Cubierta de 'Islandia'
‘Islandia’: la desgracia de todos
Un relato descarnado sobre la ruptura sentimental que indaga, sin concesiones, en las zonas más incómodas del yo y en las heridas que deja el amor cuando se rompe
Existe la tentación de leer a Manuel Vilas en dos tiempos: antes y después de Ordesa. El primero, posmoderno, ligado a la generación Nocilla, parecería pertenecer a otro escritor. Pero la obsesión de ambos periodos es la misma: desvelar lo oculto, lo íntimo, aquello que suele estar vedado a la literatura e incluso a nosotros mismos. Lo que cambia es el instrumento. Si antes era la parodia y el delirio, ahora es la herida.
Destino (2026). 400 páginas
Islandia
Islandia es la narración de un divorcio. Vilas lo protagoniza y lo escribe, con lo que eso implica de trampa y de privilegio: solo conocemos su versión. La otra parte, llamada Ada –trasunto de la poeta Ana Merino, con quien Vilas estuvo casado–, permanece en sombra. No por descuido, sino por honestidad: el libro no pretende contar lo que el narrador no puede saber. Cualquier lector con vida a las espaldas puede intuir el reverso, pero Vilas no lo fabula. Esa contención es, paradójicamente, uno de sus mayores actos de generosidad.
La terapia ha hecho su trabajo. Hay en este Vilas una autoconciencia que lo distancia del de Ordesa, más entregado al caos, más atravesado por el duelo sin procesar. En Islandia la claridad es mayor y, por eso mismo, más perturbadora. Sabe lo que le ocurre. Lo nombra. Y aun así no puede evitarlo. En el fondo, Islandia no trata del miedo al divorcio, sino del miedo al abandono, que son cosas distintas. Vilas estaba a punto de cortar cuando Ada se le adelantó. Lo que le desgarra es que sea la otra parte quien decida primero. Prima el orgullo herido, el vaivén entre el amor y el rencor: «Debido a la oscilación tengo grandes dificultades para definir a Ada.» La frase duele porque es exacta.
Los celos aparecen en su forma más cruda: «Puede que en este momento esté haciendo el amor con otro hombre». No hay adorno. No hay distancia estética. Y, sin embargo, Vilas no se resigna. Ni en la página en que lo ve con claridad meridiana ni en la siguiente, cuando vuelve a buscarla, a llamarla, a negociar consigo mismo. Esa no-resignación, ese no poder soltar, aunque una parte de él sepa que ya está todo dicho, es el verdadero motor del libro.
El episodio más memorable es también el más humillante: detenido en la puerta de una tienda por intentar sustraer una camisa que, además, ni siquiera le gustaba, es Ada quien acude a liberarlo. En ese instante grotesco se concentra todo: el fracaso masculino, la dependencia, la impudicia como única forma de supervivencia posible. Vilas es, desde siempre, el trovador del fracaso profundo. El miedo a la pobreza, las miserias, las humillaciones que los hombres raramente confiesan. Aquí ese registro alcanza su mayor intensidad porque ya no hay parodia que lo amortigüe.
Pero el libro va más lejos. Hay un duelo silencioso por los hijos que no llegaron a tener, esa posibilidad que el tiempo fue cerrando. Hay también la dificultad de Vilas con su primera familia, con los hijos a los que creyó abandonar en el primer divorcio, una herida que nunca cicatrizó. También aparece la familia de Ada, ese entorno ajeno que de pronto se convierte en parte de la propia vida y que, en la ruptura, desaparece de golpe como si nunca hubiera existido. Vilas narra todo esto como si fuera extraordinario. No lo es. Le ocurre a millones de españoles todos los días.
Comparado con El mejor libro del mundo, Islandia es menos exhibicionista y mucho más sincero. Lo que importa no son las peripecias, sino la evolución interior: el estado mental, el fantasma de la recaída, la lenta recomposición de uno mismo. Ese es el suspense. Y, como en Mi lucha de Knausgård, la fuerza mayor reside en la identificación del lector. Es, junto con Feliz final de Isaac Rosa, el mejor libro sobre rupturas de la literatura española reciente. Pero Vilas añade algo que Rosa no tiene: esa pretensión casi quijotesca de entrar en la intimidad nacional, en lo que nadie –ni los mejores amigos– se cuenta. «Yo quiero la verdad. Yo quiero la historia de España contada a través de los secretos matrimoniales de millones de españoles y españolas.»
Lo aterrador es siempre lo mismo: la perspectiva del otro, aunque duerma noche tras noche a nuestro lado, resulta inalcanzable. «Por donde quiera que vaya mi memoria todo el rato aparece ese tránsito misterioso y aterrador del amor al desamor.» Un día antes de la ruptura, contrataron el viaje a Islandia. Todo parecía ir bien. Nada lo estaba. No sabemos qué había dentro de Ada, solo podemos intuirlo a posteriori. Eso es lo que convierte este libro impúdico y compasivo en algo verdadero: que conforta por igual a los que han sido abandonados y a los que han abandonado, porque en ambos lados nos reconocemos.