El director de orquesta Klaus Makela el martes en el Auditorio Nacional
Klaus Mäkelä, el nuevo «niño bonito» de la dirección, triunfa a medias en Madrid
El joven director finlandés de 29 años, al frente de la espléndida Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam, ofreció sus primeros conciertos en la capital
En una jornada musical que ha reunido al Richard Strauss de Una vida de héroe y al «niño bonito» de la dirección de orquestas en estos últimos días, Klaus Mäkelä, acude a la memoria la cita de Stefan Zweig. A propósito de otro maestro, Arturo Toscanini, el autor de El mundo de ayer afirmó: «Toda voluntad que se obstina continuamente en alcanzar y hacer lo imposible, logra en el arte y en la vida un irresistible poder».
El más ambicioso poema sinfónico del compositor alemán consiste precisamente en un autorretrato en el que Strauss pretendió, no sin cierto exceso de vanidad, elevarse a sí mismo por encima de cualquier disenso, en esa teórica lucha incesante que hubo de librar por afianzarse como artista. Así hasta señalar como sus principales enemigos a quienes no advirtieron en él más que un artesano de segunda fila, pomposo, superficial y conformista; esa chusma de comentaristas.
El próximo titular de la Sinfónica de Chicago
El encargado de servir ahora esta pieza en Madrid, Klaus Mäkelä, para muchos el gran director del futuro, después de haberse convertido en titular de las orquestas de Oslo y París, y de anunciarse como próximo responsable musical de la del Concertgebouw de Ámsterdam y la Sinfónica de Chicago, todo antes de los treinta, comienza a comprobar cómo la curiosidad sobre sus tempranas proezas despierta, también, lógicos recelos.
La crítica, otrora entusiasta, empieza a ponerle reparos: su reciente presentación con la Filarmónica de Viena, más otra aparición en Nueva York, con Mahler, no han concitado el unánime beneplácito que se esperaba. Ya se presiente el olor de la pólvora. Nada más hay que leer al solvente Alex Ross en The New Yorker, que subraya sus buenas maneras antes de clavarle el estilete de la «falta de profundidad» en sus versiones.
Pareció comparecer en Madrid con algunas ganas de revancha frente a sus detractores
Mäkelä, que acaba de declarar que a él esas fruslerías no le conciernen (tampoco a Strauss, pero terminó consagrándoles un gran fresco sinfónico), pareció comparecer en Madrid con algunas ganas de revancha frente a sus detractores. Y para ello nada mejor que servirse de Una vida de héroe, que sigue los postulados del heroico Carlyle: «Todo gran hombre es como rayo del cielo. Los demás le esperan como combustible que él enciende y convierte en llamas». Aunque aquí, ahora, esa lumbre solo haya surtido efecto como presagio de prometedores destellos.
Tres obras para el debut madrileño del finlandés
Hubo cierto fuego, sí, en la obra inicial, la concesión a la música de nuestro tiempo en cinco minutos: Subito con forza, de la compositora coreana Unsuk Chik, un homenaje a Beethoven para su 250 aniversario. La autora se sirve del inicio de la obertura de Corioliano y de varias citas de la Leonora número 3, la Quinta sinfonía o El Emperador para ofrecer una fanfarria de vigorosos contrastes, los mismos con los que el autor de Fidelio levantaba de sus asientos al público (o los despertaba tras los susurros anhelante de un adagio). No aporta mucho, la verdad. Me quedaría con el Merry Christmas, Beethoven del compositor español Juan Durán, más audaz, ingenioso y sugestivo en el diálogo con su colega histórico.
Mäkelä, de gesto siempre claro, dotado de una expresiva plasticidad, jugó aquí la carta de una cierta contención, sin abandonarse nunca
Luego vendría el Idilio de Sigfrido que, en la plantilla escogida para la Orquesta del Concertgebouw, seguramente pierde algo de esa etérea simpleza, plena de encanto y efusividad, que los quince instrumentistas originales debieron desplegar en la escalera de la casa de Wagner. Con ella pretendía rendirle homenaje a Cósima, su mujer, hija de Listz, por su cumpleaños. Un regalo íntimo y muy personal, una cosa privada entre la pareja; pero la afición de su autor al lujo hizo que tuviera que publicarla para poder seguir invirtiendo en viajes, telas, libros y perfumes (para qué otra cosa sirve el dinero…).
Y así nos llega estos días en una versión diríamos amplificada (hay otras incluso más nutridas) que, no obstante y gracias a la extraordinaria calidad de la cuerda de esta orquesta, pura como la seda cuando se requiere, conserva en su arranque parte de esa embriagadora sensación de música celestial, mágica, destinada a suscitar el más dulce de los despertares, toda una delicada ofrenda de amor.
Tratándose de Wagner, también hay en ella previsibles fulgores, estallidos de pasión, aunque algo matizados esta vez. Mäkelä, de gesto siempre claro, dotado de una expresiva plasticidad, jugó aquí la carta de una cierta contención, sin abandonarse nunca.
Menos exuberante que en otras ocasiones
Tampoco en la pieza mayor del concierto se mostró el director tan exuberante como en otras actuaciones. Y Una vida de héroe contiene elementos de sobra para exaltaciones, quizá un tanto superficiales: no se percibe aquí la honda complejidad, la multiplicidad de aristas, las sutiles voces interiores de retratos más acabados como los del Quijote o Don Juan, del mismo autor, por más que el conjunto resulte esplendoroso.
Y un poco quizá embebido del espíritu que brota del idilio wagneriano, Mäkelä conectó mejor con los pasajes más sensuales, de un refinado lirismo, aquellos en los que Strauss profesa sincero amor a su esposa, la soprano Pauline (aquí el reposo del guerrero). Por contra, pareció menos implicado en el fragor de los enfrentamientos del héroe-Strauss con sus detractores, por los que a veces se asoma la descarnada audacia de Electra y Salomé.
El final resultó algo apresurado en su remate, menos contemplativo que en lecturas más meditadas
En algunos de esos momentos del episodio más esperado, esa batalla que recuerda a la de Campanadas de medianoche, decidió bajar una marcha quizá para no contentar a quienes sostienen que su fama se sustenta sobre la búsqueda del mero efecto (como también le sucedía a Dudamel en sus desmelenados inicios).
Hubo transparencia, esmero en la planificación, nitidez en los contrastes y transiciones, pero también una cierta falta de un brío más acusado en el episodio bélico, del mismo modo que tampoco se mostró especialmente acerbo en el retrato de sus opositores (con los que pareció incluso indulgente). Y el final resultó algo apresurado en su remate, menos contemplativo que en lecturas más meditadas.
La Orquesta del Concertgebouw, pura lujuria sonora
Todo ello estuvo servido con la complicidad de ese monumento a la lujuria sonora que es el conjunto holandés del Concertgebouw, absolutamente implicado en todas sus secciones, de una perfección deslumbrante. Contó además con el excelente concurso del concertino, sobresaliente en cada una de sus intervenciones.
Con estos escasos directores jóvenes, señalados acaso por la Providencia, que han tenido la suerte de empezar casi la casa por el tejado, al colaborar desde sus albores con algunas de las mejores orquestas del mundo, quedan siempre las dudas: ¿será que estos conjuntos los eligen a ellos porque, además de su comprobado carisma y magníficas presencias, pueden manejarlos dócilmente, dejándoles que se agiten ante ellos mientras se limitan a seguir tocando como los mismos dioses, en ocasiones, con el piloto automático?