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Historias de la músicaCésar Wonenburger

Pollini, padre e hijo

La publicación de una nueva caja con las principales grabaciones de Maurizio Pollini suscita el recuerdo de un antiguo encuentro con uno de los pianistas fundamentales de la segunda mitad del siglo XX

Maurizio y Daniele Pollini en la carátula del disco dedicado a Schubert de Deustche GrammophonDeustche Grammophon

El añorado Maurizio Pollini solamente colaboraba con las mejores orquestas. Si decidía hacer una pausa entre recitales para tocar algún concierto, la elección era clara porque podía permitírselo: filarmónica de Berlín o Viena, y a poder ser con Claudio Abbado como director, su viejo amigo y camarada con el que había forjado utopías juveniles como la de llevar a Stockhausen y Luigi Nono a las fábricas de los polígonos industriales de Milán para «acercar la cultura al pueblo».

Aquel experimento, conocido en su momento como «Música y realidad», no llegaría a cuajar, seguramente porque, si se trataba de procurarles la breve intuición de un paraíso alternativo a la alienación de soldaduras y otros procedimientos mecánicos, aquellos esforzados trabajadores hubieran preferido que los visitase Patty Pravo con su Bambola o, si resultaba imprescindible envolver el inesperado regalo con algo de doctrina, la diva Milva cantándoles por Brecht, a la que aquí copiaría Massiel.

Así que Pollini pronto prosiguió su propio camino sin alterar el rumbo establecido, fiel a los pitillos de negra picadura, las chaquetas de buen paño combinadas con corbatas discretas, las últimas sonatas de Beethoven mezcladas con algo de Schönberg, siempre Marx hasta la lucha final y los auditorios más finos del mundo, donde marquesas y banqueros ya tenían bastante con no dormirse durante la Hammerklavier para quedarse luego, además, a escuchar citas de Gramsci.

La revolución había fracasado con Berlinguer, otro fumador impenitente con peores genes, y el poder democristiano parecía consolidado por los siglos: la gente prefería otro realismo, una cierta estabilidad que le asegurara poder cumplir con los plazos del Fiat a las ensoñaciones solidarias, promovidas con estrépito de bombas, que prometían los jóvenes intelectuales ricos, y algo aburridos, de las Brigadas Rojas.

Ya solo quedaba tocar en lugares distinguidos, cobrar bien y a casa, que fuera siempre hace frío, como es natural, solo que algunos, un poco chafados, parecen descubrirlo ahora con las últimas nieves.

Así que allí se gestaba un enigma. Si de repente Pollini había regresado para actuar con una orquesta española, la Sinfónica de Galicia, un conjunto excelente, pero sin el prestigio, el glamur ni el pedigrí de las principales formaciones al alcance del legendario intérprete, tenía que haber una razón poderosa en ello.

Nada se jugaba aquel genio por volver a interpretar ahora el Emperador de Beethoven en una remota esquina del Atlántico ibérico. Sus dedos ya no eran aquellos que, a los 18 años, tras lograr imponerse en el Concurso Chopin, llevaron a afirmar a Rubinstein que su técnica superaba a la de cualquier miembro del jurado. Faltaba el detalle. «Cherchez la femme», suelen afirmar los franceses, que nunca suelen equivocarse. Pero en este caso, se trataba más bien del hijo de la «femme», su propio vástago, Daniele.

Todo por el hijo, también pianista

Hasta Galicia había viajado con el joven y talentoso pianista, como puede apreciarse en el último disco de Pollini, que ambos grabaron juntos, dedicado a Schubert: el sello Deustche Grammophon acaba de publicarlo en una caja especial de 62 cedés, compendio final de sus muchas horas de esmerada entrega a los estudios fonográficos, donde además figuran como inédita novedad algunos momentos registrados de su fulgurante victoria en 1960, en Varsovia, durante la citada competición chopiniana.

Solo que Daniele no había venido con él para tocar juntos, a cuatro manos. Aquí le ofrecía sus servicios como efímero director de orquesta, sin demasiada experiencia, pero excelentes padrinos, lo que a veces cuenta mucho más y mejor.

