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Crítica musicalCésar Wonenburger

El sueño de Falla de una España unida regresa con la «Atlántida»

El gran oratorio escénico del compositor andaluz, en el que la reina Isabel y Colón conviven con héroes mitológicos, se ofrece de manera fragmentaria, pero en una interpretación muy lograda, en la temporada de la Orquesta Nacional

La Orquesta y Coros Nacionales de España

Salió Kent Nagano para dirigir el tercero de sus programas como nuevo titular de la OCNE, y en lugar de encaminarse inmediatamente al podio del director, se paró para leer en un despejado castellano, desde un lateral próximo al coro, el lamento por las víctimas del último tren de la infamia. Solicitó además que se guardase un respetuoso minuto de silencio, que algunos aprovechamos para recordar personalmente a una de las personas desaparecidas, la compositora Marisa Manchado, que no hace tanto había ofrecido su versión camerística, en forma de ópera, de una de las grandes obras de la literatura española de todos los tiempos, «La Regenta» de Clarín.

Todas las pérdidas son irreparables para alguien, pero en estos tiempos enemistados con el cultivo de lo espiritual, prescindir de una persona que a través de la creación solo se proponía embellecer el mundo resulta aún más lamentable.

También Falla, desde niño prendado de las andanzas caballerescas del Quijote y de la inmensa gesta atribuida a Colón (bautizó con el nombre del gran almirante la ciudad de sus juegos infantiles en el primer hogar gaditano), halló inspiración en la pieza literaria de otro escritor español, Jacinto Verdaguer, para componer quizá su obra más ambiciosa, esta «Atlántida» que siempre ha parecido incomodar a los programadores españoles.

Manuel de Falla

No la entienden o les asusta el empeño de dotarla de todos los medios imprescindibles para que luzca en todo su magno esplendor. A alguno quizá la apelación de la conclusión, con la sentida exaltación de su honda religiosidad, asumida casi como una misión por su autor, le repela: «¡Ya está el beato Falla!» Y también es cierto, además, que abundan por aquí esos petulantes comentaristas de mesa camilla que, en privado, suelen afirmar que la obra «no tiene un pase», que resulta un pastiche inasumible para su representación. Con todo ello se zanja rápidamente el expediente y a otra cosa. La pereza que conduce hasta Puccini o Donizetti, grandes en lo suyo, pero no únicos.

Un olvido que delata a los programadores

No se entiende que, cumplidos cien años del sueño de Falla: convertir la «Atlántida» en el culmen de su fértil quehacer artístico, cuando además se conmemoran 150 años del nacimiento del creador de «El amor brujo», y 80 desde su viaje postrero, ningún gran teatro de este país se haya tomado la molestia de intentar, siquiera, una representación escénica de esta obra maestra. Ellos sabrán, pero el olvido los delata.

Al menos la OCNE ha tenido el detalle de servirla ahora, aunque de manera fragmentaria, como ocurre casi siempre. Los que asistan este fin de semana, en Madrid, a su interpretación, y el próximo, en Barcelona, habrán podido quizá admirar, más allá de las bellezas que ésta encierra, de la extraordinaria capacidad de síntesis de Falla para hacer convivir desde las influencias de la polifonía de Victoria o Morales, la exuberancia de la orquesta wagneriana, las delicadezas de su íntimo amigo Debussy, todo traspasado por la inspiración y el talento de su propia personalidad, su eterno mensaje.

Una idea que cobra sentido hoy más que nunca en esta España maltrecha, dividida y nihilista en su pesimismo. Falla reconoce el germen que impulsó la conquista, cuando canta la armoniosa alianza forjada entre marineros gallegos, vascos, andaluces, catalanes, … Él que, desilusionado por los garrotazos entre hermanos (no solo en España, lo desesperaría luego la gran guerra), había hallado apacible refugio en una ciudad americana con reminiscencias andaluzas, Córdoba, aún era capaz de soñar, y advertir, lo único que ha servido para hacernos verdaderamente grandes a través de los siglos: la persecución de intereses elevados, el reconocimiento de ambiciosos objetivos comunes sobre las pequeñas circunstancias que reflejan nuestras, por otra parte, enriquecedoras diferencias y particularidades.

