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César Wonenburger
Historias de la músicaCésar Wonenburger

El último Verdi regresa a Milán, de nuevo con acento español

La joven soprano gallega Rosalía Cid sigue estos días los pasos Joan Pons, el ilustre barítono menorquín que en su día estrenó la legendaria producción de Falstaff con la que Giorgio Strehler le devolvió su esplendor a la última obra maestra de Verdi

Rosalía Cid en una representación de Falstaff La Scala

Rosalía Cid como Nanetta en el Falstaff de La Scala

Hace ya casi medio de siglo desde que un joven barítono español ingresó por la puerta grande de la historia en el principal templo lírico, La Scala de Milán. Era la temporada 1979-80, y para inaugurarla, por San Ambrosio, se programó el regreso de una ópera de Verdi que entonces (¡finales del siglo XX!) aún no gozaba de tan merecida fama como otros títulos suyos, menos significativos.

Para Proust, «las obras de Shakespeare son más bellas vistas en el cuarto de trabajo que representadas en el teatro». Y Bloom, el gran exégeta shakesperiano, le concedía razón, al menos a propósito de El Rey Lear, cuando afirmó que esta tragedia no estaba hecha para ser representada. Pero con Falstaff, que no bebe de una única fuente porque su oronda figura se asoma por varias de las obras del bardo, no ocurre igual. Al menos, no con Verdi.

Para el último gran personaje de Verdi, «todo en el mundo es burla»

Recorrer la partitura del compositor italiano supone una aventura apasionante. Aunque nada comparable a presenciar la última obra maestra de Verdi en un teatro, como vuelve a suceder estos días, con todos sus elementos. Aquí ese sutil juego de compromisos entre música y palabra que entraña la ópera alcanza una de sus máximas realizaciones, gracias a la valiosa colaboración entre el gran músico y su brillante libretista, Arrigo Boito, escritor más que notable, hombre de extraordinaria cultura.

Y por supuesto sin perder de vista nunca a Shakespeare, el auténtico genio motor que a través de uno de sus personajes más logrados, Falstaff, les otorgó a ambos inesperada licencia para resumir un tramo del azaroso recorrido del pícaro «bon vivant», donde se fraguan algunas de las principales certezas acumuladas durante el viaje. Su filosofía podría resumirse en la célebre advertencia lanzada al público en la fuga final: «Todo en el mundo es burla», o bien, como proclamaba Umbral: «El solo hecho de seguir vivos nos constituye en farsantes».

El barítono Juan Pons

El barítono Juan Pons

Durante aquel gélido diciembre milanés, un cantante menorquín, en aquella época aún Juan Pons, se convirtió ya desde la función inaugural en uno de los grandes Falstaff de la historia. Lo reconoció al instante la exigente crítica italiana. Se alabó la sutileza de su encarnación ideal, similar, señalaron, a las grandes históricas del pasado, como la que en sus mejores días llegó a protagonizar Mariano Stabile.

Toda la experiencia acumulada en cientos de funciones por su colega parecía milagrosamente resumirse ahora en la interpretación del intérprete español que, a partir de ahí, y hasta que sir Bryn Terfel, primero, y Ambrogio Maestri, últimamente, lo reemplazaron en ese puesto, constituyó el Falstaff ideal de su tiempo.

Lorin Maazel y Giorgio Strehler, dos genios reunidos

La ocasión no era tan especial por la presencia de Pons en el reparto, al que casi nadie conocía. El retorno de esta joya a las mismas tablas del lugar donde se había estrenado, el 9 de febrero de 1893, reunía en cambio a dos grandes figuras como responsables máximos de la nueva producción. El director teatral Giorgio Strehler, que había debutado en el Piermarini en 1947, con una «Traviata», y Lorin Maazel, una batuta que a sus logros sinfónicos unía acreditada afinidad hacia el teatro lírico (algo propio de los maestros verdaderamente importantes), se encargarían de devolverle a la ópera su olvidado esplendor.

Hasta siete veces a lo largo de los años, La Scala volvería a recuperar para sus temporadas la alabada puesta en escena de Strehler, con aquella escenografía de Ezio Frigerio que trasladaba el ambiente original de Las alegres comadres de Windsor a las casas de campo del Valle del Po (las «cascite»), a través de esa niebla tardía que se despliega por el río y sus contornos hasta otorgarle a las figuras una dimensión extrañamente mágica, y las refulgentes balas de heno, improvisado lecho donde retozan los jóvenes amantes.

El director Giorgio Strehler

El director Giorgio Strehler

En varios de esos regresos triunfales del «Falstaff» de Strehler al teatro milanés, con Riccardo Muti en el foso y otros colaboradores encargados de revivir las ideas del «regisseur», tornaría a comparecer Joan Pons (en uno de ellos tuvo a su lado, como Fenton, al tenor peruano Juan Diego Flórez en sus inicios). El retorno de 1993 daría lugar, además, a una grabación «en vivo» para Sony, en la que también se encuentran los estupendos Ramón Vargas y Maureen O’Flynn (como la pareja de enamorados), y ha permitido preservar, en óptimas condiciones, la auténtica lección de canto y vida que ofrece Pons, al proporcionarle sentido a cada una de las inflexiones y matices del personaje con su aquilatado fraseo.

Lo que dice la música y se intuye en las palabras

De momento, ahora se ofrece la octava reposición de este catálogo de las mejores virtudes de una puesta en escena modélica, capaz de renovar cada vez su compromiso con la belleza y el arte verdadero. El acierto de Strehler consiste en buscar solo en la música (no en ocurrencias intempestivas) la esencia, todo aquello que no se advierte en las palabras, hasta iluminar con imágenes cargadas de poesía y sentido hasta donde el texto no alcanza.

Su «Falstaff», que ahora mismo aún se puede apreciar en el coliseo milanés hasta el próximo viernes en inspirada lectura musical de Daniele Gatti, mantiene intacta su inteligente y gozosa celebración de la vida a partir de dos extremos: el de aquel que ya con medio pie en el estribo enfila la despedida quitándole hierro a todas esas inmensas pequeñeces que nos amargan: el éxito, las tragedias, las traiciones, … Y el otro, en el que se reafirma la fuerza positiva, el ímpetu y descaro juveniles, aliados para forjarse el propio sendero con las dosis justas de ingenuidad, optimismo e ilusión.

Rosalía Cid, en el regreso de una producción mítica

Joan Pons ya no está, disfruta del merecido reposo en su refugio mediterráneo, donde a veces ofrece sus estupendos consejos a los que vienen detrás. Pero este inmenso «Falstaff» vuelve a beneficiarse de otra voz española, una de las más interesantes entre las jóvenes actuales, aunque los principales teatros de su propio país aún la ignoren.

Rosalía Cid ante el cartel de Falstaff

Rosalía Cid ante el cartel de Falstaff

Rosalía Cid resulta una Nanetta espléndida, por instrumento, presencia y recursos actorales. No es extraño que la reclamen en la Semperoper de Dresde (donde gozan de una de las mejores orquestas europeas, la Staatskapelle), actúe en el Maggio Musicale Fiorentino bajo la batuta de Zubin Mehta o sea ya una presencia habitual en La Scala desde la temporada pasada (se presentó en dos producciones). Con semejantes compañías, la soprano gallega no debe molestarse por los desdenes caseros. Su talento se cuece a fuego lento entre los mejores.

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