En una temporada anterior, la misma orquesta ya había probado las inextinguibles mieles del nepotismo unido a la celebridad, cuando alguien sugirió que no estaría mal del todo invitar a dirigirla a otro heredero italiano de patricio linaje artístico: Carlo Ponti jr., el hijo de Sofía Loren y el avezado productor.

Nunca tantas chicas de buen ver se habían dejado caer el mismo día, solo durante esa única vez, por el Teatro Rosalía para dejarse seducir no por Brahms, si no por aquel galán de la batuta, e intentar darle caza de paso en algún lugar del trayecto hacia la puerta de artistas. Esa sí que fue una experiencia lograda de «Música y realidad».

Con la presentación conjunta de padre e hijo, Maurizio y Daniele, el lleno también estaba garantizado para su concierto. Faltaron las diosas, pero la ajada melomanía de abono se bastó para saciar las expectativas locales de escuchar a uno de los últimos grandes del teclado, además, en el quinto de los maravillosos conciertos de Beethoven.

Una conjura para salvar el concierto

Durante los ensayos me dejé caer por allí para mantener una conversación con el siempre reservado Pollini, y los músicos ya me advirtieron del desastre: el hombre aún retenía parte de su magia, pero al chaval le habían tocado solo unas migajas en la lotería genética. El concierto se salvaba por el genio, pero para la posterior sinfonía también beethoveniana, con aquel casi debutante ya solo ante el peligro, entre todos habían resuelto seguir mayormente al concertino, por evitar males mayores y que aquella segura nave zozobrase.

No resultó fácil obtener algunas frases interesantes del artista maduro, ensimismado en la densidad de humos que provenían de impacientes caladas. Parecía mucho más complacido por la posibilidad de volver al tabaco que ante el trance inesperado de someterse a un interrogatorio sobre los secretos de su alquimia, algo que solía desdeñar. Su celebrado intelectualismo hundía las raíces en la naturaleza despojada de austeras interpretaciones musicales, liberadas de sortilegios, tradiciones y caprichos, en lugar de la formulación de grandes ideas improvisadas para la ocasión.

Quizá él mismo rehuía de una imagen que le resultaba incómoda, lejana e incierta, pese a haber contribuido a cultivarla mediante el distanciamiento que seguramente respondía a una incurable timidez, y a la necesidad de preservar el poco tiempo disponible que le dejaba el estudio a las tareas que él mismo hubiese elegido, sin tener que someterse a tediosos diálogos que le exigieran elaborar puntos de vista que, en las personas inteligentes, nunca son definitivos acerca de los más variados y complejos asuntos.

Todo transcurrió entre educados monosílabos, y algún arranque algo más venturoso, rematado con una sonrisa que parecía una invitación a clausurar el trámite. Hasta que estalló la tormenta. Por esos días, le tocaba desgobernar Italia al aventurero Matteo Renzi, cuyas erráticas políticas me permití censurar en procura de algún resquicio que advirtiera, al menos, sobre si la solidez de sus antiguas posturas, fieles a las eternas, numantinas, utópicas recetas de la izquierda, se hubiese resquebrajado si quiera un poco con la edad.

La superioridad moral de la izquierda

No hubo lugar para el diálogo. El para entonces malhumorado Pollini casi dio por concluida la charla, aunque luego se serenara para continuar un poco más por los menos polémicos predios beethovenianos, al excluir de ahí cualquier referencia política, y para apuntalar la alabanza sobre el hijo, Daniele (del que ya poco se sabe).

Sin ninguna intención de argumentar, elevando por una vez el tono, se reafirmó en el clásico de que cualquier acción emprendida por un gobernante de izquierda (si Renzi fuera alguna vez tal cosa, más allá de las siglas y la propaganda) estaría justificada, más allá del episódico error, por su superioridad moral frente a la posibilidad de una alternativa próxima al «fascismo».

En ese encuentro, y el concierto posterior, pude volver a comprobar que la fidelidad a ciertas ideas y posicionamientos, incluso cuando éstos en el fondo puedan llegar a percibirse personalmente como equívocos, resulta tan poderoso e inaprensible como la naturaleza de ciertos afectos profundos. Lo que en algunas ocasiones llega a provocar repentinas obnubilaciones, consentidas cegueras que, en el caso de los sentimientos, toleramos, consentimos y perdonamos como la evidencia de nuestra más que falible humanidad.