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Cubierta de 'Mentira'

Cubierta de 'Mentira'Ediciones B

'Mentira': ¿se puede confiar en quien admite que miente?

Un thriller construido desde el territorio del engaño

¿Y si esta historia empezara diciéndote que es una mentira? ¿Creerías todo lo que lees? ¿Dudarías de todo lo que oyes? No. Perdón. Aquí no hay sonido… ¿o sí? La voz de Eva Ramos se dirige al lector como un eco, el eco de un engaño. La voz de una mentirosa profesional que promete no mentir. Solo esta vez. Y solo a quien la escucha.

Cubierta de 'Mentira'

Ediciones B (2026). 675 páginas

Mentira

Juan Gómez-Jurado

Pero todo empieza precisamente así. Su nombre. Eva Ramos no es Eva Ramos. Pero, sí su identidad es falsa, ¿qué parte de todo lo que cuenta puede sostenerse como verdad?

Las primeras páginas, envueltas en un frío que horada la piel y en una traición que hiere a dentelladas, arrastran a la protagonista hasta Somiedo. Ante ella no solo se levanta una montaña helada, sino un conflicto antiguo, enraizado, casi visceral.

Dos bandos enfrentados en una partida de ajedrez que da comienzo con una pieza menos. Un equilibrio precario y la sensación constante de que cada movimiento deja a alguien expuesto acompañan a la jueza durante su investigación. Una partida contrarreloj para esclarecer quién ha dejado fuera de juego a ese peón.

¿No te había dicho que era jueza? Cierto. Porque no lo es.

El tablero de ajedrez se traza pronto, aunque la partida que tiene lugar aquí no responde a reglas. Miento. A reglas sí, pero no limpias. No justas. No fiables.

Esa impostura no se limita a un detalle anecdótico, sino que constituye el verdadero eje sobre el que gira todo. La investigación del crimen importa, pero importa más la fragilidad del relato que la sostiene, que en ciertos momentos se pierde bajo capas de nieve. El lector no solo busca al culpable, sino que pone en duda la consistencia de quien lo cuenta.

El juego narrativo funciona. Durante buena parte del relato, el lector avanza con la sensación de estar caminando sobre terreno inestable. La sucesión vertiginosa de los acontecimientos empuja hacia adelante sin tregua y mantiene la incertidumbre como forma de vida. La duda no es un efecto colateral, es el motor.

Sin embargo, esa velocidad tiene un coste: apenas hay espacio para que el paisaje –físico y atmosférico– termine de asentarse. El frío se siente en la piel, en las grietas de los labios al respirar, pero el entorno queda subordinado al mecanismo de suspense. La novela elige avanzar antes que detenerse, y esa prisa, a veces, dificulta habitar en sus páginas.

Eva está construida desde la distancia. Su vulnerabilidad física contrasta con su frialdad emocional. Podría haberse convertido en un personaje hermético, lejano, casi funcional, si no fuera por la presencia del hermano. Él introduce fisuras en esa coraza estratégica. Más que un acompañante al que proteger, se presenta como ancla humana. Gracias a esa relación, la protagonista trasciende la frialdad que la caracteriza y se expone –muy a su pesar– a la posibilidad de perder algo.

La estructura en tres actos –«El juicio de Dios», «El juicio de los hombres» y «El juicio de la montaña»– no es solo un recurso jerárquico. Sugiere un marco que desplaza el thriller hacia una dimensión simbólica. Cada «juicio» desplaza la tensión desde el terreno helado de Somiedo, carente de legalidad, a un terreno moral.

Los flashbacks intentan dotar de profundidad psicológica a la protagonista. No siempre lo logran: a veces interrumpen la tensión. Pero cuando funcionan, permiten comprender que la mentira no es solo una mentira. Es un mecanismo de supervivencia. Su cometido es explicar la génesis de la mentira. Insisten en una idea central: mentir no es un capricho, es una forma de control. Y tú decides si quieres controlar o ser controlado.

Retazos de su vida pasada. Esa vida que la convirtió en lo que es ahora. Alguien que, a pesar de todo, no se gusta. Durante la novela se irán sucediendo flashbacks. Retazos de la vida de la protagonista que nos dejarán ver un poco cómo es Eva. Por qué es así. Qué la motiva.

Mentira es, en última instancia, un thriller dominado por un narrador poco fiable. No como artificio decorativo, sino como principio estructural. La novela obliga a desconfiar incluso de lo que parece confesión. Y esa desconfianza constante resulta estimulante mientras el equilibrio se sostiene; cuando se prolonga demasiado, el alud termina por arrastrarte.

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