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Cubierta de 'Coloquio de invierno'

Cubierta de 'Coloquio de invierno'Tusquets

La hoguera de los relatos: 'Coloquio de invierno', de Luis Landero

En un mundo dominado por la velocidad, la dispersión y el ruido digital, el autor nos propone un regreso a la palabra compartida como espacio de encuentro y conocimiento

La literatura tiene el poder de transformar el aislamiento fortuito en un refugio inexpugnable para la memoria y la palabra. En Coloquio de invierno, la novela más reciente del escritor extremeño Luis Landero, el autor nos invita a ser testigos de un hito literario que rescata la esencia primera de la narración oral. La premisa argumental es tan antigua como eficaz: siete huéspedes desconocidos entre sí y el matrimonio que regenta un hotel rural quedan incomunicados a causa de la histórica y agresiva borrasca Filomena, que paralizó parte de España en enero de 2021. Ante la imposibilidad física de salir y despojados de sus rutinas, deciden congregarse de manera espontánea alrededor de la lumbre para contarse sus vidas y confesarse sus secretos más íntimos. Esta magistral estructura, que rinde un evidente homenaje a obras clásicas de la literatura universal como el Decamerón de Boccaccio o Los cuentos de Canterbury de Chaucer, sirve como andamiaje perfecto para una exploración profunda de la condición humana.

Cubierta de 'Coloquio de invierno'

Tusquets (2026). 312 páginas

Coloquio de invierno

Luis Landero

Landero convierte la novela en una forma de resistencia cultural frente a la alienación contemporánea. En un presente donde las pantallas dictan el ritmo vital y la sociedad sobrevive asfixiada en una epidemia de inmediatez informativa, la novela nos recuerda de forma tajante que el ser humano es, por naturaleza y necesidad, un animal narrador. El autor critica lúcidamente cómo el teléfono móvil y la era digital han empobrecido nuestras relaciones sociales, convirtiéndose en una suerte de adicción que aniquila la capacidad de asombro, el pensamiento elaborado y el diálogo sosegado. Frente al ruido ensordecedor de la modernidad y las tertulias televisivas, que a menudo derivan en un debate carente de escucha, los personajes de Coloquio de invierno recuperan la lentitud, el recogimiento y la piedad necesarios para escuchar genuinamente al otro.

El variopinto elenco humano es uno de los triunfos de la novela. Bajo el liderazgo espontáneo de Santos León, un médico acostumbrado a escuchar las confidencias de sus pacientes, los personajes comienzan a desgranar el tapiz de sus vidas. Encontramos a Tomás, un periodista con ínfulas de novelista a quien Landero presta algunas de sus propias incertidumbres creativas; a Adela, una librera divorciada que reflexiona sobre el sentido de su trayectoria vital; o a un pragmático y castrense comandante de Caballería. Al amparo del encierro y con la certeza de que probablemente no volverán a verse, los narradores trascienden la mera anécdota para revelar pasiones, culpas y heridas anímicas que nunca habían verbalizado.

A través de la técnica del relato enmarcado, asistimos a otras historias que funcionan como espejos éticos de los personajes. Entre ellas destaca la peripecia de Eloy, un electricista de vida rutinaria cuya experiencia desencadena una profunda reflexión sobre la libertad y el sentido de la existencia. También aparece Ginés, un ferroviario marcado por la huida de sí mismo, así como otros personajes cuyas historias plantean conflictos morales y emocionales. Asimismo, la obra no rehúye temas incómodos o de candente debate, desde las zonas ambiguas del deseo y la responsabilidad hasta las devastadoras consecuencias de los celos.

Landero teje una reflexión magistral sobre cómo nuestras vidas están cinceladas por la responsabilidad individual de nuestros actos. El destino como fuerza incontrolable, el amor como invención o fantasía sublimada y la memoria como territorio que debe disputarse al olvido para revelar las maravillas que albergamos en nuestro interior son algunos de los temas que atraviesan la novela.

Todo este entramado de temas e ideas se sustenta en una prosa que resulta ser un prodigio de musicalidad y depuración estética. El inconfundible estilo de Landero brilla especialmente por su capacidad para fundir tradición oral campesina con los referentes de la alta cultura literaria. Las enumeraciones rítmicas, la precisión del léxico y un tono que oscila entre la ironía, lo trágico y una inmensa indulgencia reafirman a su autor como una de las grandes voces de la narrativa actual.

Coloquio de invierno trasciende la etiqueta de una simple novela para alzarse como un urgente alegato a favor de la concordia en tiempos de irresponsabilidad, como una reivindicación del diálogo como forma de conocimiento y de convivencia. Landero ha construido un refugio donde el simple acto de compartir la palabra se revela como el último bastión para salvar nuestra humanidad. Es una lectura que nos invita a apagar las pantallas, recuperar el sosiego y volver a encender la lumbre de las historias compartidas.

Cuando el lector cierra el libro, queda la sensación de que, en medio de la tormenta, los personajes han descubierto algo esencial: que la palabra puede convertirse en refugio. En ese espacio donde alguien narra y otro escucha, la literatura vuelve a cumplir su función más antigua: recordarnos que los seres humanos seguimos siendo, ante todo, criaturas hechas de relatos.

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