De eso habla fundamentalmente la «Atlántida», como de la necesidad de que al frente de las tareas más titánicas se hallen líderes comprometidos, con las ideas claras: la reina Isabel y Colón, con su absoluta determinación, representan aquí el ideal del compositor. Lo que, para algunos programadores, deudores de sus complejos y complacientes y temerosos de sus jefes políticos, les impide hacerle justicia a esta obra representa justamente aquello que resulta más preciso reivindicar ahora, en esta época de saldos.

El director Kent Nagano

El acierto parcial de la OCNE al ofrecer esta «Atlántida» recortada, con óptimos mimbres, tuvo también su parte positiva en la propia configuración del programa. Programar es un arte, aquí una muestra. El interés surge de la triple perspectiva, anudada a través del mar como estimulante elemento vertebrador. Debussy, que llamaba a Falla «nuestro pequeño español siempre negro» (a la quebradiza arquitectura humana se sumaba la austeridad del traje), sentía una gran admiración por él.

Del conocido preludio pianístico del galo, «La catedral sumergida», José Luis Turina propone esta vez el estreno de una instrumentación que se atiene a las intenciones del original, sin dejar por ello de ofrecer la impronta personal del sutil orquestador, buen conocedor de las infinitas posibilidades del conjunto sinfónico, que él emplea en su justa medida, sin alardes innecesarios como tantas veces ocurre estos días. Hubo plenitud, sentido de la proporción y algo de fantasía para rellenar los puntos suspensivos con la precisa inspiración. Gustó mucho.

Nagano dispersó las brumas de «El mar»

Y tratándose de sondear las relaciones marítimas, entre imponentes edificios e inabarcables continentes ocultos bajo la espuma de las olas, nada podría resultar más lógico que interpretar esa sinfonía del mar que es «La Mer», del propio Debussy. Nagano ofreció de esta partitura una lectura quizá menos evocadora o poética que analítica, de una pureza cristalina que aclara esas brumas a menudo tan asociadas a la música francesa, sobre todo cuando la interpretan los propios galos. Conviene destacar en este caso las soberbias contribuciones de las maderas, aunque todo el trabajo del conjunto resultó muy apreciable, con la transparencia de la cuerda, siempre precisa.

El hermoso viaje en barco culminó con los fragmentos seleccionados de esta «Atlántida», completada por Ernesto Halffter, que reunieron los momentos más esperados: el aria de Pirene, el sueño de Isabel, la Salve, … Nagano navegó con acierto y buen pulso entre sus aguas imponiéndose sobre las tormentas del inicio, con ese coro que evoca los instantes de mayor épica, cuando se invoca la mitología, hasta culminar en el reposo final, ese momento en el cual, mediante la ayuda previamente solicitada de Dios, los tripulantes de las tres embarcaciones parten hacia la conquista de ignotos territorios, quizá todo un continente como aquel condenado al abismo por la soberbia de los hombres.

El 24 de noviembre de 1961 Barcelona estrenaba la obra póstuma de Manuel de Falla

Soberbia prestación del coro, que aquí recuerda a las abrumadoras exigencias del que Wagner empleó en su «Parsifal», tanto por la relevancia y reiteración de sus intervenciones como por la ductilidad que se les exige, desde las iniciales explosiones hasta ese misticismo bañado de luz que surge en la última parte, y que bebe de los grandes maestros de la polifonía ibérica. Buenas intervenciones solistas y destacados protagonistas: un autoritario José Antonio López como Corifeo, algo más desvaída, aunque ajustada, la Pirene de Maite Beaumont y deliciosa Núria Rial en la traducción de los íntimos anhelos de gloria de la monarca católica.

Este Falla sin duda extraordinario, reivindicado ya casi en el tiempo de descuento de su deslucido año de conmemoraciones, exige ya que la «Atlántida» vuelva a darse completa, sobre un escenario y con todos los medios de una gran institución española, para que su mensaje, hoy más necesario que nunca, se difunda plenamente como merece.