Cubierta de 'Los universalistas'
'Los universalistas': un espejo devastador de la sociedad contemporánea
Lenguaje, poder y cinismo en la nueva sátira feroz de Natasha Brown
Natasha Brown (Londres, 1990) se ha consolidado como una de las voces más prometedoras del Reino Unido. Antes de dedicarse a la escritura, estudió matemáticas en Cambridge y trabajó una década en finanzas. Esa formación dejó huella en su estilo: su prosa sigue la lógica de demostraciones cortas y elegantes, donde cada frase es resultado de un cálculo preciso. Ya en Assembly (2021), Brown demostró que la concisión puede ser una forma de rebeldía. La novela –comparada con Mrs Dalloway, de Virginia Woolf– exploraba el racismo y el sexismo desde la interioridad de una mujer negra en un entorno corporativo blanco. Fue finalista de los premios Goldsmiths, Orwell y Folio, y la autora fue incluida en 2023 en la lista Granta de los mejores jóvenes novelistas británicos.

Traducción de Laura Salas. Anagrama (2025). 176 páginas
Los universalistas
Con Los universalistas (Universality, Faber, 2025), Natasha Brown amplía su observación: del individuo oprimido pasa al ecosistema que produce y legitima esas mismas estructuras. Breve pero conceptualmente densa, la novela es una sátira incisiva que disecciona el lenguaje, la ideología y el poder contemporáneo.
Los universalistas es una «muñeca rusa narrativa» que cambia de forma a medida que se desmontan las verdades iniciales. La primera sección, «No es oro todo lo que reluce», adopta el formato de un reportaje periodístico. Hannah, una periodista freelance, relata un escándalo viral: una fiesta clandestina en Yorkshire termina con un joven, Jake, golpeando a un activista con una barra de oro macizo. Brown imita el tono de la prensa sensacionalista: titulares hiperbólicos, moralismo fingido y una objetividad aparente que manipula emociones. Luego, el artificio se disuelve: el reportaje es desmontado cuando la narración adopta nuevas perspectivas. El lector descubre que Hannah ha inventado detalles y tergiversado los hechos.
La estructura obliga a desconfiar de cada voz y a reflexionar sobre quién controla los relatos en la sociedad contemporánea. Brown no solo denuncia la manipulación mediática: la convierte en principio constructivo. Cada cambio de punto de vista desestabiliza el anterior, recordando que, hoy, la verdad no se destruye: se reescribe. En ese sentido, la novela es también una exploración del poder del lenguaje y su vínculo con la autoridad. Brown plantea una pregunta inquietante: ¿quién domina realmente la historia? La autora no narra solo un conflicto entre personajes; muestra cómo la narración misma es un campo de batalla.
Desde su primera obra, Natasha Brown ha mostrado obsesión por el concepto de valor: qué lo define y qué lo legitima. En Los universalistas, esa pregunta se encarna en la barra de oro –símbolo de la paradoja contemporánea–. Richard, banquero caído y dueño de la granja, la compró como trofeo de lujo. Pero cuando Jake huye con ella, el oro resulta inútil: no puede venderse ni usarse. Lo valioso pierde su valor fuera del sistema que lo valida. Así, Brown expone que las ideas, como los bienes, solo valen dentro del mercado que las legitima.
Esa crítica se extiende a los medios y al espectáculo de la opinión. Lenny (Miriam Leonard), madre de Jake y columnista de renombre, encarna la mutabilidad ideológica de la era digital. Ha pasado del Telegraph al Observer, del conservadurismo explícito a un «rebranding suave» que disfraza prejuicios bajo un lenguaje de falsa empatía. Su libro ficticio, Capitalismo woke, legitima el resentimiento de una época donde la indignación se ha vuelto mercancía. Brown la retrata con precisión quirúrgica: su oportunismo no es exagerado, sino verosímil. Sus columnas son algoritmos diseñados para provocar y retener la atención de un público saturado.
Los personajes de Los universalistas viven en un estado de cálculo constante: tantean el viento para saber qué creencias deben abandonar –y a quién deben traicionar– con tal de seguirse lucrando. En el universo de Brown, el lenguaje es una forma de capital, tan volátil y negociable como el dinero. La autora traslada al terreno simbólico la lógica del mercado: las palabras cotizan, las opiniones se invierten, la autenticidad se vende.
Su estilo es austero y preciso, sin exceso ni melodrama. El humor es oscuro y cerebral. Brown no construye caricaturas grotescas, sino espejos. Por eso Los universalistas resulta tan incómoda: lo que muestra no pertenece a un mundo ficticio, sino al nuestro, poblado de medios que manipulan e intelectuales que se reciclan.
La novela no ofrece redención. La barra de oro sigue brillando al final, pero con un brillo hueco: recordatorio de que el valor –simbólico o económico– depende de quién lo observe. Los universalistas no busca moralizar, sino exponer. Con una claridad devastadora, Natasha Brown demuestra que el verdadero universalismo del presente es el del cinismo: participamos de él, aunque prefiramos no reconocerlo.