Cubierta de 'La chica más lista que conozco'
La inteligencia en disputa: luces y excesos en la nueva novela de Sara Barquinero
La universidad como campo de tensiones en 'La chica más lista que conozco'
Sara Barquinero (Zaragoza, 1994) se ha consolidado en los últimos años como una de las voces de la narrativa española reciente gracias a una obra marcada por una mirada generacional profundamente crítica. Escritora y filósofa, su trayectoria destaca por transitar por múltiples géneros: desde la poesía, faceta por la que fue galardonada con el premio Voces Nuevas en 2019, hasta la dramaturgia con su obra Terminal (2020), y la narrativa. En este último campo ha logrado gran proyección gracias a novelas como Estaré sola y sin fiesta (2021) y Los escorpiones (2024).

Lumen, Barcelona (2026). 448 páginas
La chica más lista que conozco
Su última novela, La chica más lista que conozco, se adentra en territorios cercanos a su universo habitual –la universidad, la precariedad afectiva y el desencanto intelectual– para construir una obra tan exigente como polémica, donde conviven hallazgos de lucidez con evidentes excesos narrativos. Parte de una premisa prometedora: una joven de provincias llega con grandes expectativas a Madrid para estudiar Filosofía y se enfrenta al desencanto intelectual, afectivo y social de la universidad. Sin embargo, el paraíso del conocimiento pronto se revela como un entorno hostil donde imperan el elitismo, la endogamia, el clasismo y la precariedad. Careciendo de lo que la novela define como capital cultural hereditario, Alicia navega por este espacio sintiéndose inferior, mientras se obsesiona románticamente con Juan, un profesor diez años mayor. Esta relación asimétrica le sirve a la autora como motor para diseccionar los abusos de poder sistemáticos y la violencia institucional tolerada en los pasillos académicos.
El planteamiento inicial tiene fuerza porque no idealiza el ámbito universitario, sino que lo desmitifica desde dentro, mostrando su cara menos visible: la de las jerarquías informales, los favoritismos intelectuales y la necesidad constante de validación. En ese sentido, la novela cuestiona los espacios del saber como lugares supuestamente neutros, pero atravesados por relaciones de poder profundamente arraigadas.
Con un exigente armazón formal y una prosa deliberadamente reiterativa y afectada, Sara Barquinero construye el relato imitando la estructura de un tratado filosófico, que divide las partes del libro en hipótesis, demostraciones y observaciones. Esta decisión estilística, aunque coherente, se convierte en uno de los principales puntos de fricción del texto: lo que en principio pretende dotar a la obra de rigor conceptual termina por hacer rígida su lectura. En su entramado teórico, la novela dialoga con las ideas de Sartre, utilizando la vergüenza como concepto central; de hecho, La chica más lista que conozco se concibe como un tratado sobre la vergüenza, que aborda el complejo de inferioridad social de la protagonista y la impunidad emocional de quienes perpetran los abusos.
A través de la mirada de Alicia, la novela arroja reflexiones sobre las injusticias y la violencia institucional, o nos muestra cómo el capital cultural funciona como moneda de cambio para ocultar dinámicas turbias. La trama avanza a trompicones, constantemente interrumpida por largos bloques ensayísticos que ralentizan el ritmo hasta volverlo extenuante y que ahogan la tensión dramática del relato. Esta oscilación entre la narración y el ensayo filosófico genera una lectura irregular, en la que el lector se ve obligado a alternar entre la implicación emocional y la distancia analítica sin que siempre exista una transición fluida. Insiste tanto la novela en subrayar la decadencia moral del entorno universitario que termina reduciendo a muchos personajes secundarios a simples vehículos ideológicos.
En la obra hay intuiciones brillantes sobre la necesidad de reconocimiento, el deseo de pertenencia y la construcción intelectual de la identidad. Sara Barquinero posee además una evidente capacidad para captar la ansiedad emocional de cierta juventud desencantada, atrapada entre la sobrecualificación académica y la precariedad material. La novela se centra en la fragilidad de los vínculos afectivos y en la dificultad de sostener una voz propia en entornos saturados de discurso teórico.
La chica más lista que conozco quiere dialogar con la filosofía, la crítica social y el relato de formación al mismo tiempo, aunque rara vez logra armonizar esas capas. Parece una novela sobreexplicada que, en su afán por convertir la experiencia en teoría, corre el riesgo de diluir la potencia emocional de la historia que pretende contar, dejando al lector ante un artefacto narrativo no siempre habitable.