Cubierta de 'Majareta'
‘Majareta’: lidiando con la vida como seres desajustados
Novela que indaga, entre una selva de testimonios, la inquietante personalidad del conserje de un colegio. Donde el humor y el dolor asoman con tanta crudeza como afloran en la vida
Parafraseando a José Luis Alonso de Santos, en todo texto (dramático) hay tres palabras que se entrelazan: el conflicto, las emociones y las palabras. Majareta (Seix Barral, 2026), de Juan Manuel Gil, que para mí tiene toda la estructura para ser llevada un día a la pantalla o al escenario, cumple estos tres requisitos. Para los que gustan etiquetar –que si novela, que si cuento, que si monólogo…–, olvídense. Si para colmo quieren explicarla a la ligera, olvídense más. Estamos ante un fenómeno tal, entre el misterio, entre tiempos entrelazados, la ternura, la furia y la investigación policial, que mejor disfrute de esta maravilla editorial sin más elucubraciones. Es la vida lo que aquí acontece, ante eso no cabe etiqueta. Un puñado de personajes cuyas circunstancias bajan al detalle cotidiano para elevarse a lo más puro de lo extraordinario.

Seix-Barral (2026). 336 páginas
Majareta
Dicen que la literatura multiplica la vida, pues imaginen esta novela coral, con más de cuarenta personajes, cómo puede engrandecer su panorámica vital. Y lo que se verá usted reflejado, amigo lector. Como ante un espejo. Monologando sobre qué paso por la cabeza de Leo Almada para cometer tal acto y por qué. Acompañado de sus vecinos: el farmacéutico, el periodista, el inmigrante chino, la amiga de su madre, el conductor del autobús… Les pongo en antecedentes: a Leo Almada, conserje de un colegio, le invitan a prejubilarse. Se le cae el mundo encima. Y, comete un acto que conmociona al barrio llevándose a veinte alumnos en un autobús y abandonándolos a su suerte. A partir de aquí, todos somos Leo. Uno de tantos que lidia con la vida como un ser desajustado. Una vida que no ha sido fácil, desde niño aprendió a madurar en un espacio emocional pleno de dureza. Todos hablan. Todos opinan. Leo es juzgado con medias verdades o campanas que oyeron. Y, aquí urge reflexionar: ¿alguien se acuerda de parar y escuchar antes de juzgar? ¿Quién te devuelve daños y perjuicios ante las medias verdades? «De ese frío no te salvan ni las sábanas de franela», dice uno de los testimonios.
No es de extrañar ese punto de locura que posee la vida. A poquito que rasques en esa persona que tienes a tu lado brotarán preocupaciones, engaños, sufrimiento, desazón… Para colmo, no falta el que opina que su versión es la única verdad verdadera. Cuando sólo es eso, una versión. La memoria y las opiniones son caprichosas. Cambian las percepciones y cambiamos nosotros. ¿A que ese trampolín del que saltabas de pequeña resulta que hoy no es tan alto? Somos la suma de caracteres y circunstancias y, desgraciadamente, juzgados según quién nos mira. Pero el mundo por fortuna nunca es igual.
Juan Manuel Gil ha escrito la novela que deseaba escribir. Ha reivindicado la figura de un ser etiquetado socialmente, denigrado y marginado. Con hipnótico estilo y lenguaje directo. Nos mantiene atentos a la acción a base de recursos certeramente desgranados entre sus páginas: desde juegos de palabras, agudas descripciones, citas literarias, exabruptos, acotaciones, metáforas, contradicciones y, afortunadamente, esa broma, ese chiste, que soltamos para relativizar. Porque la vida no posee narrativa, necesitamos inventarnos una. El autor entra en esta jungla de palabras y de personas, en tu misma calle o en tu barrio, a cuchillo hasta despejar la incógnita. Reivindico desde aquí a Gil por hacernos reír –el humor, esa especie de bálsamo que da la soltura y lucidez para que no explote todo–. Y por ser un gran observador que hace un universo de lo que ve. Gracias por no contar lo obvio, sino lo que hay detrás del escenario. Ya lo decía María Zambrano: «En el fondo, somos los que sacamos las voces que piden ser sacadas del silencio».
Y les decía al principio, olvídense de explicar Majareta a la ligera. Hay risas y hay humor, pero ¡ay!, esa reflexión final. La vida suele ser una novela fallida que alguien compone desde las entrañas. Son inseparables el humor y el dolor, que asoman con toda su crudeza como afloran en el día a día. Sigamos sonriendo a la vida buscando esa bondad que llevamos dentro cada uno de nosotros.