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Valle-Inclán, más cerca: la zarzuela sobre 'Luces de Bohemia' verá la luz

El Teatro de la Zarzuela estrenará, en su temporada 27/28, el esperpento lírico del compositor gallego Juan Durán, basado en la obra maestra del autor de Divinas palabras

Representación teatral de 'Luces de bohemia' de Valle InclánGTRES

La fértil imaginación literaria de Valle-Inclán, mediante la sugerencia de un caudaloso torrente de imágenes de todo tipo, unida a su singular manejo del léxico, con resonancias tantas veces musicales, y la poderosa creación de personajes fieramente humanos, ha dado para un buen número de óperas basadas en sus obras. Poco conocidas, es cierto.

Divinas palabras del fallecido Antón García-Abril, de la que ni siquiera ha quedado una grabación comercial; Patto di sangue, la aproximación al genial gallego de un compositor italiano, Mateo D’Amico, que llegó a estrenarse en el Maggio Musicale Fiorentino con una puesta en escena de Daniele Abbado; o La cabeza del bautista de Enric Palomar, que con la estupenda Ángeles Blancas se ofreció en el Liceo barcelonés, forman parten de ese corpus lírico valleinclanesco prácticamente ignorado por el gran público.

Durán, autor de una ópera anterior con guiños a Fellini

Parece que el Teatro de la Zarzuela, esta vez bajo la gestión de Isamay Benavente y Pérez Sierra, sus actuales responsables, ya se ha decidido a programar la obra del compositor Juan Durán en la temporada 27/28. El músico vigués (1960) es autor de O Arame, una ópera que en 2006 se estrenó en La Coruña con un montaje del galardonado dramaturgo, director y actor (en Fariña era uno de los protagonistas) gallego Manuel Lourenzo.

Después, la misma partitura, una pieza de cámara con reminiscencias de La Strada de Fellini e inequívocos guiños a Sorozabal, se repuso modestamente en Inglaterra y a punto estuvo de inaugurar la temporada de la New York City Opera, poco antes de la pandemia, que trajo cambios en la gerencia de la institución.

El compositor, cuyos arreglos de canciones gallegas históricas y creaciones de su propia cosecha para la voz han paseado por el mundo intérpretes tan distinguidas como la mezzo Elina Garança (que las ha llevado al disco) o la soprano Cristina Gallardo-Domâs (otro tanto), se fijó en el sabio consejo de Zamora Vicente.

En su clásico estudio crítico de Luces de bohemia, el erudito ya sostenía que de la obra (el año pasado celebró su centenario) brota «un regusto de sainete, de zarzuela con tonillo de plebe madrileña y ademán desgarrado». Eso sí, revestido su léxico de una dignidad literaria propia de un mago de la palabra, profundo retratista del alma humana.

El ambiente y la música recrean los paseos madrileños de Max Estrella

Juan Durán, con una sólida carrera a sus espaldas, respaldado por relevantes galardones como el Premio Reina Sofía de Composición, tuvo claro que el patrón del «esperpento lírico», como él mismo define su pieza, era el preferido para elaborar un traje a la medida de «Luces de bohemia», «susceptible de ser musicalizado en el más genuino estilo del teatro lírico español». Y contó, además, con la colaboración de un libretista primerizo, aunque aplicado estudioso de la obra de Valle, el ex político José Luis Méndez Romeu, consejero en el gobierno autonómico del socialista Pérez Touriño.

El deambular de Max Estrella y Don Latino por las calles y ambientes de la capital dará lugar, ahora, a una sucesión de rumbas, chotis, jotas, pasodobles, …, además de otros guiños «que sirven para asentar las referencias de lo que es nuestra propia intrahistoria musical».

Durán pretende incorporar estos aires danzables a las distintas estéticas musicales del siglo XXI, aunque sin comprometer «la línea de canto», algo fundamental para su propio trabajo. «Lo contemporáneo no puede ser el ‘feísmo melódico’ que tantas veces se le encomienda a los cantantes. Los últimos grandes compositores líricos, como Britten, tenían un respeto por el tratamiento de la voz que no tiene nada que ver con que si la melodía es más o menos tonal».

Animado a dejar su propia impronta en el teatro musical contemporáneo, lejos de las típicas camarillas aún deudoras de lo que en otro tiempo se consideraba el vanguardismo musical, Durán insiste en la necesidad personal de aportar algo no tan diferente de lo que en su día significaron Benjamin Britten con sus óperas o Prokofiev en la sinfonía. «Ellos fueron capaces de encontrar ese punto intermedio entre ser comprensibles para el público y mantener una voz propia», sostiene.

Óperas costosas que nunca vuelven a programarse

Lo que no tiene sentido, para él, es que los teatros sigan estrenando óperas que «tras un esfuerzo ingente por parte de los cantantes y un no menor coste económico, no se vuelven a reponer. Mientras, gran parte de la crítica especializada sigue asombrándose ante una música hecha con una galería de efectos que ya están gastados por más de cincuenta años de abuso constante».

Desde luego, Durán no desearía que le ocurriese como a su admirado Josep Soler, el compositor catalán que falleció con catorce óperas guardadas en un cajón. O como a uno de sus profesores, el gallego Rogelio Groba, autor, a su vez, de un buen número de dramas líricos que esperan su momento, entre otras, María Pita, o la fuerza de la libertad, cuya aparición en escena lleva posponiéndose eternamente.

«Y las que llegan a estrenarse, rara vez se reponen. Los cantantes no incorporan ni el más mínimo fragmento en su repertorio», afirma. Por eso, para su otra nueva ópera, Hildegart, que casi con toda seguridad se estrenará el próximo mes de julio en uno de festivales veraniegos españoles, ha regresado al formato de cámara. Una plantilla orquestal reducida, como en O Árame. Trece instrumentos y cuatro cantantes para una historia inspirada en la protagonista de La virgen roja, que estos días aún se ofrece en los cines.

Para Juan Durán, el tiempo de mostrar sus cartas en la difícil partida de la creación lírica contemporánea, y en el lugar donde se fraguan las auténticas carreras, parece haber llegado definitivamente. Que se consagre o no ya es otra cosa. Solo queda esperar para ver si pintan bastos, o si su doble apuesta resulta una escalera real.