino a alternativas radicales. Ese estado de «crisis permanente» es el modelo que traslada al presente. Con audacia, sostiene que el mundo vive hoy en una «Weimar prolongada»: un entramado de Estados interconectados en el que nadie ejerce un liderazgo claro y donde las crisis locales pueden desestabilizar rápidamente el conjunto. Asocia la fragilidad de Weimar –hiperinflación, desempleo, violencia política, debilidad gubernamental– con fenómenos actuales como la polarización, el auge del populismo y la erosión de la confianza en instituciones y élites, con una referencia significativa a Ortega y Gasset.

Retomando ideas presentes también en escritos de Churchill, Kaplan subraya que las instituciones de Weimar carecieron de la firmeza necesaria para afrontar desafíos extremos y ve un eco de esa debilidad en democracias contemporáneas que responden con indecisión o con sanciones insuficientes frente a actores radicales. Del mismo modo que la Weimar histórica fue un foco de modernidad artística en medio del caos, el autor describe un mundo culturalmente vibrante pero políticamente desordenado, «dividido y alienado de sí mismo», atravesado por un fuerte tribalismo digital.

A diferencia de la Alemania aislada de entonces, Kaplan describe hoy tres grandes potencias –Estados Unidos, China y Rusia– en distintas fases de declive relativo. Sus tensiones, sumadas a la urbanización global, conducen a un diagnóstico tan sombrío que el libro roza en ocasiones el fatalismo: un mundo en deterioro estructural, con escasas propuestas de reforma institucional o salidas políticas plausibles, pese a tratarse de un ensayo densamente cargado de ideas.

En ese sentido, se echa en falta un desarrollo más sistemático de soluciones, especialmente en ámbitos que el propio autor menciona como posibles contrapesos, como la innovación tecnológica, la cooperación internacional o la capacidad de adaptación de las democracias. Tierra baldía ofrece así un marco provocador y estimulante para cuestionar la estabilidad del orden internacional, pero conviene leerlo con una cautela escéptica ante sus derivaciones más deterministas y sus supuestos occidentales, que reclaman ser complementados con otras perspectivas y datos regionales.

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