Fragmento de una de las versiones del San Francisco de Asís de Zurbarán
Érase un `poverello' rico y sabio
Un relato breve pero profundo para entender el paradójico camino interior de San Francisco
«Dichosos los pobres en espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos». Esto los hace maestros de vida, poseedores de la verdadera sabiduría, la de los santos, la de aquel poverello de Asís. Pequeño de estatura, falto de medios pero tan sabio que sabiamente agitó la Italia del S. XIII y aún sigue interpelando al mundo entero.
Traducción de Fernando Montesinos Pons
Encuentro (2025). 142 páginas
Sabiduría de un pobre
Para explicar semejante fenómeno, Eloi Leclerc (1921-2016) no escoge la vía de los hechos biográficos, tampoco la de los datos históricos. Este sacerdote y franciscano francés narra el recorrido que el santo llevó por dentro. Con el foco puesto en la bomba apasionada que el frailecillo custodiaba en el pecho es como podemos entender –o intentarlo al menos– la maravillosa paradoja franciscana. Las páginas de Leclerc nos presentan por medio de escenas sencillas pero elocuentes, la radiografía del alma de Francisco. Poco a poco, el lector va entrando en el melodioso baile con la Dama Pobreza que marcaba la vida del autor del Cántico de las Criaturas.
La clave para contemplar la paradigmática vida del santo de Asís es la vida de Cristo. Pocos hombres en la historia de la Iglesia han sabido encarnar tan fielmente el modelo del Maestro. De Francisco podemos decir, sin temor a errar, que fue verdaderamente alter Christus. La palabra evangélica rezumaba por los poros de su piel. Hasta las últimas consecuencias, hasta no necesitar otra regla. Fiel a ella y fiel a su Señor, gusta incluso «una soledad atroz, la áspera muerte del Hijo del hombre». En el pobre abandono, se desvela la mayor riqueza: «Dios es». En esta certeza descansa Francisco, sabiéndose el más rico y sabio de todos los hombres.
Es precisamente en aquella soledad atroz en la que se ambienta el relato de Eloi Leclerc. Con delicadeza de poeta, este hijo espiritual de Francisco conjuga la ambivalencia franciscana del cántico y la del desprendimiento. Quizá no sea tan ambivalente. Más bien son las exigencias de una vida probada las que permiten a los sabios alabar aun en los momentos de mayor dificultad. Y las pruebas acontecieron en el seno de la comunidad de hermanos y calaron hondo en el alma del santo. El crecimiento de la familia franciscana era una bendición pero con regusto amargo. El desarrollo de la Orden y el aumento del número de hermanos no congeniaban siempre de modo evidente con el ideal primitivo. Y Francisco sufría.
Clara era consciente de ello y resulta emotivo apreciar hasta qué punto el lenguaje de los sabios no siempre se sirve de palabras humanas, sino de una comunión inenarrable. Junto a la madre de las clarisas, en los momentos de turbulencia, Francisco comprende que «aprender a vivir en el tiempo de Dios, ahí está seguramente el secreto de la Sabiduría». Curiosamente, descubrimos que los tiempos de Dios no se miden al modo humano, no son epocales. Esto explica que también hoy sea posible acudir a la sabiduría del pobre de Asís para aprender a vivir en nuestro siglo.
Asimismo, asoman otros nombres propios que intervienen en la marcha del pobrecillo. Los hermanos León y Rufino dialogan con Francisco. Conversaciones tan ágiles como profundas en las que sale a la luz gran parte de lo que el santo alberga dentro. Las dudas de aquellos ayudan a este a insistir en la autenticidad de la vida escogida. Una existencia que carecería de sentido de no ser por la propia naturaleza creada, gran amiga del santo. Esta no aparece como mero telón de fondo de los acontecimientos concretos, sino que es imprescindible para latir con corazón franciscano. Leclerc lo hace patente. Como poeta que fue, el santo describe los estados y mociones de su alma con delicioso lirismo. Ya refiera lo que bulle en su interior o aquello que sucede ante sus ojos, Francisco crea imágenes y metáforas a partir de sus hermanas las criaturas. Sus palabras invitan a vislumbrar vuelos de aves, el intenso azul del cielo, una nube de chispas, una noche pesada y lúgubre.
Leyendo a Leclerc y escuchando a través de él a Francisco, la lectura se torna poética y la vida un cántico. Descubrimos que los más sabios son los más pobres, aquellos que más han soltado para más acoger «la cosa más urgente», que no es sino «desear tener el Espíritu del Señor». Sí, solo así cantaremos «dichosos los pobres en espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos».