Cubierta de 'Una conciencia nueva'
‘Una conciencia nueva’: pensar la sensibilidad en tiempos de ruido
Entre la filosofía y la experiencia, Silvia Bardelás propone una revisión profunda de la relación entre razón y emoción. Un ensayo exigente que aspira a transformar el presente desde la raíz
Silvia Bardelás es filósofa y editora de Deconatus, uno de los sellos más rigurosos e inquietos del panorama editorial español reciente. Una editorial que ha sabido construir un catálogo coherente, con criterio propio, donde caben tanto la narrativa de calidad como el ensayo exigente. Esa doble condición –la de quien piensa y la de quien decide qué merece ser publicado– impregna Una conciencia nueva de una forma que no es casual: hay en el libro la densidad de quien ha leído mucho y bien, pero también la claridad de quien sabe que escribir es, antes que nada, un acto de comunicación con el otro.

Acantilado (2026). 256 páginas
Una conciencia nueva
Hay libros que informan y libros que interpelan. Los primeros nos dejan como estábamos, aunque nos entretengan; los segundos nos incomodan un poco, nos desplazan, nos obligan a mirarnos desde un ángulo que no habíamos elegido. Una conciencia nueva pertenece decididamente a la segunda categoría. No es un ensayo que diagnostique el presente desde la distancia aséptica del experto. Más bien aspira, con una honestidad infrecuente, a modificarnos, a que salgamos distintos de como entramos.
El punto de partida de Bardelás requiere una atención urgente: la erosión de la sensibilidad como categoría de pensamiento. Vivimos, argumenta, en una cultura que ha aprendido a desconfiar de la emoción, a tratarla como ruido, como interferencia en el proceso racional. Y esa desconfianza, lejos de ser una conquista de la madurez intelectual, es, en realidad, una patología: una amputación. Bardelás no lo afirma con retórica fácil ni con la indignación perezosa de quien simplemente lamenta las calamidades del mundo. Demuestra su tesis argumento a argumento, con la paciencia y la precisión de quien sabe que las ideas grandes requieren cimientos sólidos. Su tesis central, formulada con la claridad que solo da el pensamiento bien decantado, lo resume todo: la nueva conciencia común sensible puede empezar por una conciencia de nuestra inteligencia estética, por una comprensión de que la razón y la sensibilidad no deben separarse.
Lo que hace admirable el libro es la red de referencias que Bardelás teje para sostener ese argumento. No es una red estrecha ni cómoda. Conviven en estas páginas David Foster Wallace y Horkheimer, Jung y Nietzsche, Flaubert y Haneke, creadores y filósofos que raramente se sientan a la misma mesa y que aquí, sin embargo, no se contradicen, sino que se iluminan mutuamente. Esa capacidad de diálogo entre tradiciones distintas, esa negativa a encerrarse en una sola escuela, es uno de los signos de una inteligencia genuinamente libre. Bardelás no colecciona autoridades para blindarse; las convoca para pensar con ellas, que es algo bien distinto.
Como señala Bernat Casany en el prólogo, citando a Kierkegaard, este libro tiene la «pasión de la posibilidad». No acepta que todo esté hecho, que todo esté contado, que el horizonte esté cerrado. Lo suyo es exactamente lo contrario: la convicción de que queda mucho por conocer y que ese conocimiento pasa necesariamente por recuperar al otro como centro de la mirada. La sensibilidad del otro, su mundo interior, no como objeto de estudio, sino como condición para tejer algo parecido a una comunidad real. Esa atención al otro, esa ética de la escucha que recorre el ensayo de principio a fin, es quizá su aportación más valiosa en un tiempo que ha hecho del solipsismo una forma de vida.
Uno de los gestos más inteligentes del libro es su relación con la tecnología. Bardelás no cae en la crítica culturalista fácil, en ese apocalipsis de salón que convierte la pantalla en el gran enemigo de la intimidad. Al contrario: ve en las nuevas formas de conexión una posibilidad, la de una intimidad distinta, pero no necesariamente menor; la de redes afectivas que no tienen por qué ser superficiales. Del mismo modo, reivindica el romanticismo sin ingenuidad: no su versión kitsch ni su tendencia al autoengaño, sino lo que tiene de gesto genuino hacia el otro, de apuesta por la intensidad frente a la gestión calculada de los vínculos.
Todo esto lo dice Bardelás con una prosa densa y elegante, capaz de las formulaciones precisas que exige el ensayo y también de la calidez que requiere un libro que habla, en el fondo, de cómo nos relacionamos con los demás. La música ocupa en estas páginas un lugar de privilegio: Bardelás la escucha con una profundidad que pocos críticos o pensadores le conceden, consciente de que el arte no es decoración del pensamiento, sino pensamiento en otra forma, quizás más exacto porque prescinde de las palabras. Especial mención merecen las escenas donde cuenta sus propias experiencias, sus propias iluminaciones, sea escuchando piano, sea constatando los vínculos de su comunidad ante el horror de un incendio, sea, en tal vez el momento más emocionante, perdiendo el miedo a los perros ante la necesidad de un cachorro.
Una conciencia nueva es un ensayo necesario. No porque escaseen los diagnósticos del presente –al contrario, abundan–, sino porque escasean los que miran hacia delante con inteligencia y sin cinismo –tantas veces confundido con inteligencia–, los que todavía creen que cambiar la manera de mirar puede cambiar algo más. Bardelás lo cree. Y, después de leerla, uno también empieza a creerlo.