01 de octubre de 2022

El pianista Grigory Sokolov

El pianista Grigory Sokolov

Sokolov, el gran poeta del piano, ya es español

El Gobierno acaba de concederle la nacionalidad al considerado mejor pianista entre los vivos

Con motivo de una de sus frecuentes actuaciones en España, Grigory Lipmanovich Sokolov ensayaba hace ya algunos años en el Palacio de la Ópera de La Coruña, el día anterior a su encuentro con el público. Los promotores de aquella cita quisieron llevárselo a cenar a uno de los mejores restaurantes de la ciudad para rendirle el preceptivo homenaje gastronómico, ante el que ningún otro artista habría puesto objeción alguna, más bien todo lo contrario. En cierta ocasión, el legendario Georges Prêtre, uno de los directores favoritos de la Callas, había dicho después de un concierto en Vigo, con la Filarmónica de La Scala, que si en esa ciudad se comía siempre así de bien estaba dispuesto a regresar todos los años.
Pero para sorpresa de sus anfitriones, el gigante de San Petersburgo rechazó la indeclinable oferta de exquisitos moluscos cambiándola por una insólita solicitud. Pidió a los cariacontecidos organizadores que le encargaran una pizza y se la hiciesen llegar allí mismo, que él ya daría buena cuenta de la delicia italiana en el escenario, durante alguna pausa. Por ningún manjar de las rías gallegas habría de abandonar el repaso de su programa: ensayar, fijar conceptos, limar posibles aristas, en eso consistía su mejor y único plan.
Conocida es la naturaleza obsesiva, perfeccionista, minuciosa de este coloso del piano al que el Gobierno español acaba de concederle la nacionalidad española por carta de naturaleza, como antes ya había hecho, a petición de Pablo Iglesias, con otro músico de talento mucho menor, el conocido showman James Rhodes. Los méritos de Sokolov para portar el pasaporte de este país apenas son discutibles: en los últimos treinta años, el que para muchos es el mayor pianista vivo, ha dado varias veces la vuelta a la piel de toro (islas incluidas) para impartir su magisterio en la tupida red de auditorios y teatros que la recubren. Posee una casa en Málaga, como Barenboim, y a pesar de haber nacido en la antigua Leningrado no se ha pronunciado públicamente sobre el conflicto de su país de nacimiento con Ucrania. Si mantiene algún contacto con Putin será espiritual.
En realidad no ha dicho una palabra sobre la guerra ni sobre casi nada porque jamás concede entrevistas: hay que seguir el rastro de sus contadas declaraciones como si de una suculenta trufa se tratara. Pero a veces los gestos suelen aportar mucho más. De su última, aún reciente, gira europea donó el caché de uno de sus recitales para el pueblo de Ucrania. Y habiéndose criado en plena efervescencia del gulag, no parece ser un nostálgico de aquel régimen que le obligó a tener que compartir toda su infancia con las vidas de varias familias en el angosto piso de un antiguo edificio en su ciudad. Quizá por eso, desde hace bastante tiempo reside plácidamente en la bella Verona.

Genio temprano

Nacido en 1950, su talento se hizo evidente desde la infancia, con un primer recital en Moscú a los 12 años. Pero cuando a los 16 se convirtió en el ganador más joven del Concurso Chaicovski, uno de los certámenes más prestigiosos del mundo artístico, casi nadie se lo tomó en serio. El veredicto cosechó algunos pitos, pese a que el presidente del jurado que le otorgó el galardón por unanimidad era toda una gloria nacional, el pianista Emil Gilels, modelo reconocido de Sokolov por el que siempre ha sentido una auténtica devoción, y con el que muchas veces ha sido comparado por su seriedad, rigor y solidez.
Lejos de amilanarse, este probado estajanovista del teclado dio miles de recitales a lo largo y ancho de la antigua URSS, pero su carrera no despegaría con pleno reconocimiento aún hasta los años 80. Antes probó, además, la casi siempre ingrata tarea de la docencia, pero sus alumnos apenas lograban tolerar sus niveles de exigencia: la búsqueda absoluta de la excelencia no conoce de apaños, atajos ni complacencias. A uno le espetó en una ocasión: «Schumann no habría permitido que usted entrara en este mundo». Eso sí, al contrario que muchos de esos charlatanes que hostigan a sus pupilos como resultado de sus propias frustraciones, de los que hay abundantes muestras en conservatorios, escuelas de música y universidades, inmediatamente después él mismo se ponía a tocar la pieza analizada, y entonces el mundo, como en la canción de La Cabra Mecánica, o él mismo, parecía «más amable, más humano, menos raro».
Su pleno descubrimiento internacional le llegó en los 90, sobre todo después de una excepcional interpretación del Tercero de Rachmaninov, auténtica piedra de toque para discernir el grano de la paja, en el Reino Unido. El inicio del fenómeno Sokolov como gran referente del pianista internacional puede señalarse en ese acontecimiento, que lo puso en el punto de mira de programadores, también españoles. Su más reciente actuación aquí ha sido en el reciente Festival de Granada por obra y gracia de Antonio Moral, que siempre le ha dispensado un trato de favor en todos los lugares donde ha estado para beneficio todos de los melómanos.
Ese Rachmaninov lo ha publicado el sello alemán DG, pero como resultado de una interpretación «en vivo». Los estudios de grabación son anatema para él, que tiene ideas parecidas a las del gran Celibidache, para el cual la diferencia entre un disco y un concierto era la misma que ver a Brigitte Bardot en persona o hacerlo a través de una fotografía. Al contrario que otro intérprete conocido por sus excentricidades, pero de otro modo, Glenn Gould, Sokolov encuentra que los registros enlatados «no son fieles», y apenas permite que se graben algunas de sus apariciones en cuerpo y alma; lo cual convierte sus lanzamientos discográficos en auténticos acontecimientos para su legión de fans.
Desde que puede permitírselo, Sokolov apenas colabora ya con orquestas. Cree que la música se desnaturaliza con los pocos ensayos que hoy pueden proporcionarle estos conjuntos, cuyos miembros a menudo están más pendientes del reloj que de obtener el más alto rendimiento artístico, noble aspiración que el pianista solo cree poder cumplir ya en el ritual de sus recitales.
Desde que surge sobre el escenario, después de horas de práctica, Sokolov se muestra ante sus huestes con su aspecto de oso algo asustado y ese frac que parece que le han arrojado encima de cualquier manera. Un leve saludo como trámite que se repetirá entre pieza y pieza, sin preocuparle demasiado la intensidad de las ovaciones, una luz tenue que apenas le perturbe y disimule su desgarbada silueta, son el paso previo a la zambullida entre ese océano de notas que desplegará con una energía, una capacidad de hallar colores y matices, una fidelidad al espíritu de cada obra, como pocas veces se pueden encontrar en nuestros días. Quizá Jorge Luis Prats, Volodos y Zimmermann se encuentren hoy en esa misma estela, la de los verdaderos poetas del piano. Pocos más.
Por alguna razón seguramente administrativa, Sokolov, para quien «en el arte real no hay límites temporales ni geográficos», ha decidido ser también español. Sea como fuera, por fin una buena noticia para este país.
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